Deia, 28 de abril de 2000

Uno sufrió la llaga de la emigración en tres ocasiones. La última, forzosa, expulsado por Franco y su banda de cuatreros. O sea, no vengamos ahora con esa mandanga de los inmigrantes. Y yo no levanté Francia ni Inglaterra con mi trabajo de lavaplatos (sic) o  profesor de castellano. Jamás una palabra sirvió de arma arrojadiza tan certera para atacar vilmente al enemigo político. Se niegan a hablar de adversario. Quieren que hablemos de enemigos, abrir brechas. La palabra “inmigrante” se convirtió, de repente, en rejón taurino. Tomó tal fuerza que recargó las baterías y llenó las cananas de munición para seguir disparando sin piedad contra el nacionalismo de todos los colores. Campaña mediática indecente, corrosiva.

La guerra del 36 surgió aquí en torno de dos vocablos: “Religión” y “Navarra foral y española”. Hoy, el debate parlamentario habla de Lizarra, Estella, pacto de Ajuriaenea. Estatuto, violencia, ruptura, democracia y poco más. Y las repiten hasta la saciedad, cansos. ¡Porque mira que son cansos con eso de Lizarra!. Aznar, hermético, ojos de infierno, está obsesionado con la “ruptura” del pacto de Estella, que nunca dice “Lizarra”. Menos mal que Anasagasti y el pico de oro de Lasagabaster, en la réplica, le dieron en toda la cresta, ¡auténticas piezas oratorias!.

¡En qué hora nombró Arzalluz “inmigrantes”!. Y el caso se merece refrescar la memoria: Franco arrojó 300.000 vascos al exilio y llenó Araba y Bizkaia, algo menos Gipuzkoa, de pobladores de nuevo cuño. Lo mismo hizo en Navarra, apoyado por el Obispo Enrique Delgado Gómez. En la década de los 60, aquel hombre traía a Iruñea gente de Extremadura, su tierra, a oleadas, mientras la juventud nativa tenía que subirse a Gazteiz o Bilbao a buscar trabajo y, para colmo, ¡allí les llamaban coreanos!. Igual que hizo Stalin en Rusia: trasvase masivo de población para cambiar la identidad de naciones enteras.

Otra cosa muy distinta es que los descendientes de aquellos inmigrantes, muchos de ellos figuras relevantes, incluso dentro del fútbol, son hoy parte sustancial de Euskal Herria. El PNV, EA, HB, EH y cualquier “peña” cuenta con miembros tan vascos de callos y sudor como mis ancestros, mis hijos y mis nietos lo son de sangre. Si algún “inmigrante” o nativo se siente ofendido o marginado, deberá buscar la causa dentro de sí mismo. Hay quienes son bellísimas personas, ejemplares, y otros se ensañan por su resabio españolero. La Dictadura persiguió a miles de miles por ser desafectos al régimen, carlistas, socialistas, comunistas, nacionalistas y un largo etcétera. ¡A quién se ha perseguido con más saña!. ¡Quién sufrió más que el PNV, Euskal Herria entera, una derrota bélica y ciudades enteras arrasadas!, ¡Que en Mungia no dejaron piedra sobre piedra!. ¡Miguel Angel Blanco, y tantos otros, también era hijo de inmigrantes!. ETA cuenta, y siempre contó, entre sus filas con hijos de foráneos, empezando por el “Txiki” Paredes Menot, un pastorcito cacereño, a quien Franco fusiló a raíz del proceso de Burgos y Urko inmortalizó en su bellísima canción. Barros, miembro de la Organización, “caído en campaña”, como decían en la guerra, era hijo de un guardia civil.

¡Hay que acabar con tanto sufrimiento!. Lo inmoral es retorcer las palabras de Arzalluz, sacarles punta, echar leña al fuego, enredar la madeja y negarse a encontrar la paz. Y es que donde no hay mata no hay patata. Resulta soez hacer ver a la ciudadanía que habló de vascos de primera y de segunda. La prensa española se ha cubierto de gloria. Todos se prestan a descalabrar el Gobierno vascongado, pero eso es pedir peras al olmo, ¡zaborra pura!.

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