El silencio es el dueño y señor de la ciudad de Nazar, la abraza con dulzura, la dulzura de la soledad, una argolla de quietud, honda, humillante, le atenaza las cuerdas de cantar, ya no entonan con la alegría de la ilusión, que alguien, agazapado en la mata, le disecó la mariposa, frágil, tierna, de la esperanza y un silencio perpetuo se cuelga de los balcones, enrejados, airosos, y se adormece entre los sillares de las mansiones y casas solariegas. Únicamente lo despierta el relinchar de las caballerías al llegar del tajo, las esquilas y balidos de los rebaños en la talanquera del aprisco, libre del maldito carbunco hace dos meses no más, y el ladrar juguetón de los perros. El pueblo entero es piedra de sillería, mortero y piedra, fachadas hermosas, labradas por alarifes esmerados que ya fenecieron de holganza forzosa y pesadumbre, bajaron del monte en busca de un mendrugo que llevarse a la boca en los tiempos de la hambruna enjaretada a la sequía pertinaz, años subsiguientes a la tercera intentona, recién horneada, urdida para reconquistar el ser desde la raíz, que el existir sin trabas no se mendiga ni se comparte. Roída ciudad sin nombre ni palabra ni pendón, sometida desde los inicios de su Historia escrita a tompazos, abusos y vejaciones sin cuento, a entregar en el puesto de mando y pasado por las armas todo aquél que esconda provisiones, raciones suplidas de carne, hogazas de pan y sal, cebada, bastes y alojamientos decorosos para los mandos, y otros diversos expolios bajo el yugo de gente extrañada, el taimado enemigo de quien jamás se liberarían, que por sus bosques y hondonadas sombrías entre barrancos y mamelones, parajes bellísimos, cabalgó la invicta extranjería a sangre y fuego, tierra de saqueo y fuego, el premio y botín jugoso para solaz de la soldadesca regular y mercenarios bien pertrechada con picas, trabucos, arcabuces y equipo confortable de invierno, tierra mugante, su delito, castigada al aislamiento, tortura pública y sumisión permanentes en cocinas, recodos y zaguanes, donde nadie se detiene ni tan siquiera a cultivar por una temporada, aunque sólo sea una añada, los terrenos feraces de sus valles. El pueblo del heno y las sernas sedientas, mitad por mitad, cándido, ingenuo, un pozo de candidez, aletargado en el soñar de la hidalguía estéril, nunca le interesó al invasor, sólo le sedujo el asentar sus reales como enlace del mundo subterráneo, riquísimo en productos de rendimiento máximo. Al nómada pérfido no le atrae la labranza fecunda, el conquistador ansía tierra esquilmada, tierra de misión, que la trabajen los nativos, gentecilla feroz, depravada, una horda de forajidos, así los maldice el ocupante de las cien grescas, habituados al laboreo duro, lo nuestro es aquello, ruge el General Concha, junto al puente romano parduzco, de dos ojos, uno gótico y otro románico, sobre el río frontera y ante la tropa regular, las aguerridas fuerzas de asalto y pillaje, aquello es lo nuestro, el territorio que nos aguarda al otro lado de las montañas, y entre las montañas, llanos donde levantar las cabañas de pasada a cielo abierto, hincar de mojón la santa enseña y adelante, para, desde allí, conquistar y reconquistar terreno y más terreno a beneficio y honra de la Cuadrilla regia hasta la cinta rojiza del horizonte y más adentro continuar los zarpazos de la rapiña sin piedad, ¡al enemigo, ni agua!, y de esta guisa llega a bayoneta calada hasta los portales del Ayuntamiento, lo encaraman a la balconada y cierra la arenga frenética con un ronco ‘¡Viva la madre que os parió, desde hoy estáis libres del 5º mandamiento!’.

