‘El pazo de Almazán’

El cuarto de estar-comedor huele a plancha, un olor cálido, dulzón, que impregna de sabor hogareño la existencia de cada cual y la mujer del ‘Centollo’ se afana por terminar siquiera sea la ropa blanca y empezar a guisar la cena, cumplir el ritual de tenerla a punto al llegar el resto de la familia, y esta noche razón de más, antes de que la tormenta estalle, que se avecina amenazante, a tenor del blanco platino de los relámpagos:

– Ya te encandilaron, filiño, con esa pijada de subir a mandar-.

Las vecinas se lo comentan por la mañana en la compra y no se resigna a callarse, le echa en cara el no haberla puesto al corriente, a ella en primer lugar, de los devaneos que se trae entre manos y tener que enterarse fuera aparte por boca de las meticonas y chismosas, tal que se tratara de la mayor ajena de Urema, y Asier, que acaba de ducharse, la mira, le sonríe para restarle importancia, que no le sorprende el refunfuñar de preocupación, se aposenta en el butacón de muelles que dos lustros atrás, al vestir el pisito de las casas baratas, adquirieron en los traperos de Emaús y le escudriña el pensamiento. Ha sido un día agotador en el tajo, de un bochorno asfixiante, y está baldado, que ni el chorro refrescante del agua consigue relajarle, y trata de convencerla, le explica que sólo le atrae el echar una mano a quienes lo necesiten y que los vecinos superen el miedo, remostar las larvas del miedo antes de que lleguen a eclosionar.

Pero no se aguanta y le prodiga consejos de madre, le atiza la conciencia con latiguillos aprendidos en el sayo de la humildad y la resignación, que déjate de mandangas, ¡o meu neno!, la formalidad en el trabajo es lo esencial y, si cumplimos, a nadie le falta el jornal, que estás en la flor, la tarea te adonece tanto o más que a quienquiera de tu quinta y el tiempo te cunde. Le inculca las prédicas que le enseñaron de niña en el lejano cuenco familiar, hombre de tu casa quiero verte, el retrato de tu padre, honrado a carta cabal, y le cuesta admitir que no le baste lo suficiente el tocar la ‘turuta’ en los ratos libres y le pregunta si no le sacia el tocar un instrumento, y él quiere traerla a su querencia y le reprocha que no te lo tomes tan a pecho, ya sabes, desde que era un crío quise armar una buena charanga en la ‘Peña’, pero Urema se merece algo más, y ella insiste y le repite machacona la pregunta de si consultaste con la almohada, rapaciño, en qué jaleos te meterán, de salir elegido por un casual.

Y a la vista de tal desasosiego, el embrollo mental y los temores maternos a negros augurios, al “Tempranillo” se le traza en los labios una mueca de disgusto pringada de zozobra, sus amigos le aseguran que saldrá electo con holgura, nada puede fallar, se da tono al pronunciar electo, silabea la palabreja hasta aprendérsela. La tormenta cierra a cal y canto los postigos del horizonte, no cesa de tronar, el vecindario se teme otra riada de terror, les renace la sonada aquella del año 83, los nubarrones se enredan, se superponen, cabalgan entre dos luces por los mamelones del entorno, brincan por el firmamento al chasquido de los trallazos secos de los rayos, el cielo se encabrita y la pobre mujer se asusta, echa una ojeada de temor al astro y le comenta, decidida a quitarle la voluntad del inesperado sarpullido, que ni trazas de amainar, con la maldición que cuentan de los agujeros abiertos en la atmósfera y esos estragos, ¡Dios mío, que el cielo era un lucero a la caída de la tarde!, me pienso que se acerca un cataclismo y tú te sientes tan seguro de triunfar.

