Estaba irreconocible, de punta en blanco, bien repeinado, rasurado a navaja y el aire de antaño, de cuando aún no se había malogrado ni había cruzado el umbral de un tambo, que de estas pendejadas hacía veinte años, a ojo de buen cubero, y su madre, la ‘Chenchi’, no podía llevar en paciencia en aquellos entonces que un retoño de su tronco se corrompiera por esos andurriales ni que cualquier desvarío que se cometiera en el lugar se lo achacaran al hijo de sus entrañas, que era ya demasiado endilgar, mas el vecindario no lo pone en tela de juicio, da por hecho que la bicicleta de manillar alto y farol de carburo que le pulieron al cartero y la necesitaba, el pobre hombre, para ganarse el sustento y no ir a golpe de calcetín a repartir el correo en el pueblecito de Urzante, a un par de leguas escasas de su pueblo natal, se la birló anteayer el ‘Minino’ y, a raíz de empezar a brotarle estas picardías, la gente coge el hábito de cargar todas las vainas en las costillas del infeliz rapazuelo y el chaval se defiende contra viento y marea, se pone en jarras y jura por Dios que no, que para qué quiere él una bici de manillar alto y farol de carburo, que de chulear hubiera cogido una de carrerista y se habría largado a malvenderla a precio de saldo al perista de Logroño, y añade sin reparo que yo soy formal, mas la compasión, que se sepa, nunca anidó en el cuartelillo y de palo o peñazo no se libra, le llueven los golpes con el cinturón pretoriano del churri encargado de sonsacarle de mentira verdad, cruel, sádico, que una madrugada de perros le propinó una somanta que lo deja tullido varias horas sobre el catre del calabozo, incluso se le pasa por la imaginación el arrancarle de cuajo la uña del dedo meñique de la mano derecha con un alicate, igual que hacía sin ningún empacho a los cíngaros y gitanos con el ahínco y la saña de los torturadores de oficio, “¡Elige el dedo!”, le aúlla desaforado, pero se mordió el ansia por tratarse de un vecino, y el ’Minino’ fue untándose el cuero de este jaez con las sangrías, tundas y desgarros que se buscaba a gatear coches y trapicheos de raterillo de tres al cuarto sin corbata ni cuello duro, “por mi mala cabeza”, según él mismo reconoce, que va de mal en peor, y los ingresos temporales en el furaco de Logroño, al menos dos tandas por añada, eran ya el pan nuestro de cada día y sin conseguir meterlo en vereda, extravíos que la ‘Chenchi’ no puede aguantar, le da torzón el pensar que su hijo, tan rollizo, fuese un caco manifiesto y durmiera entre rejas viniendo como viene de cuna linajuda de Baigorri, ella, la benjamina de doña Concha y don Ignacio, una de las relumbrantes haciendas del término, y la moza de Baigorri, espléndida, frondosa, un partido suculento, pero se le hizo de noche el día del casorio, colada perdida por el Miguelón, y qué bodorrio, de ajuar no le dieron ni siquiera el colchón y la luna de miel a lo sumo duró de sábado a lunes, la escasez de manteca por los salarios de hambre y sin horas al surco no le da más de sí, que Miguelón es jornalero eventual sin más jugoso patrimonio ni recursos que la luz del sol y unos brazos con qué trabajar en la labranza, y el generoso rasgo de amores la arrastró a la sima insondable de la privación y la congoja permanentes que le causan los siete cachorrillos, que a dos se los llevó de rorros el garrotillo, más el estigma de la soberbia paterna y la enfermedad interminable de su hombre en plena faena, que ni se cura ni la espicha, y el desbarajuste de educación que la ‘Chenchi’ les prodigó en la niñez, hasta que cada quién se arrimó a su querencia según crecían, el mayor resultó de una cordura envidiable y entró de zagal en la tahona, “que aquí te traigo el primer jornal, madre”, al par que le entrega satisfecho el billete de veinte duros, y sus hermanas corren peor suerte, se resisten a hacerse monjas y enterrarse de por vida en un convento a matar el hambre, y las manda obligadas, sin quince años cumplidos, de orzayas en familias influyentes de la capital, apellidos de nombradía imaginaria y casa fuerte, de blasón fantasma y piedra de sillería, y allí las abandonó a merced del vendaval, a pesar de darles a esa edad, unas chiquillas indefensas, tanto vértigo lo desconocido y la ignorancia, capazos de ignorancia, que logran ahogar en chorros de salitre durante la primera quincena de estancia bajo el techo de los señores, y el ‘Minino’, que sueña con lucir de mozo el uniforme verde aceituna y tricornio de charol, una ganga de oficio, acabó en la trena sin comerlo ni beberlo, el cacumen no le daba de sí para mayores arranques desde que, rondando los nueve abriles, se cae de un carro al columpiarse con los amiguitos y se le abre una brecha de casi medio palmo en el testuz, por cuyas secuelas el Gobierno le concedió, al cabo de recorrer ventanillas sin cuento y llamar a cien aldabas, la esmirriada paga mensual de disminuido, una birria, y se libró de la ‘mili’ por torpe, y los hurtos de rapaz destalentado le colgaron el sambenito de ser él, la mitad del mes de picos pardos y de novillos a jugar a pelota en el frontón, a los bolos o a coger gorriones y fruta por las huertas, quien chorizaba todo aquello que los tenderos de Oiauri echaban en falta, que a un albañil le cepilló inclusive algunas herramientas, la plomada, la llana y la piqueta, y lo afanaba para comprar pastillas de picadura en el estanco al empezar a fumarrear a una edad que no pasaba de los trece años y una tarde de montiña en el pinar se socarró la bragueta con la chusta por falta de costumbre.

