Deia, 5 de mayo de 2000

Son la sombra del pensamiento españolero. Y me recuerda el desfile de “la caverna”, de Platón. Pero ya vale de fardar de erudición, filosofías ni mitologías, que no está el horno para bollos. Hay que ir al grano, a ver si enfilamos la calle a derecho, sin torcer la esquina, no meternos en otro laberinto, las callejuelas de mi ciudad, de donde ningún forastero sabe salir y la compañía de fusileros del Rey, cuando sube de Logroño a “actuar”, tiene que preguntar al viandante por dónde se sale de esta ratonera de rojos. Pío Baroja la describe así, ratonera, que olvidó lo de “rojos”, y Galdós le llama, con razón, “el pueblo de las moscas”. Moscas a la puerta de todas las verdulerías, a chupar los desperdicios, y nosotros jugábamos con ellas, a ver quién cazaba más en un solo puño, moscas a puñados en esta rua señorial de mis querencias. Y luego les arrancábamos un ala y a ensartarlas con hilo que nos regalaba la señora Leoncia, la mercera más judía que jamás existió. Nos daba hilo y aguja tal vez por ser amiga íntima de mi madre y de la misma cuerda carlista, si bien un tendero no puede pertenecer a ninguna veta. Si te destacas, se acabó el invento, te declaran el boicot y no vendes ni un dedal. Lo cierto es que hacíamos rastras de moscas “liberales” y “carlistas” y, entre medio, metíamos la mosca más gorda, algún guardia civil o el señor Tobalina, el alguacil, tormento de la chicurrería y a quien tanto hacíamos rabiar. Profundas metáforas inconscientes de nuestra fecunda infancia, ¡que ya no volverá!.

Ahora me salen con crear otra mesa, otro foro, otro lugar de encuentro, que ya ni saben cómo llamarlo, ¡desbordante imaginación!. “Palabrería fina”, dije el otro día. ¡No habrá otra cosa en qué pensar!. Verborrea, teminología, no dejar a Ibarretxe gobernar. Pero nadie muerde a eso que la sociedad nos está pidiendo a gritos: Sentarse de una dichosa vez a dialogar. La paz tiene un precio y se negocia. Así de claro lo dejó sentado, clarividente, Mons. Setién y así es, al menos en cualquier contienda, de no ser que arrastremos al vencido por las calles de Milán, tal que a Mussolini, lo cual no acarreraría nada bueno. La serpiente volvería a recrearse, la hidra de mil cabezas renacería de sus propias cenizas. Y ustedes lo saben, todos sabemos que es así, siempre fue así y así será, de no lograr la reunificación y una paz digna y firme.

Pero, no. “A Mayor Oreja, mayor sordera”, se me reía el otro día un prisionero político recién liberado tras 15 años en las mazmorras extranjeras y con los tres cuartos de la condena cumplida hace tiempos y tiempos. Y la ciudadanía está harta. Estáis dando largas y más largas al conflicto y no mordéis el bocado que es de catón: Rendirse ante la evidencia y negociar lo negociable para, inmediatamente, entrar de lleno en la via democrática con el entusiasmo que EH está demostrando por participar, sin remilgos a Madrid ni París. Que esos señores resultan ajenos, que no, con ellos tenemos poco de qué discutir, por mucho cachondeo que se lleven Chirac y Aznar ni por lujosos despachos que se abran en París para los García Castellón que en el mundo han sido. El camino es otro, por muy duro que parezca. Eso, sí: Sin candongueos, zalamerías ni lamidos al madroño. A no ser que algún desalmado busque más melopeas fúnebres con la excusa de atrapar furtivos. Moscas por todos los rincones, moscas, sombras del pensamiento foráneo, pegajosas, portadoras del bacilo que está pudriendo Euskal Herria hasta conseguir su aniquilación como Nación sin Estado. Releamos “Las Moscas”, de J. P. Sartre, a ver si entramos en razón. Al principio he advertido que ya vale de erudición y he caído en la fantochada de la vanidad.


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