Los duendes existen, que nadie lo dude. No es de extrañar que los supersticiosos creamos en ellos a ciegas. Algún torero tiene duende y mira al toro y le echa el mal de ojo. Si el toro me mira torcido, arrojo los trastos junto al burladero y me niego a torearlo. Si me cae bien, se produce la gran compenetración, empatía bestial, la faena se enciende y ya está, por la puerta del Príncipe, con cuatro orejas y dos rabos. Rafael el “Gallo” no puede, en cierta ocasión, matar al morlaco, y el peón le pregunta: “¡Dónde se lo pongo, maestro!”, y el “Gallo” le contesta, harto de la mala suerte: “¡En el desolladero!”.

En este mundo del escribir, nadie sabe por qué, pero el duende se ríe de nosotros, vocablo imposible de traducir a ningún idioma. Los franceses lo resuelven con un “esprit”, los ingleses se valen del precioso “flair” o el vulgar “ghost” y el alemán, con el “Geist”.

Tener duende es lo que uno ha deseado  toda su vida, pero no llegas, hay que poseer una savia especial, hay que nacer, pertenecer a una raza, ¡sólo los gitanos tienen duende!, que los demás no les llegamos ni a la suela de los zapatos. Envidio el embrujo gitano, la gracia, el duende de un torero, un “bailaor””o “cantaor””. ¡Camarón tenía duende!.

Y, si es para mal, el sentido varía hacia lo peor. El duende se malea, lo maleamos, un duendecillo corretea por las mesas de redacción, que ya no duende, sino “ghost”, el Merlín inglés, el cual nos echa por tierra el prestigio con sus encantamientos.

Un mal día, las prisas del “picar” hacen que aparezca “charreteras y cuello de almidón”, que en el original decía, “chorreras y cuello de almidón”. Y en “Leo”, de la semana pasada, se me escurre un fallo garrafal, ¡que no hay remedio!. Escribo con toda mi alma “quia nominator leo”, en vez del correcto “Quia nominor leo”, porque me llamo león, y cambio “nominor” por el sustantivo “nominator”.

¡Por qué ocurren estos tropiezos!. El duendecillo se carcajea de todos nosotros, no para de enredar en los entresijos de ordenadores y máquinas de escribir. Nos obsesionamos con la idea, el recadito que queremos enviar lo perseguimos para exponerlo con decencia y metemos la pezuña. Y transcurren los días a esperar que llegue la fecha de asomarnos a la ventana y explicar a los lectores que sí, que es “nominor” y no “nominator”.

Creo que alguien me corregirá en “Cartas” el entuerto. De lo contrario, sentiré una desilusión. De no ser que nadie te lea, y entonces es peor. Escribir para el olvido es catastrófico. En el fondo, tiene dos vertientes: Satisfacción personal por la página bien elaborada y mensaje para el público, quien, si se niega a recibirlo, no es asunto nuestro. Y es que aquí sólo leemos fútbol, ya dije, el pan nuestro de cada día, escandaloso, bochornoso. Nadie leerá, tampoco, la gran noticia: Ibarretxe fue a la Moncloa a sacarle la espina al león de Androkles, del que hablé. Pero no se la arrancará ni el león se dejará curar, que por los salones de ese palacete corretea el duendecillo del “Diablo Cojuelo”, de Vélez de Guevara, siempre vivo en la mente española. Y así seguiremos “in eternum”, por los siglos de los siglos, amén. Y es que, como ha escrito un alumno en el examen de “Selectividad” de este curso, “Santo Tomás dice que la razón y la fe son distintas y por eso nació el Estado de las Autonomías”. ¡Aurrera!.

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