Lúcidas charlas acerca de jugosos asuntos nos unieron sin esperar nada uno del otro, sólo intercambiar pareceres distantes, tu hombría de bien antes que la idea. “Que las ideas son papel mojado si no se hace algo por el pueblo, mi pueblo, lo único que importa”, me repetías machacón, “que todo es un engaño”. Hace un mes no más me contaste una de tus batallas antiguas: Y ya le dije al “diputao”: “Ya vendrás a pedirnos el voto a los de Aras, que allá te esperamos”.

Escueto en palabras, casta de labrador sin morcueros, nada de pergaminos del saber, de los cuales te reías, “¡para qué sirven, si no hay seriedad!”, me aclarabas. Exhibías, sin alardes, el diploma reluciente que ensalza a la persona: La honradez, lealtad por encima de cualquier lejanía del pensamiento.

Ahí reside el brillo del don, el señor, que nunca hiciste a nadie de menos. La caricia me ronda al decirme que te leo, estoy suscrito al “Noticias” desde el principio, recibo el periódico en casa y me gusta lo que pones, pero no seas tan duro, que a veces te pasas con el Gobierno, genio y figura hasta la sepultura. Y me insistes: Di las cosas a la cara, mete palabras fáciles, ¡que las entienda yo!, y suaviza las formas, que igual es mejor, no te engueres: Al fin y a la postre, esos listos no tienen más remedio que llamar a nuestros picaportes.

La noticia me troncha. El viernes te noté mal color, te pregunté qué tal vas y me respondes que aguantando los achaques, de los que nos hacíamos mutua confidencia. Y me preguntas que a dónde voy y te digo que a Iruñea, a pasar el fin de semana con los nietillos. Y al volver, el domingo al atardecer, restalla la caja de las sorpresas y sólo me resta el decirte en silencio Agur, las campanas tañen roncas y la comarca entera te dijo adiós, que jamás un hombre sin títulos de grandeza convocó tal gentío, que se apiña y te acuna, racimos de cerezas, por callejuelas y paredones de tu pueblo. Que estabas en el campo, me cuentan, cogiendo cerezas y se te reventó el corazón y te deja, de bruces en la flor, seco para siempre. Ya no leerás nunca más tu periódico ni podrás criticarme, y lo siento en el alma. Agur, bihotz bihotzez, “que si una rama se desgaja, el árbol sangra”, me advertías, y yo te doy fe.

Nota del autor: Un “morcuero” es un corro de piedra en medio de la finca. Él los quitó todos poco a poco con la pala.

Anuncios