Deia, 26 de octubre de 2000

Te permites la osadía de insinuar que sería mejor reducir la tinta de aquellos zapatos viejos, 80 páginas, una colección de esquelas, cada artículo o titular era una esquela, demasiada tinta, demasiado gasto inútil en tinta. Había que estilizar el cuerpo. Y la sorpresa llega con el aniversario del Estatuto, otro ancianito con achaques incurables. Todo se hace viejo en cuatro lunas, que el tiempo corre a velocidad de vértigo. Me lo preguntaba, en el Nafarroa Oinez’2000, el nieto mayor, con sus ocho añitos, el euskera metido dentro para el resto de su existir: “¡por qué se pasan tan rápido las horas, aitatxi!”. Un hablante más reconquistado a la sinrazón y la canalla que un día aciago quiso arrancar de raíz todo vestigio de identidad. Miles de vástagos recuperados a la lengua antigua de este Viejo Reyno que despedazan a cachos tirios y troyanos, mientras los nativos no logramos, ¡baldragas!, liberarnos de tanta vejación.

La dirección, con sentido moderno, ha estirado las arrugas de la cara, el otoño, la estación del cambio de piel. Mi felicitación no lo merece, aquí sobran premios y alabanzas. En esta sociedad mendicante, los premios y adulaciones os abotargan el estómago y enzikiñan la mente. Desde que Jean Paul Sartre rechazó el Premio Nobel de Literatura y manda al carajo a toda esa fauna, uno dejó de creer en esas zarandajas. Desde que Rulfo nos envía la mejor novela del siglo XX y se niega a escribir, por qué buscar laureles literarios, si ningún clásico recibió premio alguno por sus grandes obras. Y el mejicano universal nos gritó que iros a la mierda, me planto, no escribo una letra más, me dais asco, y se murió de ostracismo y amargura. Luego, cuando nadie se acordaba de él, alguien nos muestra que es el mejor, que todos hemos mamado su realismo mágico. Y que nadie mantenga lo contrario, desde el primero hasta el último mono de esta selva. ¡Qué ocurre con Rimbaud y su intrincada poesía, que muy pocos logran desentrañar!. También él, a partir de los 20 años, se negó a escribir ni un solo verso.

Dicen que los “negros” han copiado páginas enteras y las han incluido en la novela “Sabor a hiel”, de Ana Rosa Quintana. Se rasgan las vestiduras y se refugian en su puerca miseria. ¡Quién no copia a quién!. Metáforas, imágenes, ritmo, léxico desenterrado tras muchas horas de reflexión y descripciones, cogidas del manantial por ruas y plazuelas de nuestros pueblos, las vemos trasladadas a novela ajena. ¡Sí, sí, demasiado centón anda suelto!. Y no queda más remedio que aguantarse, ¡no hay pruebas!.

En cualquier caso, “el destino va colocando a cada cual en su sitio”, le dije hace un año no más al director de otro diario con motivo de su nombramiento. Y, al observar el actual diseño de DEIA, uno se siente como chiquillo con zapatos nuevos. Mira y remira sus páginas, maquetación, tipos de letra, titulares, y se pregunta dónde colocará el jefe mis pies, zafios, torpones. Hasta que te habitúas, los zapatos se doman y el lector encuentra su página preferida. Hace dos meses se nos fue Toñín, o sea, Antonio Ballesteros, mi zapatero y kioskero, un hombre justo, cabal y bueno, quien seguro que nos lee desde el más allá.

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