La organización se empeña en que nadie más indicado que él para encabezar la lista y le atiborran la mollera con el señuelo de que 600 papeletas se sacan de la manga: Entre los allegados de confianza, los amigos íntimos, los compañeros de obra y alguno suelto que caiga de pitanza, le sobra para rebasar el porcentaje del censo y conseguir un concejal, pero esos cálculos tan pueriles no cuelan, la madre se niega en redondo a dar su conformidad, tanta ceguera le produce vértigo, se esfuerza en hacerle ver y le aconseja que no se las prometa tan felices, las urnas destapan sorpresas morrocotudas, los compañeros del tajo son peones eventuales, todos sois eventuales y, si la ocasión se tercia, meterán en la urna el sobre que el amo les filtre la víspera bajo cuerda sirviéndose del mayoral, que este mundo, para desgracia de los pobres, lo hicieron al revés y ningún listillo logrará enmendarlo por mucho que se esponje la sesera, “¡el que les mande el amo, acuérdate!”. Asier hilvana argumentos, cree a ciegas en el sufragio universal y esas vainas, le aclara que no, todos no, hay quienes ya lo consideran del pueblo y le ofrecieron el voto y le dieron palabra, la palabra es una escritura, que la gente del contorno, si estrechan la mano, cumplen a rajatabla, aunque pierdan de su peculio, pero ella sigue rasgándole la ilusión de pensarse que somos de aquí, jamás te tendrán por del tronco ni nosotros del suyo, no sueñes despierto, siempre serás hijo del ‘Centollo’, y menos si tocas la ‘turuta’. Si te hubiera dado por el chistu o el acordeón, otro gallo te cantara, pero te negaste en redondo, alegabas que son instrumentos de poca monta.

Le replica que la trompeta le sorbe el seso desde chaval y, además, las orquestinas necesitan trompetistas con pulmón y labio duro y que los instrumentos de viento ofrecen un porvenir halagüeño para sacar el corrusco de feria en feria y se le da mejor, que la turuta, como tú le llamas, es la reina del viento, ¡y hace trizas el aire! y, si le pones sordina, parece que llora, trina y llora a la par, que mi gran ilusión es conseguir tocar lo mejor posible la ‘Marcha de las trompetas’, de Aida, ya sabes.

Al escuchar este decir tan sonoro, le recorre los pliegues de la infancia, trenza la mirada por el tapiz azulado de la niñez y trota despacio, sin prisas, sobre el césped de los sueños maternos:

 “Yo quería veros crecer en el ambiente de los demás rapaciños, husmeaba que un día os vendría de perlas y tu padre también estaba empeñado. Bastante hicimos, conseguir que rezarais con esos nombres, ¡con la de pegas que nos pusieron en el Juzgado!, ¡qué tiempos aquellos, Dios mío!.”      

Al salir de sí, le explica que algo me canta aquí dentro, barrunto que vas a malograrte con esa encomienda, hijo, una especie de corazonada, y el mozo se sopla la crin castaño del flequillo, se levanta y se le acerca por la espalda, la abraza cariñoso por los hombros y le susurra al oído que no se amargue la tarde, que no hay por qué, pero ella no cede, la corazonada de una madre es más lúcida que una profecía, no lo olvides, algo nos corretea a las madres por los menudillos, no falla y siempre tuvo su razón de ser.

Asier le recuerda las promesas de su cuadrilla, le dan muchas alas, todos le animan a no claudicar y peche con la responsabilidad de ir en cabeza, a lo cual la madre replica sin titubeos, siente un rechinar extraño en el corazón, ¡es un no vivir!, y él le ruega que  no seas ave de mal agüero.

La buena mujer, un manojo de privaciones sin cuento, se afana, recalca, le resulta agobiante tales enredos, no puede quitarse la idea de encima, le roe las entrañas, se remanga airosa y le azuza para que no se comprometa, que le birlará muchas horas, deja la plancha en el hierro, se atusa las greñas, lo coge del brazo, ven o colo, neno, le susurra entre dientes y le obliga a sentarse de nuevo en el butacón, que recapacite, los muelles chirrían al caer y hace mención de cerrarle la boca cuando él pretende explicarle que alguien deberá dar la cara para salir del atolladero en el que está entorcada la población, y ella insiste, que a mandar sólo suben quienes carecen de agallas para otro menester, alfeñiques, vampiros y lagartonas resentidos, que sólo buscan cubrirse el riñón en media docena de años a costa de los bobos, y tú no eres ningún pendejo.

