Deia, 24 de febrero de 2002

La palabra es fea, de poco fuste, uno se resiste a titular con tal vejestorio, si bien el meollo del lenguaje es contener dosis suficiente de comunicación para no enredar más la madeja del cerebro. Corren ríos de tinta sobre lo conveniente del examen final de bachiller y decirte que sí, que ya puedes abordar con holgura estudios universitarios. Otra pijada gorda.

Y uno se pregunta dónde se aprende más, si en las aulas, en los pasillos, en la calle o aquí, en esta plaza de los Fueros, tan bonita, tan seria, regia, pozo de filosofía popular y refriegas callejeras frente a la Compañía de alabarderos del orden, o del desorden, para impedir colocar la ikurriña en el balcón del Ayuntamiento cierto “Aberri Eguna” en los tiempos malhadados de Franco y la transición. Convierten la ciudad en campo de batalla, persiguen a la gente por pasadizos, caños y bodegas, los cargadores les cuelgan de las cananas atiborrados de munición, yo en persona los veo tirar de cerrojo, cargar la recámara y sembrar el terror al subir por el portillo de la muralla, que los dedos se les hacen huéspedes, entonces y ahora.

Ante el proyecto del Gobierno, quién más quién menos echa su cuarto a espadas y marmotea acerca de algo tan delicado. Cualquier advenedizo se cree capacitado para hablar del asunto más fresco. Ante el espectáculo de tertulianos y tertulias, se siente vergüenza ajena. Saben de todo y no les duelen prendas en hacer la risión, Zutano o Mengana dominan desde ingeniería genética hasta la situación de las prostitutas o cómo anda el mercado de los pimientos de Lodosa o el vino Rioja de este pueblo o el aceite, elaborado con tino en el trujal “Mendia”, de Arroniz, almazara de mis aceitunas.

Jamás pisaron un aula en calidad de enseñantes, pero se permiten el lujo de cotorrear, ¡pelmazos!, sobre las excelencias y fallos de la ESO. La desfachatez de que hacen gala es delirante. Ya no recuerdan aquel examen de antaño, el bachillerato donde eran obligatorios francés, inglés, latin, griego y un fajo de asignaturas. Las “optativas” no existían. Había que pechar con todo o te quedabas en la cuneta, a cavar olivos, escardar el cereal y cuidar la hortaliza, es decir, a jornal, catorce reales diarios, para los terratenientes o emigrar a Bilbao. En aquel entonces, cantábamos que “este pueblo tiene categoría, con 17 tabernas y ninguna librería”. Tal que hoy en Leitza, Miguel Sanz prefiere destinar el caserón de Maxurrenea a cuartel de los beneméritos en lugar de a Casa de Cultura y biblioteca.

En la profesión desde que te salen los dientes, me echarán con aceite hirviendo, querría acabar como profesor emérito, uno es feliz enseñando y los alumnos están en la gloria. No obstante, la situación actual es insostenible y hay que encontrar una solución urgente, no precisamente a golpe de reválidas. Debemos dar un giro copernicano, con permiso o sin permiso de Madrid, y no porque los chavales te dominen, pero sí que otros colegas están pasando malos tragos. No se aprende lo que se debería ni se enseña todo lo que uno querría. Sin libros ni exámenes, me salto a la torera los programas oficiales, mi alumnado de “Secundaria” sigue con gusto la clase y, sobre todo, intentas que aprendan a pensar. La programación debe ser útil, eficaz, con material al día, que “pedagogo” ninguno va a venir de la capital de España a enmendarnos la plana. Es esencial que los alumnos te aprecien, y tú a ellos, que ahí radica la grandeza de cualquier didáctica. Ni qué decir tiene que las FP deben restablecerse, los Salesianos y Jesuitas bien saben hacerlo en sus colegios y universidades, tejiendo su potente red en el mercado laboral. Pues, eso, con permiso o sin él, que ya vale de sumisiones.

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