1 de marzo de 2002

            “Si tan largo me lo fías, Blanca, echa un cuartillo”, y la tabernera, mi madre, carlista fina, sonríe, guarda el dicho de “Paderna”, republicano, zurdo y cargado de hijos, nos lo cuenta en torno de la mesa camilla y lo anotamos desde la niñez en el pergamino, virgen aún, de la memoria sin saber por qué, tal vez para transmitirlo en el día de hoy a los lectores que quieran conocer las andanzas, hambre y sueño de hacienda colmada, de los jornaleros eventuales en esta muy ilustre, muy noble y muy leal ciudad, donde Subirán, el partero, me encendió las linternas del alma una tarde achicharrante de agosto. Era tal la penuria que hasta el cuartillo de vino en el porrón se lo servía a fiado, a cuenta del jornal, catorce reales de sol a sol, y saldar la deuda, pagadores puntuales, honrados a carta cabal.

Allí, en la taberna temporera, sólo para vender el vino de la cosecha propia, el mejor, 17 grados, se coció la infancia de uno, mi fragua, mi escuela, ¡la mejor universidad!, donde aprendimos chascarrillos sin cuento y a cantar jotas, que ya pocos cantan. Allí se fraguó “Bulerías”, el jotero divino, mozo esbelto y jornalero de brega. Allí palpábamos la miseria, la explotación de los terratenientes y las pústulas de la usura. Por la taberna desfilaron cuévanos de personajes que poco a poco van grabándose en páginas y páginas sin convulsiones editoriales, que sobran, suficiente con esta generosa lucerna semanal.

Y en mi taberna particular vamos dejando los últimos odres de vino de cosechero. ¡La taberna de uno!. ¡Altzuza, la taberna de Jorge Oteiza!, que unos cuantos “señoritos” quieren hacerse con ella, manosearla y dejarla sin sabor, sin gracia ni esencia, a romper en mil pedazos el espíritu del prodigioso cantero, el cerebro más lúcido de Euskal Herria. ¡Qué estáis trajinando con este anciano desprendido!. En la “Ciudadela”, de Iruñea, hace unos 4 o 5 años, asistí a una exposición retrospectiva, donde el viejo Oteiza iba explicando su propia obra en el video que lanzaba un televisor. Me senté y allí permanecí durante una hora larga a escuchar sus explicaciones. Otro visitante, un mozo de unos 25 años, me da un golpecito en el hombro y me pregunta si el señor de la tele era yo, a lo que sonreí y le dije que no, “no soy ni su sombra“, le respondí, y se justifica: “es que, por el físico, me ha parecido“.

El chaval no sabía que nadie puede parecerse a nadie y menos al genio venerable, al cual nadie logrará clonar. Pero todos lo deseamos, chupar rueda, subir, trepar, ganar un escaño en el parlamento a costa de “ser la sombra” de Oteiza. Nadie podrá parecerse al forzado y forzudo zahorí del alma vasca y la identidad perdida, ¡su estética, su ética!, y menos que nadie quienes ni tan siquiera han estudiado, digerido ni abrevado temprano en la fuente el agua límpida del manantial, los “Ejercicios espirituales”, “Quousque tandem…?”, el “Poemario”, mis libros de cabecera, y toda su obra, ingente, grandiosa, torrentes de pensamiento puro. Queréis haceros con la joya cultural que él regaló a “Nabarra, nuestra hermana mayor“, nos recuerda en el “Quousque”. Y andáis a la greña a fin de apropiaros su patrimonio con fines innombrables. ¡Qué buscáis y qué sabéis de sus conocimientos profundos!. Si Oteiza quiere que Carlos Catalán dirija la Fundación, “para levantar del lecho a un muerto“, dice Catalán referido a dicha entidad, ¡quiénes somos nosotros, gusanos a su lado, para doblegar la voluntad de esta alberca inagotable y amargarle sus días!. Dan ganas de bajar la persiana y mandaros a galeras, que alguien intentaría sobornar hasta al fosero para arrancar los dientes de oro a los difuntos el día mismo de las alabanzas.

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