‘Guárdalo en el calcetín’

Al ‘Calderilla’, rechoncho, achaparrado, se le había ido la gana de comer y el desconsuelo y la pena le cuelgan de las bolsas de los párpados, dos conchas de berberecho como quien dice, y no fue que hubiera perdido el apetito de un día para el siguiente, que el berrinche viene de lejos y la carcoma le roe las entrañas, es un estar despendolado, ni con un embudo habrían podido empapuzarlo, tal que fuera un capón para las próximas navidades, y la ‘Chonchi’ sentencia que, en  Nochebuena, el gallo más sabroso será aquél que enarbola la cresta más roja, apunta con el índice, un pétalo de ababol, el requeté, que así apodaba el abuelo del ‘Calderilla’ a los gallos que reserva un año sí y otro no y les señala un destino, sementales de la pollada en el corral de la casucha, y a los elegidos para capones, al menos media docena, la ‘Chonchi’ les corta en vivo la cresta con las tijeras de cocina, y el ‘Calderilla’ llegó a sentir náuseas, empezó con arcadas, las arcadas pasan a náuseas y la víspera de Nochebuena es ya un estrago, le cae encima un pedrisco de temblores y da la impresión de que fuese a echar la asadura por el garganchón, se toma una manzanilla y se mete en la cama sin probar bocado, los vómitos le llegan de repente, que este hijo mío se ha cogido un torzón de abrigo, piensa la madre, a buen seguro en la merendola que se zamparon los amigotes el día de la ‘Esperanza’, cierto que en aquella ocasión se inflan de comer gorrín y cabritillo asados, un atracón de camarlengo, y se apiporran el buche con tintorro de garnacha, vino peleón donde los haya, que dejaron la pipa temblando entre toda la cuadrilla de pendones en la bodega del ‘Cobra’ a la caída de la tarde, mientras el rato de la procesión, que cualquiera juraría si les falta un hervor, y luego se largan a cortarse el pelo al calor de ‘El Algabeño’, el putiferio de la ‘Lombriz’, asentado desde varios decenios atrás en la calleja del Ochavo, la calle más estrecha de Logroño, una brazada. Pero no era un torzón ni la mudanza del astro, que me duele el anca y le asegura a la vieja va a caer una nevada gorda en un par de días no más, era un sentir el vacío del fracaso, las ganas de comer le abandonaron desde que se presenta en la Caja de Ahorros a cobrar la paga extraordinaria de Navidad y poner la cartilla al día, abierta a nombre de ambos, madre e hijo, desde cuando la ‘Chonchi’ cayó viuda en plena floración, la mula de varas aplasta al ‘Choncho’ contra la pared al enganchar, y le entra tal morriña que se cerró en casa de por vida, los ojos ya no le ríen por el resto de su existir, y el empleado que le atiende le descarna la encomienda que las emisoras están repitiendo machaconas y que nunca comprendería ni se lo habría imaginado jamás. El ‘Calderilla’ empieza a desazonarse, las mejillas se le enrojecen, los empleados restantes interrumpen la labor en los ordenadores al oír el alboroto, el guardián no le quita ojo de encima y se le arrima insolente con la mano derecha sobre el revólver a fin de atarlo corto si trata de perturbar el orden público y el director sale del agujero, un buen cliente se merece cualquier incomodo del director, doce millones y pico de chauchas en el activo de la cuenta corriente es una bicoca y, aunque da la tabarra a vueltas con los réditos, es de apreciar y le aguantan las manías y rarezas de jubilado con antelación, a cobrar el paro, zanganear, vivir del cuento con la manada de perros perdigueros y galgos adiestrados en la caza furtiva, quince por más señas, quince bocas que alimentar, se queja en broma de cuando en vez, los cuales le aportan el sustento y de esta suerte engorda el zurrón de la mano de la madre, que la ‘Chonchi’ no se muere nunca ni falta que hace, que, si se me muere, a ver qué pinto yo solo en este mundo, sin saber de números ni letras ni freír un huevo, contento guisar el puchero en el tajo, que mi padre me llevaba desde pichón a desnietar, echar azufre durante la liación, sembrar ajos en la mengua de enero, cuando ni un diente falla, plantar lechuguinos y cebollinos en el huerto, a vendimiar a jornal, y vuelta a empezar, desacollar, sembrar patatas y escardar el cereal, que en aquellos tiempos de duro trajín de sol a sol no existían los venenos ni esas pestes que están devorando hasta la intemerata, los labradores no dejan títere con cabeza, van a agostar hasta la grama y, luego, pagan el pato mis perros, a comerse la caza envenenada con los herbicidas, esos costales de avaricia no van a dejar ni rastro, masculla enfurruñado el ‘Calderilla’, tan distinto a cuando laboreábamos a mano, limpiar regajo, darle al tempero y segar, había más jornales y, por lo regular, vivíamos mal que bien, que hoy, no, hoy se largan con los tractores, echan el veneno y toda la contumelia, que van a apestarnos desde las cofias, y en un par de semanas ya han terminado las faenas de la campaña entera, que las labores no es trabajo hoy en día, un paseo militar, el podar la viña sí resulta peor, a hincar el riñón, que los ingenieros aún no han conseguido inventar una podadora ni la inventarán, lo demás es coser y cantar, que él ya está demasiado maduro para ponerse al corriente en los aperos modernos de labranza, pegadito a las ubres de la ‘Chonchi’, octogenaria y lo que cuelga, acartonada, un muñón de pellejo y huesos entre un rosario de achaques, que no se apañó con ninguna casadera por no hacer dispendios en mantener mujer e hijos ni despilfarros en lencería fina, supuesto que, como él argüía por aquellos entonces, si es pobre tiene que ser un cardo, que, si es necesitada y bonita, viene un rico y te la quita y, si es rica por un casual, ella manda y ella grita, al igual que doña Ramonita, la más pudiente del lugar. Por ese motivo no se casó, que mi madre es más barata, el mejor partido, y vivimos como los ángeles, exclama al preguntarle anteayer en la plaza de ‘Los Portalillos’, la plazoleta del cedro, solitario, desafiante a la polución, en el centro y al resguardo de la catedral, si iba a morirse pronto, que pareces un pollo mantudo, andas al modo de esa jarcia de pendejos que mandan por la capital y se quedan cluecos al perder el timón del barco, cluecos del cogote a los talones, y algunos no pelechan hasta un año después de canecido el soponcio, porque mira que pasan apuros al no poder asistir a los actos oficiales encofrados en pajarita y traje negro de carnaval, miran de costadillo y parece que va a darles un espasmo, pero ese ganado no la diña ni a peñazos, añade el ‘Calderilla’, que hierba mala nunca muere, a semejanza de los perrillos coñeros, que sólo sirven para dar quehacer, pero viven más años que Matusalén y no la espichan nunca de tanto momio que les prodigan las dueñas, que su por qué tendrá el desvelo por el perrito faldero, sólo se mueren temprano, suelta el gañán a boca llena, los Capitanes Generales dende que ni un recluta se les cuadra y pierden el bastón de mando en plaza y las estrellas, mi Coronel empezó a chochear al poco de entregar los trastos de presumir, el estoque de acero incluido, y se apagó al año justo de licenciarse.

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