3 de marzo de 2002

Ya que te has metido en ese berenjenal, escalón de fama y nombradía sin tener que besarle humillado los pies a reina ni rey, a ver si quedas como un señor, “me llamo Jacinto Garbayo, qué pasa!”. En los tiempos de la lejanía, sin haber encendido todavía ni tú ni yo los candiles del existir, quiero recordar que los zurdos entonaban algo así: “Canturreaban los carlistas / que liberales no había. / Salieron tantos traidores / como chiquillos nacían”. Aquí, en estos horizontes, cambiar de postura está muy mal visto, es una mancha negra en la personalidad y se extiende a todos los brazos del clan familiar.

A ver si triunfas, Jacinto, entre ese gentío. Y, sobre todo, no finjas ni andes con componendas ni te dejes aturrullar la trinostra. Si hay que soltar un palabro en medio del “tablau”, se suelta y en paz, que no es con mala intención ni maldad. Otras ofensas son bastante peores, malévolas, dañinas, llevan inquina en las entrañas, gente taimada que sólo busca comernos el pan del morral y las chauchas y no nos deja ni respirar. Uno sabe demasiado, desde los tiempos de la Universidad, por los callejuelas de la capital de España, en los bajos fondos, referente a aquellos señoritos, que tú no habías abierto aún el hocico.

A ver, “Petra”, si comercializas ese crecepelo que nos prometiste a los calvos del paisanaje en la prensa y en ETB, el mejunje adobado con ortigas y sebo de gardatxo, creo recordar, pero no publicaste el secreto de tus artes. Y lo haces por tu madre, “quiero una casa buena para mi madre, que la pobre anda pachucha”, dijiste, lo cual te otorga señorío. Ahora tienes la ocasión, en eso del “Gran Hermano bis”. Que ningún zaborro te pise los talones, “a Jacinto lo tienen en un altar, con eso de que es el mayor”, se queja “Patricia” entre lloriqueos compungidos. Y llevas el escudo de Nafarroa en la solapa, lo cual está muy bien, aunque a tí y a mí qué nos importa una chapa roja con una corona encima, como si fuera la cresta del mejor capón de los que criaba mi madre, y supongo que la tuya, para las navidades.

Ribero íntegro, con tu acento cirbonero, de Zintruenigo, y tus salidas graciosas, duras como el alabastro, que extrañan al personal. “Que hablas muy raro”, me dicen una mañana los amigos, subiendo de la Facultad de Filosofía hacia el barrio de Argüelles. “¡Y cómo quieres que hable, pues, o qué!”, respondo, y ahí quedó todo, asenté firmes los cimientos de mi imperio y ni Dios bendito volvió a meterse jamás con mi deje, mis decires espontáneos y mi pensar en el Viejo Reyno independiente, que nadie se explica que nos salgan tan de repente, unos zurriagos aquellos estudiantes de la capital. Otro día me preguntan por qué no llevo corbata. “Porque yo no me cuelgo ningún cordel al cuello, es como el tanganillo que colgamos del pescuezo a los perros en la veda”, les contesté. Y me paro, “Petra”, que te contaría mil chascarrillos que me ocurrieron con los pardillos aquellos. Todo por causa de mi acento ribero, de Biana, como el tuyo. En otra ocasión, al saber que era navarro, o no sé por qué, quisieron enzarzarme en esa mandanga del Opús Deí. Pero esto ya te lo contaré más despacio, que vas a descojonarte. “A mí no me ata nadie, que yo no ato ni a mis perros, y tengo tres”, te oí decir enfadado, al ordenaros cumplir la norma de hacer el simulacro de “trepar al Everest”. Ni a mí, que también tuve muchos perros, dobermann, mastines y hasta coñeros.

Te achacan que eres un cabezón, pero tú mantente en tus trece, no untes con grasa de carro tu forma de ser y actuar ni te dejes putear por nadie, que ya sabes cómo tratamos a esa fauna en el pueblo. Entre tanto foco, tanto relumbre, cremas, maquillajes, bambalinas y tirabuzones, pueden hacerte un estropicio, y tu gente lo sentiría. Y yo, más. Agur.

Nota del autor: A “Opús Deí” le he puesto acento, como así lo dicen por aquí.

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