El “Tempranillo” se remueve y piensa en conseguir traerla a mandamiento al contarle que Ainhoa no quiere opinar, y eso que es aborigen, se niega a retorcerle la voluntad ni a favor ni en contra, pero la madre no está con todas las suyas y se lo advierte, “mira que las mujeres, de prometidas nos cegamos”, y le añade que “nunca comprenderá nuestro pensar”. El mozo le comenta que Ainhoa se limitó anteanoche, en el cortejo, a decirle que mandar es muy difícl, cuesta un dolor y sólo se consigue con la costumbre, me dijo que su abuelo siempre tuvo mando, se desvivía por los pobres y la gente que no sabía leer ni escribir le quería mucho, y la madre lo calma, que, tal cual eres, llegado el caso arrasarás, pero antes tendrá que bajar mucha agua por el Ego y calmarse los ánimos y remansarse la alberca de los desvaríos y artimañas.

Estas últimas palabras lo enredan, le atosigan y le sopla de nuevo al flequillo, un tic nervioso, se empeña en no pegárselo con zaragatona, arguye que embadurnarse el pelo con esos ungüentos es manías de mujeres y encoge los hombros, mientras un relámpago pone blanco el aposento, un blanco metálico, el estallido fulminante del trueno le ahoga la palabra, da un salto y desenchufa la plancha y la antena de la tele, toda precaución es poca, y goterones de pánico empiezan a estrellarse contra los adoquines de la calle y los alféizares de las ventanas, y yo querría remansarlos, al menos intentar apagar esta fogata de desatinos antes de que lleguemos a odiarnos, y hasta se permite filosofar, pero la madre, pobre mujer, se enciende, que tú no conseguirás nada solo, hijo, ¡no me saques de quicio!, que imposible encararte al público en un avispero de esa calaña. En minoría, te pasarás los años dando palos de ciego, tratarán a toda costa de mangonearte, que no se caen de un guindo, y te urdirán la mayor trapisonda que menos te imagines, ¡Urema es un enigma y jamás descollarás!.

Le previene que, si les trazas su propio retrato, cierto que acabarán aborreciéndote, renegarán de ti y de tu presencia, pero el mozo continúa desgranando razones para arrancarle el consentimiento, le sostiene que esa jarcia de mantenidos y parranderos montarán cualquier barullo gordo si les consentimos tanta y tanta gresca nocturna y añade, farruco él, que urge cortar, aunque cueste un rasguño de espino, pero ella deja la labor sin ultimar, coloca las prendas planchadas en el cestaño de mimbre, ordenadas con esmero para que no se arruguen unas con otras, y no se aplaca, “¡este hijo mío, tan rollizo y tan tieso!”, se encorajina, que no seas mocoso, esos berenjenales son peligrosos, dan fama y nombradía, pero llevan dentro la gardama, te lo advierte tu madre, tú no tienes por qué arrimar el hombro a ningún fardo roto ni andar templando la gaita a ningún pendón y, a la larga, después de mucho bregar y sacarles las castañas del fuego, te escupirán a la cara y te crucificarán, ¡con ésos, ni a heredar!, porque, además, dime, ababol florido: ¡quién te dio vela en ese entierro!, y el “Tempranillo” sueña, soñar es barato, le habla de la modorra de la ignorancia, que es urgente cambiar un costal de normas canecidas y debemos colaborar, lijar la roña, caminar nuestro sueño, sudar el sueño de ayudar al vecindario, las bonitas palabras que mi amigo Pepe me escribió en una carta desde las misiones un mes antes de secuestrarlo la guerrilla.

