También era verano, pero no se tomó vacaciones ni se fue de picos pardos a despilfarrar los dineros por esos andurriales de las carreteras. El lunes, 14 de septiembre de 1812, Napoleón se encuentra en Dorogomilov, a las afueras de Moscú. Llegó por la noche y hacía mucho frío. Se pone rabioso al recibir los partes de guerra del mariscal Duroc, los cuales le cercioran de que la ciudad está vacía y comienza el gran incendio en el bazar. El emperador no puede contener sus dudas y se pregunta. “¡Pero cómo negociar la paz si aquí no hay nadie para escucharme y responderme!”. A las 4 de la madrugada del miércoles, día 16, la capital “es un océano de fuego”, comenta al contemplar el horrendo espectáculo.

Esto ocurría en plena campaña de Rusia. Allí se expandió la grandeza de Francia, de cuyas rentas viven hoy los franceses, y la fosa de su gloria imperial. La nieve y las bajas temperaturas destruyeron su enorme ejército de 600 mil soldados. El gobernador Rostopchine da la orden de prender fuego desde el cogollo de la ciudad. Napoleón rabia, no puede llevarlo en paciencia. Se siente herido, apenas duerme, no puede conseguir su sueño de pactar con el zar Alejandro Iº y dominar la inmensa nación. Algo semejante le ocurre, siglo y medio después, a Hitler y en el mismo terreno, donde la “División Azul” se dejó tantos muertos en el frente de Stalingrado, algunos de mi propia ciudad.

A sus 43 años y el amor de María Luisa en la lejana París, a quien le escribía cada atardecer, cayó herido en su soberbia. Vuelve tocado de ala y ahí comenzó el camino de Santa Helena y la isla de Elba. Muere de cáncer, que ya la próstata le juega malas pasadas en el frente de Moscú y así se queja a Mestivier, su médico de campaña: “Apenas orino gota a gota y me duele”.

Aquí tampoco hay nadie que quiera escuchar la voz de la sociedad vasca, esa voz que clama en el desierto. Aquí nadie quiere responder a las demandas urgentes, nadie está, nadie es, nadie se siente punto de arranque, nadie escucha proclamas ni mensajes, se deshacen los acuerdos, se rompen amarras. Nadie, ni en Madrid ni en París, está para escuchar ni responder, en una mesa de negociación, diálogo y serenidad política. Martingalas, que todo lo reducís a palabras y gestos hueros, comer micro. Mientras tanto, Moscú arde por los cuatro costados y se entierran para siempre las ansias imperiales napoleónicas. Aquí todo es mudez, la mudez del silencio, el vacío y la bancarrota, el “no sabe, no contesta”.

Ya el martes, 18 de agosto, el emperador-soldado entra en Smolensk y el domingo siguiente se pregunta a sí mismo, solo en su soledad: “¿Puedo conseguir la paz?. ¡Quién la quiere!”. Se refiere a Junot y el resto de sus mariscales. Y aquí, en nuestra atormentada Euskal Herria, ¡quién quiere aquí la paz!. Desde el Lehendakari Ibarretxe, también solo en su soledad, hasta el último plumífero estamos hartos de repetir que “la guerra es un asunto de opinión política”, le recuerda varias veces a Oudinot, uno de sus más grandes militares y a quien le espantaba el espacio abierto de la sabana rusa.

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