Si le urgía morralla por el antojo de comprarse golosinas, se filtra por entre los sacos y enseres del obrador con el sigilo y la maña de un felino, que de ahí le sacaron el mote, con la excusa de darle un recado a su hermano, pero busca un algo substancioso, mangar el cestaño de los huevos frescos destinados a la fabricación de rosquillas, madalenas, muy estimadas en la región, y sobadillas, hechas de harina cernida en el cedazo prieto, yema de huevo casero, manteca de gorrín y nueces desmenuzadas, un bocado exquisito, y vendérselos a escondidas a la ‘seña’ Anita, quien al clarear el día se los revende sin ningún recato al panadero. De cuando en vez lo sorprendían con las manos en la masa y el peón, su hermano, le arreaba una patada en el trasero y lo largaba de allí antes de que el amo se percatara y, si el dueño lo ve de danza y rondar por los costales, acurrucado entre las patas de la tolva o las cernedoras, ya sabe qué se trae entre manos, pone el grito en el cielo y lo echa con cajas destempladas, ¡‘Minino’, que te llevo a los guiris!, mas nunca lo denunció ni dio parte al Comandante del Puesto, hubiera sido un descalabro y un cargo de conciencia, que al fin y al cabo es un mocete sin chirumen y podrían haberlo internado en un correccional o en la inclusa de Iruina, famosa por ser un orfanato de acogida temido por las madres solteras, temido y odiado hasta las cañadas, cuyas monjas, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, y sacerdotes del Señor encargados de la entidad benefactora llevan fama de zascandiles sin piedad entre la población, troncos tiesos de chopo seco, y al correr del tiempo se ha sabido que regalaban las criaturas a personajes acaudalados, poderosos, de alcurnia y de honor, se creían ellos, que la bolsa y la posición son muy lamineras, y a parejas estériles avergonzadas de su impotencia y, si alguna de aquellas mozas truncadas intentaba recuperar el bebé, les amenazaban con presentar una querella judicial por calumnia y prostitución, que aquí jamás ha entrado, les insultan en pleno rostro, ningún chiquillo de ninguna rufiana, o por abandono del recién nacido en el torno de la puerta trasera, lo cual merecía años de condena, a no ser que bajo cuerda se ocultara el auténtico padre del inclusero, el párroco de Santa María La Real, el abad del monasterio de Nájera o el capellán de las Oblatas de Albelda, antiguo páter castrense, en cuyo descarrío la moza disfruta de bula preferente para saciar cualquier anhelo maternal.

