Si el enemigo te aplaude, seguro que has metido la pezuña hasta el corvejón, según la anécdota de Cánovas, o Castelar, que cito de memoria. Hoy, 17 de mayo, llego al tajo y se me saluda con lo que menos podía imaginarme. Un concejal del PP en esta capital de mi laboreo me da la mano, yo le alargo la zurda, mi costumbre, y, tal que tuviera un tanganillo colgado de la frente, me da la enhorabuena y dice: “Eso está muy bien”. Yo, que ni me acuerdo del rollo ni he escuchado la radio y sólo he leído los titulares, le pregunto “¡qué está bien!. Y me aclara, tal cual. “Que tus muchachos echen la culpa al PNV”. Y sonríe de oreja a oreja, prepotente, que quien de servilleta llega a mantel, ni Dios puede con él.

No hay más que hablar ni menos que decir. La frasecita es de lo más chusco. Cuando la razón anda canecida, se recurre a las tonterías de antaño y hogaño, locos de contento porque la Organización lanzó el comunicado publicado en “Egunkaria”.

Si el enemigo te palmea, malo. Si te soba con carantoñas, peor. Y si se te carcajea cuando ocurre una mala pasada, peor que peor. O si, ante una actuación, te posicionas acorde con su pensamiento, su forma de entender el asunto y tergiversan tus palabras. Incluso, ciertos señoritos, “torrentes de cultura”, reciben el premio a sus portes y ya está, Director General o Ministro, cuando su pueril compostura coincide con el adversario. Y los enemigos internos nativos del Pueblo vasco están resultando legión, no se duelen prendas en insultos soeces, públicos y privados, y venden a su padre por dos ochenas.

Si decimos que ETA cometió un error echando las culpas al PNV, segurísimo que se me aplaude y se me ensalza a boca llena. Igual me nombran, ¡a mis achacosos años!, Director general de Cultura o de la gloriosísima y benemérita Guardia Civil, vaya usted a saber. Si te prestas a traicionar, no importa que milites en EH, en HB o con el mismísimo diablo. El enemigo visceral de todo lo que huela a vasco, incluidos ministros o directores generales o de biblioteca nacional, sería capaz de encumbrarme a la categoría de héroe. Muy distinto a Indíbil y Mandonio, lugartenientes de Viriato, que entregan aquel guerrillero a las garras de Roma y no cobraron la bolsita de cuero, que “Roma no paga a los traidores”, menos aquí, en la España “aznarkista”, de la que ya hablé el martes pasado.

Y las palabritas del concejal del PP siguen zumbándome. Indican que, ahora más que nunca, los abertzales debemos mantener el tipo sin fisuras, fallos ni contrafallos, ¡cuántas veces habrá que repetirlo!. Los traidores sueñan con el premio a su labor y que obremos como ellos, así poder justificar su zarrapastrosa conducta. Ocurre siempre. Y ya vale de esa perniciosa plaga, a extirpar dialécticamente del cuerpo social, la lepra de Euskal Herria. Sigamos a pies juntillas el refrán: “Pariente que no da y cuchillo que no corta, aunque se pierdan no importa”. El 4º Condestable, o sea, el Conde de Lerín, al poco de su decisivo apoyo al conquistador castellano, se arrepintió de su traición al Viejo Reyno de Navarra. Pero ya no tenía remedio, de nada le sirvió lamentarse como un hombrico, de los tantos que florecen por estos lares.

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