(Sobre “La Clarté” y Le Corbusier)

            A propósito del “Triángulo de Villereuse” y su traducción, publicado en el nº 51 de esta revista, hay que admitir que los duendes existen, eso que en religión llaman “angel custodio”, celestial o diabólico. No es extraño que los supersticiosos creamos en ellos a ciegas, a pesar de Napoleón en la campaña de Rusia: “Je suis un homme de raison”. En este mundo del escribir, nadie sabe por qué, pero el duende se carcajea de nosotros, vocablo imposible de traducir a ningún idioma foráneo. Los franceses lo resuelven con “esprit”, los ingleses se valen del “flair” o el “ghost”, fantasma, y el alemán, con el “geist”.            Tener duende bondadoso es lo que uno deseó siempre, pero no llegas, hay que poseer una savia especial, nacer, pertenecer a una raza, ¡los gitanos tienen duende!. Envidio el embrujo gitano, la gracia, el duende de un torero, un “bailaor” o “cantaor”. ¡Camarón tenía duende!.

Y si el duende trae maleficio, si es maligno, corretea por las mesas de redacción, que ya no duende, sino “ghost”, el Merlín inglés, el cual nos echa por tierra el prestigio con sus encantamientos. Un día aciago, las prisas del “picar” hacen que aparezca, en uno de mis recientes artículos para la prensa diaria, “Quia nominator leo”, en vez del correcto “Quia nominor leo”, porque me llamo león, y cambio “nominor” por el sustantivo “nominator”.

¡Por qué ocurren estos “gazapos”!. El duendecillo trenza las teclas por los entresijos de ordenadores y máquinas de escribir. Nos obsesionamos con la idea, el recadito que queremos enviar a la opinión pública lo perseguimos para exponerlo con decencia, ¡y metemos la pezuña!.

Aquí, en “El hall”, el error ha sido garrafal. Sobre “Le triangle de Villereuse” y el edificio “La Clarté”, de Le Corbusier, trabajo que me propone Pedro Moral y acepto gustoso, “Merlín” enreda la madeja y me obliga a traducir “Genève” por “Génova” una y otra vez. El “Diablo Cojuelo”, de Vélez de Guevara, revolotea día y noche sobre los tejados de nuestras mentes y nos hace cometer disparates. Pues, bien: “Genève” es Ginebra, y perdonen ustedes que lo tradujera por “Génova”, la cual es “Gênes” en francés, con circunflejo incluido. ¡Ginebra, la ciudad del genial arquitecto, de Rousseau, Calvino y el navarro, dicen, Miguel Servet!.

¡Por qué ocurren estos desvaríos en el cerebro!. En el mundillo de las letras, un fallo de esta índole no tiene mayor transcendencia. Pero da pavor pensar que esto pudiera ocurrir en una profesión como la de arquitecto y que uno tanto valora debido a su enorme dificultad y responsabilidad. El autor de la bellísima fachada del edificio situado en la “Grande Place”, de Bruxelas, se suicida porque le salió inclinada. Que ustedes estén sometidos al yugo del duende maligno que nos rodea, nos domina, rompe y rasga las ataduras del pensamiento y, de pronto, les haga trazar torcidas unas rayas que estragan todo un proyecto arquitectónico, eso hace temblar. Por tal razón, los profanos jamás apreciaremos en su justa medida lo delicado de ese oficio. La gente ignora que no somos dueños de nuestros recursos mentales y andamos por la vida a tentón. Querámoslo o no, el duende, benéfico o maligno, dirige nuestros actos a su merced y capricho, que nadie lo dude. Pero, si alguien yerra en el andamiaje, la culpa siempre al arquitecto. ¡Y no es honesto ni justo!. Y Le Corbusier, artesano de abanicos de ideas, también tenía duende, prodigioso, pero duende, al fin y a la postre.

Anuncios