28 de enero de 2002

         Oigo el clamor de una megafonía que pide ayuda, dar la cara por algo justo, sin cobardías, evitar la construcción de un vertedero junto al Ebro. La voz se cuela por los rincones y plazoletas de esta ciudad soñolienta, de un desperezarse extraño, siempre fue así. Ante un amago contra el condumio del vecindario, despierta encorajinada. Biana despierta solidaria, el domingo, día 27, la plaza de los Fueros amanece con una pancarta enorme, en euskera y castellano, y comienza su remar a contrapelo, contra el Gobierno, si se tercia, caso de que alguien quiera imponer cualquier chandrío contra la voluntad popular.

En la asamblea de alcaldes y concejales celebrada hace un mes en Mendavia, pude palpar el rescoldo de la amistad que nació durante aquellos años malditos de persecución y borrachera ideológica, dictadura y clandestinidad. Muchos “compas” llegaban a casa, pedían echarles una mano y nosotros lo hacíamos con la mejor de las voluntades, aun cuando nuestras mutuas ideologías fueran distintas, nunca adversarias. Por eso, al reencontrarnos, el mejor saludo fue “que me he alegrado mucho al verte en la sala y que cómo aguantas, metido en la política hasta que andes con la pata chula”.

Ahora resulta que alguien quiere poner un cagadero en la misma orilla del padrecito Ebro, del cual nos nutrimos, vivimos y retozamos. Tenía que llegar, tarde o temprano. Esta sociedad del consumismo enloquecido necesita depositar sus despojos en algún sitio. El quebranto social reside en que los mayores beneficiados, los dueños y señores de las grandes industrias, no los reciclan y no les duelen prendas en traerlos a nuestro huerto sin ni siquiera consultar al personal que más va a perjudicarse con tal destrozo. Aquí nadie respeta a los afectados más directos, los labradores y vecindario de esta puerta de la Ribera. Quién más quién menos tiene su corrico de tierra para cultivar sus pimientos, sus tomates, alcachofas, su tabla de viña, frutales o un par de robadas de espárragos. Pero los señores quieren poner el retrete de su escoria aquí, sin tener en cuenta los peligros para el cuerpo ni las filtraciones, o sea, llevar las heces hasta el fogón y los guisos de las cocinas. El daño sería catastrófico, irreparable.

En la “manifa”, multitudinaria, animosa, ¡sin politizar!, convencidos de defender algo vital, la salud, hubo pancartas de mil colores, todas con el NO a esta locura. Y el gobierno foral recibió su pitanza: “Sanz, pringao, llévalo a otro lao”, “Gobierno foral, te portas muy mal”, “Sanz, puñetero, no queremos vertedero”. Bajo un sol espléndido, reluciente, acuden gentes de todos los pueblos de la comarca, incluido Los Arcos, también de La Rioja, Pradejón, Nalda, Albelda, y una representación del pueblo onubense de Nerva. En cambio, no vimos a los “forales”, ¡ni uno!, que siempre están presentes en las aglomeraciones, incluso para una simple romería. Pero como Miguel Sanz y su compaña están a favor de que se construya, se mancharon con esta venganza pobre. ¡No pasamos de hombricos, Miguel!.

No nos explicamos cómo puede haber técnicos tan desfachatados que quieran poner este engendro a cuatro palmos del río, que el Ebro se mete tierra adentro y arrastra en los trasmallos de sus venas subterráneas la porquería que encuentra, ¡y no digamos nada cuando baja la yasa!. Por eso, asistimos en Lodosa a la protesta ciudadana y así arropar a la “Plataforma”. Uno no es biólogo ni ingeniero de nada, pero suponemos que habrá otras maneras de resolver este desvarío. Queremos imaginarlo.

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