La monserga de las normas y el afán de arrimar el hombro, en su decir, está a punto de sacar a la madre de sus casillas y le nombra la música una vez más, que basta con dedicarse a la música, y se encrespa y le hace ver lo ingenuo que es, que no entiendes ni pizca de normas ni leyes, esas cataplasmas se quedan para los ilustrados y, si notan que podrías llegar a codearte con los pudientes, son capaces de zurrarte una tunda soberana en medio de la plaza y dejarte mantudo para un mes, que no serías el primero, acuérdate de “Mazkearan” aquella noche de julio en la plaza, le dice, y suelta una letanía de jaculatorias a la ‘Santina’, a ‘San Martiño’ y al Sagrado Corazón de Jesús entre lamentos de que a este hijo mío me lo han engatusado.

La retahíla de invocaciones milagreras empieza a desazonarlo, siente el ajetreo de los nervios en el meollo, que ya me las compondré, ¡no me des la tabarra!, y ella le explica que cómo, criatura, si no tienes tablas ni cimientos, y la reprimenda lo apabulla, siente un pellizco en la tetilla, se yergue y le replica, ufano, que él es tan capaz como quien más para ponerse al día leyendo a destajo y saca a relucir el ejemplo del ‘Pescuezo’, el más torpón de la escuela y un baranda, el ‘Pescuezo’ es un granuja, un badajo, y le grita “¡lo que quieras echarle!”, pero ahí se las campanea, lleva de alcalde una eternidad, y le pone a Dios por testigo de no estar dispuesto a consumirse la juventud aguantando ese mirar distante por encima del hombro, igual que a vosotros, condenarse de por vida a estar mal visto, pero ella se enardece y le grita que no me sulfures, el ‘Pescuezo’ será un baldragas y un taimado, ¡cierto!, pero es del cogollo y tú eres un advenedizo y acabarán llevándote al desolladero.

Y la madre suspira, le brotan los anhelos de antaño, en cuyos tiempos ella misma se creía que podrían quizá aclimatarse a las costumbres, al madrugón diario y al horario fijo de fábrica sin necesidad de cortar el cordón umbilical con la tierra de su nacencia.

Herido en el capazo de ilusiones de la adolescencia, el “Tempranillo” no logra reprimir la desazón, se incorpora, pliega los párpados y emite destellos de azabache, y no lo tomes a mal, madre, pero, cuando éramos pequeños, debíais habernos contado las historias de aquí a la vez que las de allá para pensar en la misma cuerda, ¡al menos, pensar!, y el ‘allá’ le rebosa el pergamino de la memoria, de cuando pasaban las vacaciones, durante la niñez, en la aldea de sus orígenes y percibía que ni él ni la hermana eran de la misma veta que los demás niños, eran distintos y hablaban diferente, el deje era otro, un tonillo que a sus amiguitos les provocaba carcajadas, y aquel tomar a chirigota su manera de hablar los descomponía y no sabían el motivo ni por qué les hacía gracia el llamarse Izaskun y Asier ni por qué les gritaban con guasa ‘Axeinos!, axeinos!’. Por aquellos entonces no entendían ese tinglado de foráneos y ajenos, y tanta confusión, extraños acá y acullá, les hacía saltar lagrimones de rabia al contarlo en casa, y el “Centollo” los consuela, pensar es más difícil que hablar, hijo, mal que te pese, nunca podremos columpiarnos en la misma cuerda de los lugareños, es muy sabido que esa breva se madura en la cuna, ¡y me rindo!, quiero seguir siendo quien soy, quiero que seáis quienes sois, ¡hijos de vuestro padre y vuestra madre, y tan a gusto!, que nos tendrán por de aquí, según tú, cuando nos den tierra en el camposanto. Así le hace recordar siquiera el eco de las palabras siendo niños, le mira al flequillo y le asegura que justo y cabal, somos nativos de donde yacen dormidos nuestros muertos, se pone en jarras para decirlo, posa el cestaño sobre la cómoda y alza mendicante los ojos hacia la estatuilla de la ‘Santina’, en cuya peana parpadea una luminaria de aceite, y se extasía al mirar las faldas de paño negruzco de la muñequita. Vuelve a la ventana y corre un visillo, pero la tormenta no cede, se juntan tres tormentas seguidas, se dan la mano, se entrelazan, y el mozo, que ve perderse el ensayo, se impacienta y pregunta desde el butacón si despeja, tengo que ir a ensayar, y ella le asegura que no escampará hasta el amanecer, el gato no para de frotarse la cara y jugar con el ovillo de lana y, después de descargar, se quedará de temporal, ¡y tu hermana y tu padre, sin aparecer!.