El ‘Colillas’, huérfano de guerra trenzada con el cáñamo de la ignorancia y la codicia, rasga el gabán del silencio, refunfuña de par de mañana y le encarga a la madre que le agencie dos cajas de cartón para construirse unos cabezudos y jugar al pasacalles con los demás zagales, y los gigantes, cada cual con su cabezota, huecas, malolientes, en demasía las de Sus Majestades el rey y la reina, recorren las callejuelas y plazoletas, danzan al son de la charanga, de uniforme impecable blanco y rojo, a la hora de las dianas y abren paso a la Corporación por mitad de la Rua para oír, en un fardo grasiento de solemnidades, la misa mayor el día de la patrona, Santa María Magdalena, que le conceden tal rango en la retahíla del Martirologio, según acuerdo unánime del Concejo en Sesión plenaria del 13 de junio de 1649, que paró de repente una plaga infernal, la peste bubónica asoló la región el año fatídico de 1599. La ‘seña’ Margarita está encaprichada de su pareja de vástagos, que no hubo lugar para más engendros en la brevedad del amor acorralado, el frágil sillar que le mantiene en pie a la pobre mujer, cede a los antojos que les apetecen, los mima demasiado, no tiene valor para negarles ningún capricho, un desvarío de educación, lo único que le resta, los hijos, la casilla, de alforja, y cuatro tormones en los cogotes, y se va a la tienda y se las pide al tendero, que mi ‘Colillas’ quiere hacerse una cabezuda, y el tendero, que conoce el percal, le da permiso para coger de la trastienda las más consistentes, las que mejor le vayan, la ‘seña’ Margarita es de fiar, y vuelve al hogar con las cajas bajo el brazo. El zagal y su cuadrilla se construyen dos cabezudos y, a la salida de la escuela, simulan incansables el pasacalles cada tarde, una y otra vez, y el ‘Colillas’, que se ganó el mote a pulso, presume de una pichita más larga que cualquiera de la pandilla, todos sus amigos la tienen más ñaca, y se demuestra cuando, cierta tarde de montiña al cobijo del pinar, los pone en fila india y a la ‘Guindilla’, que no se le aparta ni a sol ni a sombra, le ordena colocarse de espaldas junto al tronco de un pino y con los ojos cerrados, ¡no los abras hasta que yo te diga!, y él mismo se las mide una a una con el cartabón escolar, pero el “Zurdo” se resiste y lo sujetan entre todos, le ata el pellejo con liza y no le deja orinar hasta que rompe a llorar de dolor, un dolor intensísimo, y al no poder soltar el segundo nudo, escurridizo a causa de la humedad, cortan la liza con la navajilla de sacar mina al lápiz, la propia navaja del “Zurdo”, que no para de llorar a lagrimones.

Otra tarde de pifia, al ‘Colillas’, citado sea con gusto a pesar de su audaz osadía, se le ocurre lo impensable, jugar a churris y nazarianos, y forman dos bandos, que nadie quería apuntarse al grupo de los aceitunos y remolonean, pero él les obliga, menos a uno, hijo de un guardia auténtico, el quinto vástago de la camada, que sale voluntario y todos gritan ¡que sea el capitán!. Los guiris se colocan en un extremo de la Rua, junto a la plazuela de la tahona, y el “Colillas” encabeza a los nazarianos en torno a la fuente de cuatro caños de la plaza de ‘Los Forros’, los más valientes, prestos a hostigar al enemigo y a quien se ponga delante si algún botarate, armado hasta los dientes, les tiende alguna emboscada y les interrumpe el sueño sin avisar. Se reparten las cabezotas, una para cada cual de los gerifaltes de la partida, pintarrajean con clarión la palabra ‘capitán’ y tres estrellas de seis puntas en el frontis, tal como indica el “Zurdo”, que los capitanes se distinguen por las seis puntas, según me dijo mi hermano mayor, que ya hizo la “mili”, y empiezan a pelearse entre los olmos y acacias de la plaza, su bosque imaginario, con la furia de si fuera una guerra sin cuartel, pero llega un momento en que no, no le encuentran aliciente, sudan la gota gorda y el alguacil anda de mal genio. La ‘Guindilla’, delgaducha, un alambre de delgadez, se aburre y, tras pactar una tregua de un cuarto de hora para refrescarse en los caños de la fuente y con la condición de que la ‘Guindilla’ también debe participar, que es mi novia, exige con garbo y mando el ‘Colillas’, deciden trasladar la contienda a los tejados, como siglo y medio atrás lo hiciera Zumalakarregi, aquel coronel proscrito cuyas hazañas cuentan los apeos del plumín más fidedigno y con esa estrategia arrancó varias veces la fortaleza, medianil tras medianil y a sablazos, de las garras del extranjero y defendió y protegió el baluarte amurallado y se hizo el amo del territorio, menos la capital, la cual se le resistió con ahínco hasta herirlo en la pantorrilla de la pierna derecha una bala rebotada y dejarlo, miserables, expirar en once días a manos del aliño de la gangrena, la bárbara inoperancia del trío de médicos que le asisten, uno de ellos desertor del bando enemigo, topo se llama hoy, y la excesiva dosis de opio para calmarle el dolor intensísimo que le producen los diversos cortes de la pierna con un serrucho a fin de extraerle el plomo y exhala el último suspiro al cabo de un delirio atroz, que durante el trance postrero llama a sus oficiales por el nombre de pila y da órdenes de cargar o retirarse a su batallón favorito, un general de armas tomar, comentan con respeto y admiración los parroquianos en las tabernas cuando el insigne apellido sale a relucir y brota su recuerdo del manantial de la memoria.