El ‘Minino’ tuvo el destino de cara, que el panadero era una especie a proteger, se come todos los santos y santillos, triduos y novenas, coge el palio en las procesiones del Santísimo por las ruas, señoriales, entre fachadas regias de mansiones solariegas y estirpe de hidalguía, y un mangante de tomo y lomo, a quien, en los tiempos negruzcos de la posguerra y el estraperlo, las mujeres de los labradores le entregaban en ‘la setiembre’ una saca de harina a cuenta, una saca equivalía a cien hogazas, y a medida que les devuelve una hogaza diaria de pan tierno va marcando una muesca en la vara de cada cual y el fin de semana se entretiene en picar con el tranchete, que le limpió al zapatero en cierta ocasión, una muesca de pitanza en ausencia de clientes, al caer la tarde del domingo, mientras el Rosario, que a tales horas la tahona es un cuévano de soledad, el peón apaga el horno después de misa mayor y la sobadora se queda muda hasta la una de la madrugada del lunes. Jamás lo denunció a las autoridades, convencido de que la jaula ni corrige ni endereza, antes al contrario, y por esa razón de peso el gañán se libró de la inclusa y del reformatorio, y al alcanzar la edad legal de ingresar en presidio ya no era un crío sin caletre que se mereciera andar disculpándolo y los vicios le exigen fajos de pasta, en especial por el menester de chingar en el putiferio ‘La Petrilla’, sito en la calle de ‘Los Yerros’, respondón a los reclamos del cuerpo, “que soy sagaz para el mujerío y me reciben con los brazos abiertos”, admitía a boca llena y lo repite al dejar el trullo por última vez y que muestra un semblante de repuesto, totalmente cambiado, limpio y bien aseado. Mas, en el intermedio, el ‘Minino’ fue trazándose con el tajo de su propio plumín renglones y páginas de historia errante, que la policía secreta lo avistaba de lejos, les laboreó fiel y al detalle el terreno de confidente merodeando entre los caciques de la comarca, merchantes, chaperos y drogatas, y uno de aquellos guripas, el tarambana del ‘Felixín’, lo olfateaba a distancia por el rastro de sus andanzas en los ‘geos’, que lo separaron del Cuerpo por camello y acabó hundido en ese mundo de cementerio, una piltrafa de yonki, y ahí continúa emboscado sin remedio en la mata de la indigencia, mas el ‘Minino’ se salvó de semejante plaga y, al preguntarle cómo logró librarse de esa epidemia, responde con la misma seguridad y aplomo de cuando sus devaneos vividos a contrapelo, “que eso es la peste y mira que tuve ocasiones, y por la patilla, de enchufarme picos de heroína, cocaína, hachís y toda la mariguana que me hubiera apetecido, sobre todo en el talego, que hasta la máquina, nuevecita, sin estrenar, me la ponían de cebo los mismos gudaris, el banquero en persona me tenía en palmitas, que es maricón y contaba como por la mano conseguir algún día darme por el culo, en su chiquero de director, pero me sujeté a fumarme algún porro y basta”, y suelta un juramento y pone a Dios por testigo de que la droga es puta bazofia, una navaja cabritera, mal que te pese y, a la corta o a la larga, a la fosa derecho, más dañina que el sida, “un porro, bueno, vale”, explica al detalle, “que le añades un par de cervezas y te deja a gusto, parece que estás un poco borracho, sueñas despierto y te dan ganas de llorar o de reírte y tragarte el mundo, pero un chute jamás, y así estoy de duro, mira, toca las bolas”, y marca los bíceps y hace gala de fuerte, una lonca, que de raza le viene al galgo, “por eso, ‘Huevo lacio’ me tiene tanto miedo, pánico me tiene, que en fiestas de San Bernabé le soplaron 30 mil pelas de la oficina y me denunció en el Cuartel, y aquel sábado se me ocurre entrar en el ‘Gurugú’, la taberna de la calle ‘La Brava’, y una pareja de maderos disfrazados de tratantes con vara y blusón de percal, que estaban tomando café y nos conocíamos de atrás, se me acercan mientras yo estoy en el mostrador pidiendo un pacharán y me soplan al oído si quiero por favor acompañarles, que por aquellas fechas me andaban en busca y captura por un marrón que me achacaron y del que no tenía arte ni parte, que todas la culpas caen siempre sobre el zoquete del pueblo, que a perro flaco todo son pulgas, y me llevaron al juez, me toma declaración y me manda al maco al anochecer y a los ocho días justos me sueltan y el abogado de oficio que me pusieron  me cuela el aviso de que a la mañana siguiente tengo que presentarme sin falta al juez de Lizarra a las 12 menos cuarto, que quiere interrogarme sobre la guita de ‘Huevo lacio’, y ya le advertí a ese gorrino, “si me zampo un marrón por el rollo de los seis mil duros, que yo no te los mangué, como hay Dios en los cielos que vas a encontrar el zapato a tu medida y has de chorrear sangre, como Jesucristo en el