Archivos para las entradas con etiqueta: Deia

Deia, 24 de febrero de 2002

La palabra es fea, de poco fuste, uno se resiste a titular con tal vejestorio, si bien el meollo del lenguaje es contener dosis suficiente de comunicación para no enredar más la madeja del cerebro. Corren ríos de tinta sobre lo conveniente del examen final de bachiller y decirte que sí, que ya puedes abordar con holgura estudios universitarios. Otra pijada gorda.

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Deia, 15 de enero de 2002

         Lo que la ciencia no puede, el martillo lo endereza. Y el forjador sigue dando mazazos sobre el yunque. Hay frases que quedan para la historia, por ejemplo, también, la pronunciada el 31 de diciembre por Idoia Zenarruzabeitia: “El gobierno español, durante todo este tiempo, nos ha estado engañando, nos ha estado mintiendo“. ¡Qué te pensabas, pues, o qué!. La vicelehendakari se refería a las gestiones para “pactar” con ese gobierno los dineros del cupo, el concierto, el convenio o como quieran llamarle. Los navarros de alpargata decimos “Cupo”, la sangre que debemos donar a esa gente por unos servicios que siempre hemos rechazado, algo extraño, foráneo, ajeno a nuestras costumbres y forma de ser. Somos renteros del señor rentista en la finca de nuestra propiedad, ¡aberrante!. Para cualquier ciudadano de esta nación de leyenda, es decir, que su soberanía ya es leyenda, “Madrid sólo piensa en arramplar con Navarra entera”, nos decían nuestras madres, tanto carlistas como liberales, y añadían que “para qué queremos aquí a la guardia civil, con los “forales” nos basta y nos sobra, que son nuestros”.

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5 de enero de 2002

            ¡La música, mi carrera frustrada!. Tanto estudiar lenguas vivas y muertas, que si latín, griego, inglés, francés, ¡y para qué carreras de postín!. Para andar por el mundo, dicen, pero, si no tienes medios ni tiempo, de poco sirven los idiomas, a no ser que lo conviertas en la herramienta para ganarte el pan con el sudor de tu frente. Otros de mis amigos lo entendieron con más pagmatismo, más listos, eran los rezagados de la escuela, pero lo hicieron mejor, se dedicaron a crear empresas o plantar viña y hoy están forrados de billetes verdes, millones y millones gracias a la uva, y me alegro. Viven a costa del sudor de su frente, la del vecino, el jornalero. Ellos, mientras tanto, se plantan en hoteles de cinco estrellas de un Londres, por ejemplo, y no tienen reparo en comunicarse con los compañeros de viaje por medio de un chiflido de punta a punta del vestíbulo, y el gerente le llama la atención y le dice que “aquí, en Inglaterra, no se chifla de esas maneras tan pueblerinas”, y mi conciudadano le replica “que no, oiga, que es un hablar, mi amigo reconoce mi chiflido y ya sabe lo que quiero decirle”, ¡histórico!, y el gerente le mira y no comprende nada y el amigo millonario, tampoco, que no habla inglés ni falta que le hace.

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Deia, 26 de diciembre de 2001

            El instituto “Sagasta” de Logroño es un viejo caserón con 102 años a cuestas, edificio espléndido, sin esas arquitecturas modernas tan “pedagógicas”, que nunca sabremos qué le guía al maestro de obra para construir esas moles destinadas a la enseñanza, auténticas ratoneras donde te pierdes, quieras que no, por ejemplo, la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, un auténtico búnker de hormigón y que me pierdo siempre que voy, me extravío, dicho en lenguaje cañí, tal que aquel señor de mis tiempos de estudiante en Madrid, a quien le pido paso para acercarme a la puerta del vagón del metro y salir rápido, se aparta y me dice: “el camino está expedito, caballero”.

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¡Qué decir, qué gritar ante tanta sangre inocente vertida en unos segundos!. Uno piensa en sus nietos, que podría haber sido cualquiera de los tres, y se rebela, me rebelo ante tanto sadismo. Quien puso la guadaña de la muerte en el juguete es un sádico, eres un hijo de mala entraña, tío. No te mereces el pan que comes. O sea, eres un salvaje, un cobarde, y te has ganado la ley del Talión, que nadie debe aplicar, pero te la has ganado y bien ganada. Te mereces dejarte sin ojos, vaciarte los cuévanos con una cuchara, tal que hacían en tiempos no muy lejanos en esta tierra nuestra tan castigada, maldecida, tal que hicieran con el alcalde de un pueblo ribero cuyo nombre y apellidos prefiero callar, aquí, en Nafarroa, allá por el 1936, por el delito de ser republicano.
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