Fue en un amanecer de reciente primavera. Los andares por el campo no se torcían, todo andaba derecho, a pie firme, es un decir, que resulta hermoso andar sin agobios por los caminos, el día entero para regodearse tanto como la bandada de tordos a la espera de romper las flores y que envere la aceituna. Este año, no. Una mala corriente de aire fresco, la madrugada del último mayo, quemó la flor de los olivos y nadie sabe por qué. El mejor campesino, de oficio metido en las entrañas, conocedor de las agujas del tiempo y certero en los pronósticos, nos asegura que no sabe por qué. Una guadaña de sol y frescor segó la cosecha y desparramó por las cunetas las ilusiones cocinadas durante años.

“Antes de irme a San Fermín les eché dos manos de lejía para matar la negrilla y por eso será”. Y me replican a dúo que no, que ni lejía ni cenicilla. “Será por la ceniza”. “¡Que no, no te engueres!. Casi no echaron flor y, para colmo de males, no lió, y ni ceniza ni cenicero”. Un desbarajuste de cosecha, una rama viene tifa y en el resto del árbol no hay ni muestra, ¡caprichos de la atmósfera!, que nadie consigue explicar los resoplidos del aire en este pueblo dejado de la mano de Dios. Se atisba un cosechón, pero algo misterioso surge de repente, se cascan las hebras del astro y alguien, un duende frívolo, trincha la esperanza. El bochorno, cruel, se ceba con la viña, lacia y reseca, que no podemos regar, no hay agua ni cuajarones de tormenta en el horizonte y el campo está mustio, sábanas de estropajo. Esta tarde, 2 de agosto, parece que sí, por el Ioar y el Toloño, del lado de Biasteri, asoman el morro algunas nubes, traerán agua al caer el sol a no más tardar, se palpa la humedad en la piel. Y, al atardecer, el cierzo sale de su escondrijo, baja enloquecido y frío por el puerto de Bernedo y se acabó, barre el agua hacia el Ebro y salta sin respetos la muga cercana. ¡Al menos, una tormenta sin pedrisco!.

Un santón extranjero, con báculo de oro y mitra de seda, nos condenó, ¡a golpe de bula falsa!, a morirnos de sed por estos andurriales de grama y esparto. No podemos quemar rastrojos ni los matorrales que arrancamos en la limpia de los regajos, que ya no corre el agua, como antaño, ¡el mejor regadío de toda Navarra!. Es peligroso, muy peligroso, hacer fuego en el campo. Sólo al final del invierno podemos permitirnos quemar las oliveñas de la poda, gavillas y gavillas de oliveñas. Y por Jueves Santo les prendo fuego, que tanta leña menuda dentro del olivar atosiga. Las gafas especiales, que un hábil artesano vizcaíno con mucho tino ideó, me protegen los ojos de las puntilladas de las hojas, que a más de un podador lo dejaron tuerto, auténticos alfileres, y yo arrastro tres cicatrices bajo los párpados desde hace lustros. Y prendo el chisquero al hilo del cierzo y la hoguera chisporrotea. Al rato, me acerco para alimentar la fogata y en ese preciso instante, de pronto, el viento se torna castellano, le da por soplar del Sur, desde más allá del Ebro mugante, y me achocarra el pelo de los brazos, la cabeza, las cejas y la barba. Sólo las pestañas, merced a las gafas que fabricó el artesano, se libran del tropiezo. Y la carne huele a chamusquina. Todo, aquí, huele a chamusquina, enredos retorcidos que no cuadran, ni a ti ni a mí nos cuadran ciertos mensajes subliminales. Un duende foráneo, ¡el Merlín inglés!, juega a la ruleta rusa con la veleta de nuestra espadaña de Aralar, ¡Aralar!, y un nuevo Teodosio de Goñi, con mano de hierro y pulso de forjador, tendrá que remediar estas ráfagas repentinas del viento. Que estamos condenados a morirnos de sed, sueños y armonías truncadas. Así somos de listos, mucho humo y poca leña gorda.

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