Deia, 4 de mayo de 2000


Ciudadano aldeano, eso soy, que mi vecindario es ciudadano antes que nadie, desde el 1630. No obstante, el lehendakari foral, Miguel Sanz, que Dios guarde, nos llama “aldeanos nacionalistas”. Por eso, ¡y ante tanto quebradero de nuestras cabezas dirigentes!, sólo hablaré de mi oficio, jornalero de oficio, cuidador, peón de mis árboles, frutales, olivos, mis sedientos olivos centenarios, estatuas, ¡sólo les falta, Miguel Ángel, el habla!, que sigue sin llover. “Y por el olivar, la lechuza, a volar y volar”, nos canta Machado.

Sentir los árboles crecer, palpar la savia con las yemas de los dedos, el manar incesante de vida. Y, a la mañana siguiente, las yemas se abren, sueltan sus primeras hojitas, blancas sólo un amanecer, tiernas, dedos de recién nacido. Y el olivo se plaga de maripositas de crema, revolotean, saludan, te saludan justo al rayar el alba, que los gorriones aún siguen dormiditos en sus nidos, el hueco de una mano, tejidos con hilos de grama, artesanos de sus chozas, sin licencia ni proyecto de maestros de obra, sanguijuelas a chupar la sangre de tu sudor, los sacrificios de varios años entregados a escribanos y gentes de ese cordel.

Y siempre lo recuerdo, al pedir planos del catastro, el “Casañal” del 1908, autor que dibujó con rayas de araña el patrimonio de la vecindad, ciudadanos y no villanos ni capitalinos ni aldeanos. Eso se queda para la lengua de nuestro lehendakari, a quien no le duelen prendas y se suelta el pelo. O sea, los nacionalistas somos unos aldeanos.

¡Un árbol, y no sólo en el aniversario!. Que cada jornada sea nuestro día del árbol, cada vecino con su árbol a cuestas, su amigo, y a su cuidado y expensas, regarlo él, podarlo, limpiarlo del insaciable pulgón o la negrilla, 33 centilitros de lejía y un vaso de sulfato por mochila y basta, santo remedio.

Que el reciente plano aéreo no sirve, una chapuza. La avioneta sobrevoló mañana y tarde el término de esta joya de piedra, tal que la “abeja”, el cacharro guardián de nuestra seguridad, es un decir, y las fincas quedaron mal medidas y peor deslindadas, ¡otra estafa!. Tenemos que seguir con el “Casañal”, que ése no falla, medición exacta, tantas robadas con tantos almutes, sin rodeos modernos de hectáreas ni áreas. Y el Jueves Santo me tocó llevar la cruz pesada, a quemar oliveñas y serrar matorrales de los lindes, y el Viernes Santo y el 1º de Mayo, todos los fines de semana trayendo a mandamiento el huerto de mis olivos y verlos reventar en la reseca primavera, ¡agua de Vascongadas para esta Ribera sedienta!.

Cada vecino un árbol, su amigo, plantarlo, jarrearlo y ofrecerlo a la ciudadanía, aquí, en esta orilla mugante, la ciudad de los misterios cruentos. Que no somos aldeanos, a pesar de la docta opinión del lehendakari foral. Y estas salidas de tono, chiquilladas infantiles, tiene que mormearlas, ¡al tiempo!.

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