No, así, no, que estamos matando la gallina de los huevos de oro. Dicen las crónicas que, en “San Fermín”, Iruñea se siembra de siete a ocho mil millones de ganancias. Y lo de menos son tales cantidades exorbitantes. Los nativos llevamos metido en la sangre desde el “txupinazo” hasta el “Pobre de mí”. Cada cual vive la fiesta a su aire y desde los ángulos que la edad ordena y manda.

El debate está abierto desde lejos sobre si Ernesto nos hizo un favor o si no hubiera sido mejor dejarnos en paz con los “sanfermines” de antaño, nuestras costumbres, ritos y liturgias. Si él no hubiera escrito “Fiesta”, todos nos preguntamos cómo serían al día de hoy. En cualquier caso, ya está hecho, no tiene vuelta de hoja y es algo sobre lo que no merece la pena devanarse los sesos.

Mas está claro que así no podemos continuar. La fiesta nunca se vendrá abajo, pero hay que corregir un montón de detalles, quitar y poner. A uno le quema la sangre al verse en la obligación, por decoro y honradez, de hacer de abogado del diablo. No todo es bueno en “San Fermín”, desde el principio. Hay que atajar la suciedad del “txupinazo”. Ya se ha empezado tímidamente a encontrar remedio, pero hay que poner toda la carne en el asador: Ni harina ni huevos ni champán en esas cantidades, ¡una guarrería!. Los alguaciles se esforzaron en “quitar” a los chavales la “munición”, pero fue inútil: Se subían al camión de la basura y volvían a coger las cajas de huevos. La tensión del momento, acumulada durante la hora precedente, se te viene abajo con el puerco espectáculo. Poco después, se me enfadan los municipales al descuidarme en echar agua a la mocina desde los balcones al pasar ellos abriendo hueco a la “Pamplonesa”. Y más se me enfada el coordinador del personal y hasta sube al piso, con su enfado a cuestas, porque mi nieto “me ha puesto como un Cristo”, palabras textuales. Y todos nos enfadamos por quejarse a causa del agua para los mozos, que gritan “no seas rata, que el agua está barata”. Los vecinos, en cambio, aguantamos el “atacar” las fachadas con huevos y dejarlas hechas un asco. Al fin, vino a mandamiento y todo se quedó en un “que estamos en San Fermín”.

Meter en vereda a la juventud, hay que lograrlo, y hacerle comprender, seis meses antes, que eso de la harina y los huevos está muy mal. Y no digamos nada del champán, chorros y chorros de champán. ¡Que no!. Antes nadie bebía alcohol a esa hora descompasada. Consecuencia: Un chaval de 15 años entra en coma por esa idiotez. Para divertirse en el “txupinazo”, no hace falta beber alcohol. Y el momento crítico de la alzada del pañuelo es indescriptible, me siento incapaz de describirlo, y no tenemos derecho a malearlo. Para disfrutar de la fiesta no hace falta beber sin medida ni control.

Los servicios de limpieza no dan abasto. Nuestra más efusiva felicitación a esos incansables trabajadores que se afanan hora tras hora en mantener limpia la ciudad. “Que nosotros no regamos, nosotros limpiamos”, le aclara a un forastero “alumbrado”, justo después del encierro, cuando éste le dice al chófer del camión, en la plaza del Ayuntamiento: “No riegues, que paso yo”. El chófer y yo nos miramos, nos sonreímos y le ofrezco churros de mi cucurucho, que acepta sin rechistar.

Cernadero, ésa es la palabra y así, insisto, no podemos continuar. El Casco Viejo huele a cenaco, un olor pegajoso, mezcolanza de cerveza, vino, champán, sudor y orines. Ya sabemos que nadie puede prohibir eso de orinar, “¡átate la próstata!”, le grita un ribero a otro a media mañana en los urinarios del Sarasate. Pero quizá habría sido mejor que nadie hubiera conocido que en una ciudad del mundo, única, capital de un Viejo Reyno escondido entre montañas, se celebran unas fiestas, las mejores del mundo entero, según reza el precioso vals de Astrain.

Y la procesión, el día 7, transcurre lenta sobre los adoquines, ahora limpios como chorros de oro, y los maceros, ataviados con sus atuendos, pergaminos de la historia, acompañan a los altos dignatarios y la comitiva se detiene un momento en el “pocico de San Cernin” para la ofrenda floral a San Fermín de parte de los organizadores del “Struendo”, bonito detalle.

Los nietillos me llevan cada mañana al “pasacalles” con los gigantes y kilikis y luego, a las barracas, donde me paso horas muertas montándolos en los “caballitos” e intentar ganar algún juguete en el “tiropichón” y los “dardos”, lo que me pidan, que nuestra vida se queda ahí, prolongada en ellos, ¡lo que nos pidan!. Luego, caemos por la tómbola, que no debemos faltar. Y, por la tarde, una vuelta por las “txosnas” para ayudar a seguir reivindicando la utopía. Y a la noche, a contemplar, sentados en el borde de la muralla, los fuegos artificiales, un éxito rotundo.