calvario, y yo me iré al hotel, que tanto se me da y ya me sé el camino, que mi madre se pegó buena llorera al chaparle una alcahueta que te trinqué la mosca y es mentira redomada”, y el despertar aquella pifia le enciende el coraje, siente hurgarle el cuerpo un retorcijón de la coronilla a los talones, se le enciende un mirar de fogata, le crujen los párpados y aprieta los puños contra la guantera, “que mi madre era un velatorio, lloraba a mares lagrimones de sal sin parar y se quedó bien llorada aquel atardecer, aunque le juraba y perjuraba que yo no había sido, y tal embuste no se lo perdono a ese mocordo, que se cree de la Casa de Austria desde que ensanchó la heredad a costa del sudor ajeno, chupón del carajo, y el juez me pregunta por dónde me anduve aquella mañana, que el tío flipaba y me dejó libre, que era un señor más bueno que el turrón, buena persona, era y es, no por soltarme, no te lo pienses, sino por buena persona, un hombre de pelo en pecho, y en el presente nadie sabe aún quién le birló la chatarra a ese tajugo que las mata callando, le dieron carpetazo y yo me vine a Oiauri y mi madre seguía en sus trece de que el mangui fui yo, le dio un berrinche morrocotudo y me planta de patitas en la calle a rastras de una maldición que me agarrotó el alma, no morirás en sábanas limpias, me dijo a gritos, ya sabes lo arbolaria que es, y me auguró una muerte amarga, que me guarda un caldero de rencor por el baldón de andar de presidiario y ahora se niega a echarme el pienso, no me dirige la palabra, ni a mí me apetece hablarle, que no tiene derecho a seguir arrojándome de casa por haber dormido tantas veces en chirona, no me perdona el haberme rozado con mis compinches de celda, no me lo perdona, me rehúye el habla, tiene olfato de alimañero y me da la tabarra con que apesto a chinches, y no cae en cuenta que un hombre puede cambiar, ¿no?, y sólo me deja dormir, eso sí, dormir, sí, que a ese extremo podíamos llegar y, si por un casual me lo prohíbe y no me deja pasar la noche en mi cuchitril, soy capaz de hacer un estropicio gordo, por mucho mi madre que sea, que mi padre ya no rula, ha perdido la chaveta, está ido, turulato, y se pasa mañana y tarde rondando por Oiauri como vaca sin cencerro, cualquier día puedes verlo, un alma en pena, a pleno bochorno de agosto rebozado en una bufanda de lana enroscada al cuello y las orejas, pero la ‘Chenchi’ se mantiene en sus cabales y no puede soportar la vergüenza, le da un soponcio el pensar que un brote de su sangre ha pisado una facultad, que me importa un comino y tú no intentes traerla a mandamiento si te la tropiezas, conozco el paño y ya sé que tienes trato con ella y te aprecia un cojón, ya se convencerá de que no soy el ‘Minino’ de antaño, que alguna vez hay que girar el rumbo, y no le cabe en la trinostra, está resabiada desde que mi abuelo la palmó, otro merchero de abrigo, y el notario le leyó el testamento y le añade la coletilla de las últimas voluntades, que la desheredaron en represalia por casarse con mi padre y la dejaron sin plumas y cacareando, únicamente los cinco sueldos febles en los montes comunes, tal que manda la receta de los viejos, que de esas mandangas tú sabes un huevo y está ciscada por la sandez de mis abuelos, se siente ninguneada y me da mucha pena, que la madre de uno es la madre de uno, te lo dice este cachupín, y ya sólo me tira disponer de dos mil duros contantes y sonantes, poder entrar de pudiente en el tugurio ‘La Petrilla’  y cortarme las crines con la furcia que se me antoje, y luego me busco alguna chapuza de zarramplín y, añadido a los cuatro reales que me llueven de la Diputación por la invalidez, me cunde para mis gastos, que con la gentuza de Oiauri no me apego ni a heredar, que son todos unos quinquis de tormones, salvo unos cuantos como tú, que tu hermano ´Picha rota’ es otro que tal baila, un mangurrino de alpargata, que un anochecido no quiso subirme a dedo y me hace señas de intentar aparcar y era mentira, que al rato salió por la calleja del ‘Horno’, y otro mediodía se me cachondea con la misma macana y me engañó, es un mentiroso y un tramposo de campanillas, que pocos me cogen, me guipan de lejos y tuercen el pescuezo”,

Y, al entrar por el portillo de ‘La Escapada’, un pasadizo sombrío, cobijo de parejas, borrachos y meones, le ofrezco hacerle el servicio a domicilio y se le atasca el fuelle, me advierte que aparque donde siempre, al respaldo de la muralla, y en ese momento se puso royo, suelta un resoplido y me confiesa a regañadientes que iba a comer en la posada de poca monta que hay junto al ‘Rebellín’, que se jala de órdago a la grande, te sirven raciones bien suplidas, sin escatimos, y guisan con leña de olivo, leña de rey.

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