Los nazarianos suben armados de bártulos y pertrechos bélicos por la casita del jefe hechos unos potrillos, y la ‘seña’ Margarita ni rechistar, les consiente cualquier travesura y el mocete le da a menudo la murga entriparrado con una ocurrencia de espanto, que si no me das un real de paga para comprarme petardos, todos los petardos que quiera, me arrojo por la muralla y me mato, madre. De este tenor transcurrió la niñez, mamando en las ubres de la guerra larvada, guerrilla desoladora, con chantajes que ponían la piel de gallina, entran escalofríos al verle corretear por encima del paredón y saltar por las almenas de las murallas del castillo en ruinas con una agilidad felina. La madre, bañada en la tristeza inacabable, que jamás se enfurruña ni riñe con las vecinas, se lo cree y le suplica entre sollozos, ¡no seas boche, hijo mío!, se creía la amenaza a pies juntillas y le entrega el real de níquel y un bocadillo de sardinas en escabeche para merendar y aplacarle el berrinche y, de cuando en vez, volvía de anochecida con un cosque en el cuero cabelludo, un chichón en la frente o magulladuras por las rodillas.

La cuadrilla avanza en tropel escaleras arriba hasta el fascal, salen uno tras otro al exterior por la luminaria, se parapetan a la espera y allí se encuentran a gusto, en plena libertad, el mundo de los gatos es suyo y en tal campo de la verdad, por encima de las tejas, se pelearían a placer, sin miedo al alguacil ni a nadie, que pone los pelos de punta sólo el imaginar si alguno de ellos rueda por el alero hasta la calle, aun a pesar de la destreza envidiable que les permite el vértigo de la edad, criados en un vivir de vértigos. Todos quieren seguir el rastro y las huellas del antiguo militar, de cuya leyenda el maestro, don Ignacio, les descarna los surcos, fértiles, lustrosos, y les cuenta las proezas del coronel y sus secuaces por los caños secretos, bodegas y tejados del fortín. El ‘Colillas’ quiere imitarle y sus compañeros se sueñan fieles partidarios del mítico héroe de aquella causa aletargada, se sueñan afines, atados al honrado brigadier por el vínculo de un invisible cordón umbilical y hasta incluso, si encuentran a don Ignacio sentado en los bancos de piedra de la plaza de ‘Los Forros’ tomando la fresca al atardecer del verano, se le acercan a charlar, que se presta, y le hacen corro y mil preguntas sobre la historia antigua y reciente del vecindario. Por fin, luego de tomar posiciones en la raya de su trinchera a la espera de la orden de cargar, el enemigo aparece, que suben por la lumbrera de otro caserón más aparte, y el capitán de los guiris, con la cabezota puesta, salta del parapeto, enarbola el palo de escoba y arenga a sus facciosos: ¡a por ellos, que son nuestros!, y grita más fuerte, con su voz de chiquillo, ¡vamos a por vosotros!.

