Deia, 12 de mayo de 2000

Pactos, foros, mesas, tertulias, palabrería fina. Prosigamos, pues, intentando narrar el sentir de cada cual, la royada del amanecer, escuchar al sol marcarme la hora, tronchar la raya del horizonte y abrirse paso por la maleza de las nubes. Engordar el vapor y, al atardecer, cuando el aire se calienta y ya no pueden aguantar el balde de agua de sus entrañas, revientan y se desploman en tromba.

 

No sabemos amanecer. Nos creemos los más listos del entorno y nos negamos a madrugar, disfrutar el despertar de la tierra, al asomar el morro la fogata de la existencia. Y un pueblo que no madruga, pegado a las sábanas, no puede exigir ni maná ni asperges benditos. Tres o cuatro focos neurálgicos, gentes industriosas, y el resto, a dormitar el sueño de los justos, castañuelas trenzadas al pulgar y pandereta entre los dedos de la mano.

 

Urge recrearse en sí mismo, recomponer el propio organismo, el orden interior del ser. Ante la nueva cordada, la vecindad debe pensar en el día después, no dar pie al improvisar.

 

Por eso, resulta placentero zarguñar temprano entre las zarzas de los ribazos, donde pacen los caracoles cuando llueve, si llueve de fundamento, y dormitan los goloritos, que las las picarazas tejen el nido con ramas de espino en una horquilla de la higuera. Pero ya no se posa, el ronquido del tractor la espantó y se fue a incubar la pollada en otro de los nidos de los olmos cercanos. Si la molestas, abandona y se larga, que posee txabolas de repuesto para despistar al intruso, tal que los pudientes de este país: Comprar pisos con  dinero negro y mantenerlos vacíos y a verlas venir, ¡”España va bien” para los mismos de siempre!, mientras las parejas de jóvenes no tienen dónde cobijarse.

 

Aquí sobra todo, menos el tibio rasguear de las cuerdas del alba. Se empecinan en mesas, tertulias, dimes y diretes, a ver quién la suelta más gorda, trepar a costa de la sangre derramada. Y, quienes pueden, se niegan a tender la mano y sentarse a dialogar, negociar, al menos en un taburete. ¡Por qué tanta aberración, tacañería política!. Se niegan a tirar de bisturí entre los pliegues de la herida, llaga purulenta, vieja de siglos atrás. El vecindario está harto de gorigoris y condenas, del “Váyase, Sr. González” para ponerme yo. El camino es el otro. Ya vale de hipocresías zarzueleras. Como sois más, os pensáis que tenéis razón.

 

Se exige a trompazos la cabeza de Ibarretxe, Anasagasti, Egibar y Arzalluz en bandeja de plata. Con esta mandanga les bastaría: ¡elecciones anticipadas!, la única encomienda, baldragas, que se les ocurre. Incluso Aznar echa un capote al monosabio, ¡quién es él en este césped!, para fulminar Udalbiltza, Lizarra-Garazi y hasta los cimientos de Ajuria Enea. Y ahora, a la caza de Mons. Uriarte, que no les bastó Setién. No soportan la férrea unidad abertzale, ilusionante, la cual ningún hombrico debe romper, ¡que nadie tire la toalla!. “¡Y luego, qué!”, pregunta Arzalluz con genio y tino certero, en el ojo del huracán de esta infame campaña mediática. Y la ciudadanía pregunta “¡y luego, qué!”. Condenar, sí, ¡y luego, qué!. Actores de sainete, todos contra Euskal Herria, a ver si logro ascender a sargento legionario. Y, para colmo, hay quien, sofista de medio pelo, se permite el martes, día 8, a las 6 de la madrugada, desde su púlpito inaccesible del micrófono, llamar “pobre Otegi”, “patético Otegi” al portavoz de EH, ¡el mío!. ¡Qué sabrá el burro cuándo es domingo!. Ayer tarde, al contemplar desde la muralla el planear del azor, uno de mis nietos, buñuelo de azafrán y ojos verde esmeralda, escucha la conversación de los mayores y me pregunta inocente, tal cual: “¡Qué pasa, aitatxi, qué pasa!”.

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