El “Tempranillo” no deja pasar la ocasión, ahora que están solos, y necesita doblegarla para confirmarlo dentro de unos días en la reunión, una asamblea con olor a viejo y campuzo, y le pregunta por qué razón especial le preocupa tanto que vaya. La madre se extraña de a dónde ir con semejante diluvio, ya se le ha escurrido la obsesión que le bulle en el cerebro y me la trae al retortero, pero él vuelve a la carga, le aclara que se refiere a las listas, y ella le mira dolida, es un mirar refulgente, al par que recoge la plancha, el hierro y la manta mientras habla y habla a fin de borrarle de la mente el desvarío, le repite para qué lo preguntas si estás cebado en presentarte, y se rompe, concluye que haga lo que le plazca, pero quiere dejar constancia, le hierve el sentir de un resquemor en el buche, un sentimiento raro, de madre, que él no logra captar y se lo matiza despacio, un murmullo, un plañido de voz, como si fueran a morirte en alguna trifulca, si coges mando, que son gente muy rara y tú eres de otro talante. Frente a este chirriar del corazón, un calambre le recorre el cuerpo y le agarrota el gaznate, casi se sube de tono, se le enrojecen los pómulos e intenta luchar contra las zarpas de algún mal augurio, que no te pongas trágica, madre, pero ella siente una premonición y le destripa su intimidad, tal como presentíamos en nuestro terruño, antes de afincarnos aquí, que nunca fallaba, y me entran sudores, los cuervos del maleficio no paran de amagarme desde que lo supe, no te lo tomes a chufla, ¡quiero que seas un ‘Centollo’ de por vida!.

Al tiempo de dirigirse a la cocina no cesa de refunfuñar y Asier eleva la voz, le ruega que se lo quite de la trinostra por el más santo de los santos y santillos de su devoción, pero ella insiste en hacerle comprender que es imposible, tendrían que arrancarme las raíces, y el mozo no consigue atar cabos y echa mano de aquello que a una abuela pudiera convencerle más que ningún otro razonamiento, los abuelos hacen por los nietos chiquilladas que jamás habrían imaginado hacer por sus hijos, los nietos son las niñas de los abuelos, sienten una pasión incontrolada, los últimos soplos de aleteo, nunca se sacian de nieto, su ternura les vuelve la personalidad del envés, y le asegura que la ternura de los nietillos endulza el amargor de las penas, estaréis orgullosos y hablarán y sentirán como mi hermana y yo, y se levanta despacio y le hace la cruz, pero ella se tapa los ojos de golpe, rehúye temblorosa el mirarle a los labios, le da la espalda y le suplica con el corazón en un puño, atemorizada, una alondra moribunda entre los dedos de un zagal:

– ¡No me hagas la cruz, rapaciño!, que una cruz huele a muerto, todas las cruces huelen a difunto-.

Un trueno estremecedor retumba entre las callejuelas y paraliza la estancia, la corriente se corta y las tormentas estallan, descargan un furor de aguacero, el pedrisco salta, revolotea por tejados y lumbreras, choca contra los cristales de las ventanas, es el picotear del granizo, un bisbiseo de jaculatorias se esparce por el cuarto de estar-comedor y la yasa ruge lejana, el agua cae a mares y baja roja, un barrizal, por los barrancos y torrenteras de entre los caseríos, se palpa que de un momento a otro inundará de lodo y fango las callejas y zaguanes, el bramar enfurecido de la riada se oye cercano, a punto de lanzar derrotes de espanto sin tregua ni piedad, y por la cama del río Ego llega encunado un ternerillo muerto.

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