3 de julio de 2002

         El que no quiera polvo, que no vaya a la era. Escribir y escribir, poner el dedo en la llaga, una vez y otra vez, y así hasta ciento, rozar el fascal del despacho garzoniano, que sí, que yo también formo parte de la malla, a escasos años del umbral celestial, a la espera de la visión divina, ¡qué será aquello!, riadas de gentes tocando turutas construidas con gladiolos amarillo y blanco, vagando en grandiosa soledad por entre nubes carmesí y mares fosforescentes, césped de grama y olorosa hierbabuena, y uno que llama al portón del firmamento y el ujier te responde que esperes, lo tuyo está visto para sentencia, convicto y confeso, que me lo ha filtrado mi colega de la sala de audiencias.
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