Sin parlamentar ni determinar dónde marcarían la línea del frente, el capitán de los nazarianos también ordena ¡a la carga! y, hechos unos fieras, comienzan a batirse con sus espadas y adargas, palos de escoba y escudos, corazas de hojalata y sables de madera, muy distinto al armamento real utilizado en la guerra, perversa, brutal, que antaño enfrentó Nazar al cruel invasor oriundo de la aldea cercana, a un tiro de piedra no más, y los soldados de la Legión Extranjera, que vinieron a ayudar a los pacíficos habitantes de la ciudad, esa memez rezaba al menos en el solemne bando de caja del señor Alcalde exigiendo una calurosa acogida a los excelsos protectores de la población, descansan durante dos meses, se divierten de lo lindo, la Autoridad los trata a papo de rey, requisan las mejores casas vacías, pajares y graneros propiedad de los labradores más pudientes y los legionarios hilan y tejen a su albedrío en tierra de nadie, además de holgar y chingarse casadas y solteras a discreción, y construyen al arrimo de la iglesia un monolito a los Caídos en campaña aspergeado con agua bendita por el párroco en la ceremonia inaugural, en tanto que las levas de aborígenes, combatientes forzosos y tercios de voluntarios para escamotear la fosa común, se partían el pecho en primera línea y morían ensartados, chuletillas al sarmiento, con la promesa cínica del paraíso celestial. La Legión ‘Littorio’, galeradas de mendigos, maleantes y presidiarios, se largó, por fin, a su país de origen y se olvidaron de recoger montones de munición, bombas anticarro, cartuchos, balines, granadas de mano y proyectiles para los fusiles y cañones. Y el ‘Colillas’ deja un momento a los demás compañeros pelearse con saña, se mete por la lucera de la vivienda deshabitada lindante a la suya, ¡que vais a enteraros de cuánto vale un peine!, y al rato reaparece con una granada, hace honor a la maestría que le otorgan las estrellas con grado de capitán y empieza a manipular el artefacto y bromear con él, sin años aún para recibir del sargento chusquero la primera lección y ponerlo al tanto del peligro que le acecha y era suficiente tirar de una lengüeta, de nombre espoleta, y arrojar el juguete contra el adversario dibujando un arco en el aire, visto y no visto, pero, convencido de que la munición está huera gracias a la roña, pura chatarra, la ondea soberbio tal que un racimo de moscatel y amenaza al contrincante, se piensa que lo atemoriza con la piña en la diestra y los combatientes se echan a reír a carcajadas, le insultan y le apuestan a que no lanzas ese cacharro, ¡ababol florido!, ¡cobarde!, ¡a cagar, a un berzal!. Al oír que los aceitunos le gritan insultos de esa ralea, la palabra cobarde le agrieta las carnes de la temeridad, sujeta el artilugio contra la cintura y trata de tirar de la espoleta despacio con la mano izquierda, nadie le enseñó que los soldados de pelo en pecho deben arrancarla de un tirón sin apoyarla en el vientre, y la granada le explota al infeliz en la boca del estómago, el cinglazo lo secciona en dos mitades, una guadaña traicionera le rebana el cuerpecito por las caderas, la caja de cartón se hace una antorcha y la llamarada le reboza el tronco. Al tiempo que arde, el ‘Colillas’ lanza un gruñido de estertor, sólo uno, y sus amigos de ambos bandos se echan las manos a la cabeza aterrorizados, enmudecen presa de un soponcio de horror y huyen despavoridos por las troneras. El Zurdo” hace mención de volverse y ayudar a su capitán, pero es inútil, una esquirla de metralla le taladra el mondongo, y sólo la ‘Guindilla’ se postra acurrucada de pánico, llora a lágrima viva y contempla impotente la fogata, mientras el sol, abochornado, se acuesta sobre el colchón lila y nenúfar de las vedejas del horizonte.

Al despuntar el alba, Nazar amanece enlutada con los harapos de la desesperación, las campanas tañen quejumbrosas a difunto, un tañer dolorido, torrentes de lamentaciones bajan por las laderas de la ira desde los hogares más humildes del entorno y sólo entonces comienza a crecer un río caudaloso, ámbar y miel, el vecindario cae en cuenta de que nadie lloró jamás a sus muertos y era urgente llorar e incendiar las huestes del silencio, acongojado en la madriguera de la indecencia, despertar de su letargo al germen pregonero de la concordia y limpiar la ciudad, casa por casa, de los cepos, minas y trampas que el intruso abandonó desperdigados en el campo de batalla y los aledaños.

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