Emiliano Elcinto Narkué era el amigo bueno, nombre de héroe mejicano, huérfano de padre desde los 10 añitos, o sea, el descalabro. La señora Catele, su madre, no puede con él, siempre de montiña en el frontón. El maestro, mi padre, tampoco hacía carrera con “Futxe”, hijo solo, que un día aciago las campanas tañen a mortichuelo y es que su hermanita se murió del moquillo, o sea, tosferina, difteria en denominación de origen. La austeridad paterna no me permitía escaparme con Emiliano a cazar gorriones por los hortales, a media legua del torreón, frutales en cada tablar y linderos de la huerta. No podía.

“Futxe” era mi sombra, me tenía un apego especial, cumplía mis órdenes a rajatabla y, con él, la cuadrilla entera. Era la sombra de mi pensamiento, de correrías por los pueblos de la Berrueza, en la falda del Ioar. Allí donde caíamos hacíamos raya, ¡fechorías y gamberradas a cuál mayor!. Éramos el tormento de la comarca, “¡que han llegado los de Biana!”. Y yo no quiero morirme hasta recrear en libro gordo a todos los “Futxe” que sembraron la historia de leyendas. Él me enseñó a jugar a las cartas y la pelota, tirar las chapas y los bolos con revueltilla, artista él en lanzar la maza y hacer pares o nones según le apetece. Él me enseñó a ganar siempre.

A sus 16 años, la madre se agota, “no puedo más con este hijo”. Y le hace sentar plaza en el cuartel de Artillería, de Logroño. Y hasta llegó a cornetilla de la banda. Yo le dije que no, “no sientes plaza, “Futxe”, que te libras por hijo de viuda, no vayas a limpiarle las cananas al teniente, ya iremos por la quinta”. Pero no me hizo caso, la única vez que se me negó a obedecer. Vuelve licenciado y una noche andamos de juerga y bodega. Noche de julio, de un verano bochornoso, calor pegajosa, que uno se resiste a acostarse.

Esa noche decidimos que no, sin dormir hasta el alba. Y, de repente, “Futxe” dice: “esperádime, que voy a mear”. Se arrima a una puerta regia y empieza la labor. Nos pregunta que si no meamos, que tenemos que seguir la juerga hasta el amanecer.

Tanta calor obliga al vecindario a no dormir y salen al balcón a refrescarse, que caigan las horas hasta llegar el rocío. En medio de la meada, ruge la voz de mando del que fuera por aquel entonces teniente-alcalde de la Muy Noble, Muy Ilustre y Muy Leal ciudad de Biana, Félix Arriaga de nombre, concejal de los de “Falange”. Al ver a “Futxe” vaciando la vejiga, le grita: “Emiliano, como baje te la corto”. El amigo hondo ya se murió en plena juventud, abrasado en una buhardilla de París, puñaladas de la emigración. Se fue a trabajar en la “Citroën”, ahorrar unas chauchas y saldar las deudas e hipotecas de la pobre Catele, con su mesa de pata de cola, que jamás vendió al anticuario, a pesar de la penuria. Emiliano mira al balcón del segundo piso y le pregunta a boca llena al concejal de “Falange”: “¡Es que tienes vidrios en el culo o qué!”. “Futxe” sabe hablar con finura a la Autoridad, ¡quién lo duda!, que no dijo “cristales”, dijo “vidrios”.

Pues, eso, señor Hueso, diputado del PP. En plena sesión de Parlamento, usted mandó al lehendakari Ibarretxe a “tomar por el culo”, ¡indecencia coronada!. Y el lector jamás olvidará la historia del amigo bueno, “Futxe” de mote, cuyo último carnet de identidad guardo con enorme cariño, ciudadano libre de esta ciudad donde uno orina en plena calle Mayor si le da la realísima gana, que no hay retretes públicos. ¡Y en Iruñea los cierran los sábados y domingos!.

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