Deia, 17 de junio de 2001

La herida fue muy profunda, tardará en curar y, aún así, la cicatriz quedará grabada en la piel de un pueblo sereno, donde el respeto, la tolerancia de unos con otros y la amable acogida al forastero es, de siempre, proverbial.

No. Logroño, ni nadie, no se merecía aquel cinglazo, aquel amanecer de su víspera de fiestas, un despertar pavoroso de fuego, estruendo y humo en el cogollo de la ciudad, un pueblo que se ha ganado a pulso a través de la historia caudales de generosidad, ejemplo de convivencia con los habitantes de las Comunidades limítrofes, un telar de lazos familiares y amistosos imposible de romper.
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