¡Qué decir, qué gritar ante tanta sangre inocente vertida en unos segundos!. Uno piensa en sus nietos, que podría haber sido cualquiera de los tres, y se rebela, me rebelo ante tanto sadismo. Quien puso la guadaña de la muerte en el juguete es un sádico, eres un hijo de mala entraña, tío. No te mereces el pan que comes. O sea, eres un salvaje, un cobarde, y te has ganado la ley del Talión, que nadie debe aplicar, pero te la has ganado y bien ganada. Te mereces dejarte sin ojos, vaciarte los cuévanos con una cuchara, tal que hacían en tiempos no muy lejanos en esta tierra nuestra tan castigada, maldecida, tal que hicieran con el alcalde de un pueblo ribero cuyo nombre y apellidos prefiero callar, aquí, en Nafarroa, allá por el 1936, por el delito de ser republicano.
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