Que nadie se equivoque, no se trata del signo zodiacal, el mío, “Leo” por los cuatro costados. Dicen que somos un fardo de virtudes y algún que otro defecto, soberbios, dominantes. Nada se nos pone por delante, hemos nacido para ganar, ganar siempre, sin admitir la derrota. Y por eso estoy aquí, colaborando en esta página, y a mucha honra, y a quien no le guste que le ponga cintas, ¡que los hay!. Si perdemos, a buscar las causas, hurgar en los entresijos de la piel, hasta encontrar la razón de por qué salió mal la jugada.

Una idea está clara: En el juego y en la mesa es donde se conoce a las personas, el carácter y la forma de ser de uno, que te delatan, la baraja te delata. Gran jugador de cartas, si pierdo se me avinagra la sonrisa, el de la eterna sonrisa, que así me retrató mi profesora de Griego en el Instituto. No puedo soportarlo, aunque pierda una simple consumición.

“Quia nominator leo”, eso. Porque me llaman león, aquí mando yo y el resto, a callar, se hace por huevos lo que yo ordene. ¡Qué bonito es el latín y qué exactitud para expresar ideas!. Le basta un “nominator” deponente y ya está, que me tienen por león, me llaman león. Y, como tal, hago y deshago bienes y haciendas, rompo tratos, pactos, meto “topos” en la Organización, ¡me cargo Lizarra-Garazi!, consigo que rompan, ¡torpes!, acuerdos municipales con EH, hago trizas la palabra de honor, ¡que se pudran los prisioneros políticos!, ¡calumniar, desgarrar líderes!, ¡PNV y EA colaboran con los asesinos!, ¡que se hunda el Gobierno Ibarretxe!. Trazo rayas nuevas, que el país no me gusta, me molestan, no me dejan gobernar a mi aire. España es mi España y aquí mando yo y mis gloriosos ejércitos imperiales. Ni vascos ni catalanes ni gallegos, ¡todos españoles y a comer en la misma gamella!.

Pues, no, que ni eres “Leo” ni sabes latín. Sin embargo, te portas como quienes te llaman león, aunque tu nombre sea Aznar o Adolfo Hitler. Nuestros sueños son tus pesadillas, hazlos realidad. Que, si un león cae herido, raro será que se cure.

Un león andaba perdido por la selva, con una espina clavada en la mano derecha y condenado a morir de hambre. Y apareció un chiquillo, Androkles de nombre, el cual, por niño, no tiene miedo a las fieras y se le acerca y le arranca la espina, le limpia la herida, el animal se lame la llaga y se curó para siempre. Androkles creció, se hace hombre, acaba en esclavo, gladiador, y lo condenan a luchar en el circo. Sale el león de turno, reconoce al mocete de antaño y se tumba a su lado, lo abraza con ternura felina y no lo despedazó. Androkles no sale de su asombro, lo recuerda, se juega con él y la jauría humana ruge, no comprende qué ocurre con ese bicho, uno de los más fieros y ahora todo mansedumbre.

“Quia nominator leo”, aquí se hará lo que a mí me dé la real gana. Hasta que pinches, amigo, y entonces tendrá que surgir otro Androkles euskaldun que te saque la espina para poder seguir existiendo. Tienes una espina clavada en la mano derecha y no hay quien te la arranque. España tiene clavada la espina de Euskal Herria, dicen, y nadie se la quiere arrancar. Tendrá que tumbarse al lado de Androkles niño y entrar unos y otros en razón ya. Sólo entonces habrá paz. De lo contrario, esto seguirá siendo un circo, con gladiadores y leones.

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