Diario de noticias, 30 de abril de 2000

La palabra, una sola, puede trastocar la Historia. Una frase, corta, lapidaria, puede ganar una batalla o hacerte un estropicio. Napoleón forma a sus soldados ante las pirámides de Egipto y los arenga: “Soldados: 20 siglos os contemplan”, y expolia el país. Se trae el obelisco, lo planta en la plaza “La Concorde” y les roba tesoros sin cuento, hoy en el Louvre.

Ocurrió: En la “guerra de las banderas”, 1977, los españoleros, dirigidos por el ñaco gordinflón de siempre, sí, sí, me consta, siembran de tres palabras pueblos y aldeas de Navarra: “Los vascos quieren invadirnos”. Y ya está. A quemar la ikurriña y hacer estragos. Tres años después, con el horno caliente, a un parlamentario foral lo magullaron en la plaza de los Fueros a las dos de la madrugada. Lo dan por muerto, la ambulancia lo lleva urgente al hospital de Lizarra, de ahí al de Iruñea y lo dejan tullido durante un mes. Uno de aquellos “héroes” era entonces secretario local de UPN. El tiempo ya curó la herida, pero así fue. Y aquel parlamentario era yo. ¡Para que me hablen a mí de la “kale borroka”!.

Capitalino lehendakari, ahora nos sale Miguel Sanz con otra sandez, una más. Nos llama “aldeanos nacionalistas”. Si por algo recuerdo ”Tasio”, de Montxo Armendariz, es no sólo por el carbón y los cepos, sino por la pregunta del mozo a la moza, en el baile al aire libre: “¿De dónde eres?”, “De Acedo”, contesta ella con su carita de ángel. “¿Y tú?”. Y el chaval, del valle de Lana, replica: “Yo, de la capital”. ¡Hermosa escena de ironía y ternura!.

Ocurrente, el amigo Andoni, natural y vecino de esta ciudad de Biana, ¡que somos “ciudadanos” antes que nadie!, y no aldeanos ni capitalinos ni villanos, en cierta ocasión se empeña en entrar al “Ducal”, de Logroño. Había bajado toda la cuadrilla a “comprarse un serrucho” y el portero, de guantes, corbata y gorra de plato, al verlo con su atuendo pueblerino, le corta el paso con lenguaje de postín: “Usted no puede acceder con alpargatas a esta sala”. Y Andoni, gracioso, agilísimo de reflejos, sigue haciendo historia, se queja y le pregunta: “¡Es que hay barro o qué!”. Pues, eso, Mikel: Barro, cenaco. ¡Cuántas capitales europeas has pateado, Mikel!. ¡En qué universidades aprendiste el catón y las cuatro reglas!.

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