¡Qué decir, qué gritar ante tanta sangre inocente vertida en unos segundos!. Uno piensa en sus nietos, que podría haber sido cualquiera de los tres, y se rebela, me rebelo ante tanto sadismo. Quien puso la guadaña de la muerte en el juguete es un sádico, eres un hijo de mala entraña, tío. No te mereces el pan que comes. O sea, eres un salvaje, un cobarde, y te has ganado la ley del Talión, que nadie debe aplicar, pero te la has ganado y bien ganada. Te mereces dejarte sin ojos, vaciarte los cuévanos con una cuchara, tal que hacían en tiempos no muy lejanos en esta tierra nuestra tan castigada, maldecida, tal que hicieran con el alcalde de un pueblo ribero cuyo nombre y apellidos prefiero callar, aquí, en Nafarroa, allá por el 1936, por el delito de ser republicano.

Maldita la hora de tu nacer, que te mereces la ley del ojo por ojo y diente por diente. Desde que saltó la noticia, uno está pasándolo desastrosamente mal, en el campo, bajo un sol abrasador, a la sombra de mis frutales o en la cueva de mi celda laica, sin crucifijos ni estampas, sólo los retratos de mis nietillos, que pienso en ellos y en sus tres bólidos y que ya estaba planeado que el próximo Olentzero les trajese otros coches de mayor velocidad y potencia, incluso hay uno en el mercado que anda con gasolina y alcanza los 500 k/h.

Maldita la hora de tu nacencia, que eres un salvaje, no pensar que el destinatario único de tu engendro sería un mocetillo y nunca una persona mayor. Donde quiera que te encuentres, hijo de Satanás, escucha esto: Si tal sangría le hubiera ocurrido a alguno de los míos, puedes tener la perfecta seguridad de que te buscaría hasta por debajo de las piedras. El resto de mi vida, los pocos años que me quedan de respiro, los habría empleado en buscarte por los confines del mundo, y te encontraría, estáte bien seguro, cobarde de mierda seca, ¡que eres un mierda seca y un cabrito!. Te miraría a los ojos, mierda seca, te pondría mi navaja cabritera en la yugular y créeme, tú también ibas a sentir las ansias de la muerte, al menos tendría el dolor, yo, de poder aplicarte la ley del Talión, mierda seca, que no tienes agallas de hombre, eres un muñeco de hombrico.

Maldita la hora de tus primeros llantos, que trajiste la muerte con tus primeros alientos. Debías haberte vuelto atrás, no quiero nacer ni vivir ni respirar, eso tenías que haber gritado con tus quejidos de aborto. Te has llevado por delante a la amatxi de Jokin, le has segado el cuello justo en la yugular, tal que un perro de tortura, que de perros dobermann uno sabe mucho. Al colocar tu engendro asesino, jamás pensaste en el mocetillo que podría morir segado por la trampa de tu coche, tal que los muchos del mismo cariz que voy regalando a mis nietos, el Olentzero, desde que vieran por vez primera la luz.

¡Dónde estás, que quiero encontrarte cara a cara, muñeco de mierda seca!. Y aún hay mentes enloquecidas y lenguas de perro que achacan el asesinato de Donostia y el juguete trampa a la kale borroka. Hay demasiados hijos de perra por esos mundos de Dios.Tú estás loco, ministro de mierda seca. Jokin ha perdido los ojos y quiero darle los míos. El día que yo deje de alentar, cuestión de un par de lustros, arranquen mis ojos de sus cuevas y llévenlos urgente a Donostia, que así constará en mi testamento. Serán para Jokin, ojos azul claro, grandes, penetrantes, miradores del alma, que se niegan a mirar torcido. Ojos de tierra plana, sólo quieren mirar al cielo añil de esta Ribera reseca, noble hasta la entraña del ser y el existir.

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