Deia, 17 de junio de 2001

La herida fue muy profunda, tardará en curar y, aún así, la cicatriz quedará grabada en la piel de un pueblo sereno, donde el respeto, la tolerancia de unos con otros y la amable acogida al forastero es, de siempre, proverbial.

No. Logroño, ni nadie, no se merecía aquel cinglazo, aquel amanecer de su víspera de fiestas, un despertar pavoroso de fuego, estruendo y humo en el cogollo de la ciudad, un pueblo que se ha ganado a pulso a través de la historia caudales de generosidad, ejemplo de convivencia con los habitantes de las Comunidades limítrofes, un telar de lazos familiares y amistosos imposible de romper.

Y así no podemos continuar durante una eternidad, lo repetimos por enésima vez. El problema debe tratarse en toda su extensión y desde sus orígenes. No podemos caminar secándonos las lágrimas hoy unos y mañana los otros. ¡Basta de llantos, rencor y fuego!
No tenemos empacho en andar de intermediarios, mensajeros, embajadores de paz por las cancillerias y aquí nos estancamos sin vigor para dar un paso firme, resuelto, y lograr la pacificación definitiva. Hablamos de paz y no entramos de lleno en algo sustancial que exige mucho rigor y paciencia para dialogar: Y una sola vida humana de cualquier rincón del globo vale más que todas las soberbias del mundo.

El planeta está encharcado de mugre por todos los costados, el miedo y el terror se esconden, agazapados, en las costuras de la tierra, debajo de cada tormón rastrean odios, llagas y guerras que se exacerban día tras día, israelitas y palestinos, sin arreglo. Y así, en cadena siniestra de eslabones rotos, asesinatos, homicidios, persecuciones al alba en una prisión cualquiera de la nación más poderosa de la tierra, así seguimos, sin que nadie sea capaz de frenar ni dar solución a los turbios litigios que nos invaden, machacan, paralizan el soplo de vidad y nos dejan sin resuello. ¡Para cuándo el triunfo de la palabra!

Es hora de afrontar con hombría y altura de miras el conflicto para luego, echar una mano solidaria, a través de tantas organizaciones entregadas al bienestar del próximo por cualquier esquina del mundo, que esta población nuestra comparte nobles alientos de ayuda a la prosperidad ajena y combatir el hambre y miserias endémicas. No podemos quedarnos entorcados en la idea febril de que “esto no va conmigo”. Hoy por mí, mañana por tí, que la alegría va por barrios y la tristeza doliente juega al escondite por los zaguanes.

Intentar, querer resolverlo por la fuerza mutua es tarea harto difícil. Distraernos en elucubraciones baldías sobre cómo, dónde, cuándo y con quién tratar o no tratar en la senda que no lleva a ninguna parte. La ciudadanía exige soluciones urgentes, inteligentes, y aquí nadie atiende. Y hay que escuchar los quejidos de rabia contenida, lamentos y preguntas lacerantes la vispera de San Bernabé, aquí, en Logroño, donde uno y tantas gentes de la vecindad convivimos, trabajamos y nos solidarizamos, de veras, con los afectados.

Anuncios