“Andalisto”

(Los “Sanfermines” vistos por un extraño)

           Siempre había oído contar a mi abuelo, en la orilla opuesta de la mar de alfombras fosforescentes, canoas de luna llena, que existía una ciudad sorprendente, donde millares de mozas y mozos, a las 12 en punto del mediodía del 6 de julio, se arremolinan en una plaza pequeñita y coqueta, de viejo nombre Judería, al abrigo del Consistorio y a la espera impaciente de que suenen las campanadas en “Andalisto” y rompan la monotonía del rutinario existir, y el señor intendente, que aquí llaman alcalde, se dirija a la multitud con un vibrante ‘Pamplonesas, pamploneses’, ‘¡Viva San Fermín!, ¡Gora San Fermín!, que estruja el corazón, una sensación sublime, y luego prende un cohete, que le llaman ‘txupinazo’, los campanarios crujen con el ronco cantar de los badajos contra el bronce, enfervorizado bandear, y el gentío, gentes venidas de los cuatro puntos cardinales, se anuda al unísono y al cuello un pañuelo rojo, se estira, tal que una serpiente blanca y roja, hasta la Plaza del Castillo por ‘Chapitela’, y se desgrana cantando y danzando al son de las charangas, que la música surge de repente, un fulgor, explosión de alegría, por todas las esquinas de las calles adyacentes, para durante ocho días con sus noches, sin lugar para el reposar, y la vida se transforma en un danzar y danzar irresistible, contagioso, la ciudad romántica, hospitalaria, soñadora de libertades, es una danza permanente y abre de par en par puertas, ventanas y balcones a la amistad sin remilgos ni condongueos, la amistad se desborda, y la juventud pide agua refrescante a los vecinos, baldes de agua, y gritan jocosos “no seas rata, que el agua está barata”, tal que así me lo contó el abuelo en los tibios atardeceres caribeños, y también me habló del ‘Riau, Riau’, que suprimieron y esperan disfrutarlo el año próximo, Dios mediante, no más, que lo extrañan, y mucho.

Peregrinación universal a la meca del desafío leal, noble, litúrgico, con la Bestia encelada de portón a portón, por ‘Santo Domingo’, rasgón de la temeridad, ‘Mercaderes’, donde la Muerte emerge dueña y señora, y la mítica ‘Estafeta’ sin fin hasta el ‘callejón’, junto al busto, bronce embadurnado de negro, del amigo tierno, Ernesto, de Gregrorio Fuentes, el viejo pescador, mi paisano, y el talismán del pañuelico se desperdiga en torno del símbolo, el poderío, la nobleza y el pánico, la muerte enhiesta en las yemas de los pitones, agujas pareadas, puñales de acero, perchas imaginarias a la espera siniestra de un derrote seco, certero, letal, que muge el olifante y los pastores conducen la manada, al anochecer de la víspera, de los corrales del ‘Gas’ a la capilla de la furia desatada, instante mágico, silencio ritual, sólo roto por el rozar de las pezuñas y el roncar de los cencerros, mientras la luna se acuesta entre sábanas verdes y trenza amores furtivos sobre las aguas mansas del Arga.

Y a las ocho menos diez de la mañana siguiente, mozos de todas las edades y algunas mozas se apostan en la cuesta encajonada cuyo nombre olvidó, cantan tres veces una coplilla al santo milagrero rogándole protección, los remos de la mocina vitorean al cielo. Nervios, sudor frío, que las manos se bañan en sudor, las piernas tiemblan, flaquean, una convulsión interior atenaza los cordeles del corazón en un puño, que aún no palpita jadeante, eso será luego, al final del cántico tercero, que “Andalisto” no se retrase, y enrollan el periódico por instinto de supervivencia, un asirse a la rama invisible, al manto fresco del aire hecho santidad protectora.

El temor a lo desconocido, incertidumbre, marrajo gazapón emboscado en la mata del adoquín, azuza y empuja las aspas del molino, el molino del miedo hace girar vertiginosos los cangilones y bombea, un atropello existencial, la rueda de la noria, el hervor de la sangre se refugia en el rincón oscurito del chofle y arranca, en el último minuto, treinta segundos, el latir imparable, sístole y diástole sin freno ni zoquetes, de los corredores, el pálido se diseca en el tapiz de la piel y sólo centellean miradas relucientes, luminarias del sueño, que se cruzan, se orientan al acecho del hueco propicio donde enfrentarse a gusto al rascar el aire un chorro humeante de chispas fugaces y plantar cara a la Muerte, la vida gira en el bombo del azar por el torbellino de regateos, marregas, ráfagas de placer indecible, un sentir placentero sobre las olas del viento guiado por la caudal de un diario cualquiera, sin lugar para el bufido, contenida la respiración.

