Archivos para el mes de: noviembre, 1999

26 de noviembre de 1999

No puede ser, y lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible, que dijera el ‘Guerrita’, ante la salvajada de intentar matar a un toro bronco, tras un montón de estropicios. Digo en mi trabajo anterior, titulado ‘Diáspora’, ‘el txistulari de Pio Baroja’, lo cito de memoria, cometo el error y nadie me corrige, que no sé para qué está la sección ‘Cartas al director’, si bien Baroja creo que tiene algún relato con idéntico argumento. Y aquí sólo caben dos salidas: Que ni el Padre Santo me lee, lo cual no es extraño, a causa de mis ‘adobes’, o que nuestros autores andan por los suelos. El duende de la memoria y la confianza en mis ordenadores, que poseemos diez millones de magnetofones en el cerebro, dicen, me fallaron, lo cual me reafirma en la teoría de no dejar nada a la improvisación. Y no olvidemos que un periódico lo hacemos todos, el autor, el lector y la ‘mesa de redacción’.

Resulta sangrante ser una minoría quien haya leído los cuentos, narraciones, poemas y literatura que Euskal Herria posee, escasa, cierto, nuestros antepasados se negaban a escribir, gentes de labranza, industria y acción, de acuerdo, gentes que pensaban en lo foráneo, en permanentes ‘conquistas de Albania’, inútiles, insulsas, pelear y trabajar a la merced de reyes y sayones extranjeros, ¡la eterna canción!. Estamos hartos de repetir que miremos hacia dentro del propio ser, que tejeremos el tapiz de la sociedad si miramos hacia dentro y comprobar que nuestra cultura es tan digna como cualquier ramalazo extranjero.

Y es que no creemos ni en nosotros mismos, el pueblo vasco nunca creyó en su potencialidad, todo lo suyo era peor, retorcido complejo de inferioridad, lo peor del entorno allende las fronteras, hasta el idioma, el Euskera, un mokordo pinchado en un palo en comparación con la lengua castellana, francesa o inglesa. Ha hecho la risión por el mundo, y ya vale de jotas, coplas y fandangos, ¡que no!, ya es hora de despertar, de vaciarnos, de hundir las layas en nuestros barbechos. Mucho fraile, mucho cura y mucho guardia civil de exportación, y la física, quieta, la matemática superior, en la alacena, la filosofía, en el decir popular, salvo Zubiri, Unamuno y poco más, y la cultura euskaldun, en el fogón del caserío, carretadas de misioneros, monjas, incluida nuestra única hermana, misionera en la Guinea, militares del ejército español y francés, y nosotros, sin construir ni un ejército de celadores y monteros que nos haga valedores ante el mundo. La independencia y la paz vendrán por el sendero de la soberanía, que nadie rompa la baraja ni se empeñe en ganar la partida con renuncios, léase la guardia pretoriana de José María Aznar.

Y muy pocos leen, ni antaño ni hogaño, al gran Arturo Campión, navarro él, que no vascongado, ¡de Iruñea, señores navarreros!, ni su relato, tierno, dulce, ‘El último tamborilero de Erraondo’, reeditado por ‘Mintzoa’, que ésa era la cita exacta, el txistulari de Campión, que IKA ya hizo un ‘cómic’ didáctico, y no de ‘Pio Baroja’, tal se me deslizó y nadie echó en falta el error. Que se va a la Argentina, pasan 50 años, regresa a su querido país, Euskal Herria, a su aldea de Nafarroa, y se encuentra con que sus raíces están muertas, ya nadie baila el ‘Inguruko’, hoy ‘Ingurutxo’, y se estremece de pena, la congoja le oprime y las lágrimas le ciegan. Tal que ahora, con este hacedor foral que nos gobierna, pero es igual, me recuerdo la canción carlista que termina con “que viva don Carlos, que gobierna bien”, ¡amén!, rematábamos en la infancia. Y ‘Oskorri’ debe incorporarlo a su brillante espectáculo.

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25 de noviembre de 1999

Japón le sedujo, el misterio, exotismo, y el Iñaki de Loyola se lo quita del medio, un estorbo menos, y que no se me enfade en el Más Allá el amigo Valentín Arteta, santo jesuita a quien tanto aprecié. Se larga a la Sorbona, en vez de recalar en Alcalá, extranjera, según sus propias palabras, y allí se encuentra a gusto. A investigar cómo bandeó la existencia este hombre insigne, que deja familia, lujos y vida muelle, al estilo de los caballeros del entorno, tanto él como sus hermanos, héroes independentistas en Noain, y se va a cristianar a trancas de cilicios, votos de pobreza y castidad, conchas bautismales y homilías, mediano tuvo que ser, digamos regular, y desprecia el sendero torcido de los mozos de su época, bordes, humanistas, renacentistas, mujeriegos y sifilíticos, César Borgia y tantos otros.

Se fue con lo puesto, ¡el santo de la Diáspora!, que no cundirá la desgana por los carriles de la ascética, el zacuto al hombro y hondos bolsones de mugre en su atuendo de noble infanzón, libros y enseres hacia la capital de la luz, y todo por la fogata de fe que le sembró el capitán al asalto de la ciudadela de Iruñea, que también él vino a conquistarnos, invadirnos, y así argumentan a los abertzales las gentes de UPN y PSN, quienes el viernes, día 3, celebrarán la fiesta en Leire con abrazos, muecas y buen yantar, Ansuategi de maestrante, y nuestros reyes, ineptos, engañados por unos y otros, se pitorrearán, tal que el Patrón de esta Navarra troceada agradecerá al mundo abertzale, a yunta con ‘Orreaga’, que lo festejemos bajo el mármol a los Fueros, ¡mármoles!, hostigados, sépanlo alabarderos y señorías, por los verguizos del Orden regulado desde el punto cero, a muchas leguas de distancia, en la tierra a la que mi tocayo Xabier, que así firmaba, no quiso ir a estudiar.