Libertad y libertinaje, que no sé quién metió esta idea de que Iruñea es, durante los “sanfermines”, ciudad sin ley, la ciudad del todo vale. ¡Pues, no!. Libertad plena, de acuerdo, pero nunca algunas escenas puercas, de represión e intolerancia, y no me refiero precisamente a la cuestión sexual. Un pobre hombre está, de rodillas, pidiendo limosna arriba de “Txapitela” y cada mañana le echo al cestaño parte de mi dinero. Y el día 10, a media tarde, se le acerca un tipo extraño, pelo al cero, gorra, gafas negras y botas altas de cuero, le dice algo al oído, el indigente me mira suplicante, se levanta y se va. El tipo extraño, sin indumentaria sanferminera, sigue calle abajo y, al pasar a mi lado, no puedo resistir la tentación, le pregunto qué pasa y me dice entre dientes, con aires de mandón, aires de “secreta”, “que esta ciudad no es para eso”, y la sorpresa no me dejó reaccionar. ¡Quién es él para imponer su ley en mi casa y en ”San Fermín”!. Y es que a cierta gente se les ha dado demasiadas alas. No le seguí los pasos, que yo no soy ningún “txakurra”.

Mano de hierro con los cacos, eso. De ese vendaval sí hay que preocuparse y no de Senideak ni Gestoras, que ya sabemos andar por la vida. Que la ciudadanía no necesite andar advirtiendo al forastero que “llevas la cartera en el bolsillo de atrás y guárdala mejor”. Y el extranjero, alto y rubio, me responde gracias y me da un beso en la calva, junto a un cajero, donde una pareja se arrulla a mediodía y se adormece, tiesos, entre caricias de sueño y alcohol. Los manguis hay que arrancarlos de raíz, hasta la extenuación, tal que este año, y no amargar la fiesta a quienes la llevamos en los regajillos de la sangre.

         El “encierro” se ha masificado hasta la cuneta de la imaginación. Jamás hubiéramos sospechado que iba a llegar día en el que se apiñara tal multitud, muchedumbre, enjambre de mozos y mozas durante el recorrido. Mucho se ha dicho sobre cómo poner remedio a este gravísimo problema y nadie encuentra respuesta, tampoco yo. Lo piensas una y otra vez y no, que cómo atajar el peligro añadido. El día que un “cebada gago” se quede suelto, y no precisamente con suelo mojado, que ahí el peligro es menor, debido a que el bicho se resbala al revolverse, ése será el día de las lamentaciones. Más fuerte aún: Que con los morlacos de esa divisa se forme montón en el callejón. Habrá una carnicería, ¡al tiempo!. Los mozos de Iruñea ya empiezan a comentar esta posibilidad, con esa divisa u otro cualquiera de los hierros. A partir de esa fecha maldita, habrá que ir pensando en ensanchar la puerta de entrada a la plaza o algo parecido.

La Meca, por otro lado, debe regular el asunto de las entradas. La Policía amaga para poner remedio a la reventa, pero se queda en los hilvanes. Después de pasarme dos mañanas, de 8 a 1, en la cola para poder asistir a la de “rejones”, es decir, el genial Pablito y su “Cagancho”, a quien sólo le falta el habla, igual que a “Chicuelo”, se me informa que tienen orden de que cojamos entrada también para la novillada del día 5. Y contesto que no, que la novillada no me interesa, pero se me replica, muy amables los taquilleros, por cierto, que vuelva a la mañana siguiente a las 10 y tendré mi localidad. Y así fue, y nunca agradeceré bastante al taquillero, Pablo de nombre, quien, sin conocerme, me atiende con mil amores.

Y la lluvia, a jarros, llega el lunes de 8 y cuarto a 2, que la empleamos en almorzar en la peña y el nieto mayor la goza, socio de “La Única” desde el día primero de su existencia y sale feliz, con su faja y pañuelo verdes y camisa azul, hecho una joya, “el futuro de la fiesta” titula el “Noticias” la portada del cuadernillo sanferminero bajo una instantánea donde aparece él con el tambor y sus amiguitos con la pancarta infantil. Que la vida sigue y nadie podrá detenerla, ni tan siquiera el iluminado gobernador de esta ínsula barataria. Por la tarde del día 11 recojo mis bártulos y empiezo a decir adiós y hasta el año que viene, ¡ya falta menos!, que no podré estar en el “Struendo”, el buen amigo Xabier Etxarte de capitán, ni en el “¡Pobre de mí!”, y lo siento. No podré alumbrar la plaza con mi candela, una entre miles de miles, en mi palmatoria de papel de estraza y en mis balcones de “Mercaderes”, cogollo de la ciudad, desde donde poder gritar que así, no, así no podemos continuar. Y nunca mejor que ahora piensas en el grito de rebeldía de Unamuno “¡la imaginación, al Poder!”.

¡La imaginación, a la fiesta!, antes de que el candil se consuma de mugre y barro. Que no quiero nunca más hacer de abogado del diablo, ¡never more!, rememorando a Allan Poe en su maravilloso poema “El cuervo”. Never more, never more, que yo también sé un poquitín de inglés, un poquitín, y no tanto como los locutores de las TV españolas, los cuales están sembrando a lo idiota el castellano de anglicismos. Y, en medio de la resaca, la mocina echa en falta el “Riau, riau”, señora Barcina, alcaldesa de esta honorable ciudad de ley. Agur, ¡ya falta menos!.

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