Y se enfrentan, en una carrera de vértigo y duelo vital que le llaman ‘encierro’, a la torada salvaje de morlacos, que llevan el miedo y la ira en los ojos, derrotan sin reparos a un río de nombres bruñidos en las ondas del aire que requiebra por sus aledaños, ríos de vivencias sin restañar, y les pasan la mano por el lomo, un acariciar ligero, temblores de caricias, prohibido bajo multa de un derrote mortífero, que esto no es un juego de niños, un capotillo revolotea excitado, alas nerviosas de mariposa, el ambiente se impregna de un olor pegajoso a avalancha humana, y el héroe anónimo, viviente o exangüe, regresa al hogar y, al rato, la ciudad huele a ozono, limpia como la patena.

Dan las once de la mañana en “Andalisto” y la ciudad se inunda de un bandear a porfía de campanas en torres y espadañas, que las Autoridades, ataviadas con sus mejores galas y lindos atuendos de otros siglos, maceros, timbaleros y alguaciles tocados con gorros de guardianes pretorianos, pasean al Santo por las ruas más antiguas de eso que ellos llaman con el nombre primero de los ‘burgos’, desde la catedral hasta una iglesia consagrada a San Lorenzo, entre la plaza de ‘Los ajos’ y el ‘Rincón de la Aduana’, frente a los lindos jardines de la ‘Taconera’, remanso de paz, de uno al otro extremo del Casco Viejo, siempre arropados por la música, ahora a cuestas de la banda municipal, ‘La Pamplonesa’ se llama, que sus componentes miran de reojo al ‘Maya’, su primera escuela, y hacen sonar los instrumentos al imperio de una armoniosa batuta, que tiene duende y los acordes trepan y juegan al escondite por las fachadas de los caserones heráldicos, misterioso cuerpo de resonancia, algunas con sendas hornacinas para una virgen coloreada y la estatuilla de un santo, iluminadas a expensas del devoto vecindario, vetustas mansiones de hidalgos de abarca y bragueta, y las cuerdas del arpa de piedra de sillería vibran sobre el arco, interminable y rezador, de los espectadores de ambas aceras.

Y a las seis y media en punto de la tarde el esplendor de la fiesta se encrespa desde el albero naranja y rojo por los tendidos envuelto en música rosiente, encendida, un festival de guerreros sin flechas ni arcabuces, carros de música, chirría el carro palpitante de la música, un desahogarse garboso de las ‘Peñas’, las cuadrillas, de las mil amarguras y sinsabores engarzados durante una añada de angustias, infortunios, paro y marginación, adormecidos con la yerba de la resignación y la impotencia, charangas, gargantas reivindicativas, canciones satíricas, humor irónico espontáneo, sin intenciones perversas, a la sumisión ciega, a la libertad maniatada con los grilletes de la norma, se rompe la ley si no sirve a la fiesta, ocho jornadas rebosantes de un existir sin normas ni leyes ni reglamentos si perjudican, si se enfrentan a las ansias enfervorizadas por vivir en plena libertad, ansias trabadas por la obediencia a las leyes establecidas, carriles del miedo a la libertad destronada, sol y sombra encarados, unos frente a otros, juventud y tanganillo, el tanganillo de la corbata sin corbata, y al carajo las preocupaciones y problemas de la empresa y el negocio, que basta y sobra el pañuelo de identificación festiva, banderín de enganche, el talismán de esta fiesta, temblor del letargo y la rutina, intensamente religiosa, perfectamente organizados cada cual de sus pasos, andares firmes, programados, ni un resquicio a la improvisación, todo puntual y perfecto, siempre en punto, a punto y en su punto, atracciones y espectáculos diurnos y nocturnos para todos los gustos, edades y pareceres, incluido el torrente atronador del ‘Estruendo’ en la plaza del ‘Zacatín’, ‘dianas’ de luz, destellos de madrugada, fogatas de euforia al amanecer, y las pupilas brillan y danzan, que el reloj suizo no cuenta, “Andalisto” nos mira impasible con su ojo blanco desde la cresta de la fachada consistorial, hermosura de renacimiento, y nos hace guiños de jolgorios, cánticos y bullicio con sus pestañas de hierro viejo, sin firma ni sello, mientras las comparsas de gigantes danzan sin reposo durante toda la mañana y los kilikis y zaldikos, nuestros cabezudos, inundan de sustos a la chicurrería, ‘Caravinagre’ al frente.

Y el fuego, cascadas de estrellas, gusanitos, culebritas zigzagueantes, palmeras, chorros de azul turquí, blanco, verde, morado y rojo, rompe en los fosos de la ‘Ciudadela’ los portones de la noche, que la noche despierta, cada rua un hormiguero, se alarga hasta el alba sin prisas, más música, siempre la música, acordeones en la plaza de ‘Los Burgos’ y la placita del ‘Redín’, con su trampón y el pasadizo colgado, harapos de fortaleza-vigía, y una rugosa acacia centenaria encarada al monte ‘San Cristóbal’, fanfarres en la elegante plaza de ‘La Cruz’ y su fuente en forja de Benlliure, una trikitixa en el solitario rincón de ‘Virgen de la O’, enlazada a la plaza de ‘Los Ajos’ por la rua de Urainodia, flautas en la plazoleta, triangular y sombría, de ‘San José’, al costado de la Catedral, grupos musicales de la migración del hambre y sin partituras en ‘Navarrería’, gaiteros en la plazuela del ‘Consejo’, dantzaris en ‘San Francisco’, jotas bravías al Santo en el pocico de San Cernin, y se quejan, que la jota se les muere ahogada por la música gringa, bandas de txistularis desparramados por la plazoleta de ‘Santa Ana’ y su misteriosa casa de la hiedra, el ‘Rincón de la Pellejería’, cerrado a cal y canto, un pozo antiguo de agua en el centro, vestigio ruinoso de la floreciente mansión del 4º y último Condestable de Lerín, un saxofón solitario que se adormece de jazz en la plaza de ‘San Nicolás’, junto al rinconcito, también triangular, de ‘Indatxikia’, un violín que silba al cielo bajo el monumento a ‘Los Fueros’, en el paseo de ‘Sarasate’, bailables para los mayores, alejados del borbotón de la fiesta, en la ‘Media Luna’ y los mil rincones dormidos de esta ciudad de sueños, fortín de la libertad, encinchada de murallas, pasadizos secretos, fosos, puente levadizo en el ‘portal de Francia’ y jardines, árbol y césped plantados en la conciencia ciudadana, cada natural hortelano, jardinero de su jardín y su árbol, sus plantas, con ternura, un afán ejemplar, un árbol en cada palmo de tierra.

Por fin, a la medianoche en punto del día postrero, el ‘Pobre de mí’ en la Plaza Consistorial, un desgarro de adiós y hasta el año que viene, nos despide la intendente, que este año es señora, la primera mujer de la historia, Yolanda Barcina de nombre, menudita de carnes, y recalca desde el balcón presidencial: ‘¡Ya falta menos!’, y las charangas entonan una musiquilla penetrante, tristona, un desmayo de música, que te atraviesa, se te cuela por los poros de la piel, los párpados se arrasan de lagrimitas de pesadumbre bajo un lago de chispitas centelleantes de fuego en la última noche sanferminera, la más triste, que se mastica la tristeza en los recovecos angostos de la muchedumbre, se eriza el vello, y la señora intendente rompe a cantar y la gente se arranca los pañuelicos del cuello, iza sobre las cabezas miles de miles de candelas encendidas y cantan, orfeón de leyenda, y las tracas, todas a la par, llenan de estampidos la ciudad, que el forastero quiere quedarse de fijo si alguien le tiende la mano fraterna y le ofrece una choza para sestear unas horas no más, que la fiesta te agarra, contagia, Pamplona te prende y te hace suyo por el resto de tu existir.

Nota: Xabier de Antoñana participó con este trabajo en el Concurso periodístico internacional ‘San Fermín’-1999, en la modalidad expresada en la base tercera y quinta, ‘Trabajos periodísticos de prensa’, ilustrado con cinco fotografías sobre diversos aspectos de la fiesta, bajo el seudónimo ‘Aquiles GOÑI ARALAR’.

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