Con una diferencia sustancial: Que jamás se sintió ‘español’, no porque aún no existiera el concepto de Estado de España, ni el truco de ‘vascongado’, sino por su ser natural, habitante del Estado soberano, sólo vascón y súbdito del Viejo Reyno de Nafarroa, así, en euskera, su lengua materna, de uso diario con San Ignacio y en el postrero estertor.

19 de noviembre de 1999

Nunca será bastante de agradecer que el lehendakari Ibarretxe se diera un garbeo por el cono Sur visitando y saludando a tantos ciudadanos imposibles de Euskal Herria, vascos y vascas que salieron un día lejano, sus abuelos, sus padres, y no regresaron, imposible volver, la fortuna les dio la espalda y allí se quedaron, piezas de museo de un mundo desconocido, sin fronteras ni límites propios, perdiendo día a día la conciencia de ser y de estar, intentando contra viento y marea conservar las costumbres de sus ancestros.

Es difícil percibir los sentimientos dormidos de los habitantes de Euskal Herria que salieron de su país, generaciones enteras, y que, de pronto, transcurrida una eternidad, que en territorio extraño los días se hacen largos de nostalgias y recuerdos latentes en el cuaderno del alma, un buen día, después de tanto sufrir y no saber entendernos entre nosotros mismos, tanto mirar hacia fuera y no preocuparse de mirar por dentro, se encuentran con el abrazo, las palabras de ánimo y la sonrisa de alguien que desconocen, un hombre que jamás vieron, que sólo les han hablado de que sí, que existe un país en el otro extremo del mundo, su país, el país de las raíces, que nadie pudo arrancar, y que les habla con el corazón en la mano, sin reticencias ni complejos, les tiende la mano y les asegura que sí, que las historias contadas por sus abuelos son ciertas, se ha hecho carne viva la leyenda del mundo extraño que no conocen, quieren palpar y ver que existe, desfigurado en el mapa, partido y muy pequeñito, pero existe, y nos recuerda la canción de los tiempos heróicos, Euskadi es tan pequeño, que no se ve en el mapa, pero tirando bombas, lo conoce hasta el Papa, tiempos de dormirlos para siempre, y así sea, de no ser que algún zopenco siga insistiendo en que no, azuzando y soltando disparates para que la serpiente despierte, que no puede llevarlo en paciencia, “hay que romper todos los esquemas, ilusiones y esperanzas, para que Euskal Herria siga siendo una quimera”, cantarla Sorozabal, Arrieta, Guridi y vale, en ‘El Caserío’ y el ‘Maitetxu mia’ que a tantas generaciones de vascos nos conmovió y empañó los ojos en los tiempos de emigrantes forzosos y el exilio.

Ibarretxe tuvo que gozar al estrechar la mano de quienes jamás pisaron la tierra natal, pero hay algo que debe quedar claro, aunque duela: No podemos consentir que al regreso, cuando los hijos y nietos de la diáspora, cientos de miles de vascos perdidos por el mundo vuelvan, les ocurra tal que a Iparragirre, que llega a Elizondo en las postrimerías de su existencia errante y se encuentra con que andamos con escatimos hasta para darle de comer con una pensión de pobre de solemnidad, que sangra el corazón al conocer los últimos años del bardo universal y su regreso al país, a su país, a la única tierra que cantó y sus canciones pasaron de boca en boca sin saber exactamente quién las compuso ni qué era de esa vida andariega del hombre que, por su sentido libertario, sentido de libertad, a la búsqueda de la libertad total, se fue a recorrer el mundo y apenas si pudo volver con dinero prestado y se encontró con un país deformado, tal que el txistulari de Pío Baroja, que ya nadie hablaba euskera ni nadie danzaba ni cantaba las dulces canciones de la niñez.

Y ahora es el momento, en nuestras manos está el volver a crear nuestra propia razón de ser, recrear día a día la cultura, el pensamiento, potentes industrias, las organizaciones sociales y la lengua que distinguen y caracterizan a un Pueblo, levantar murallas culturales que hagan frente a la música gringa y el pensamiento foráneo, crear Estado y que vuelvan triunfantes quienes salieron antaño con lo puesto y vinieron de indianos o no regresaron nunca más.

Diario de noticias,  11 de noviembre de 1999

Le tildaban de eso en sus años mozos, el tunante gobernador de Navarra, Roldán y otras hierbas, los sargentos de la inmaculada ‘Benemérita’, los alcaldes y hasta un Director General de la Guardia Civil le seguían los pasos día y noche. Y sí, cierto, lo hicieron al palo, agitador de su propia conciencia, arrugada, dormida, herencia enquistada en los pliegues del alma, no darle reposo fue siempre su obsesión, resistirse a vivir de la olla grande al abrigo del padrecito Estado, y lo zaherían: Que por qué te rozas con los obreros y apoyas a esos comunistas de la ORT, tú, con tu posición social, tus carreras en la Universidad, que no pareces hijo de tu padre, palabras textuales de un muermo leído y estudiado.

Agitador de ilusiones en el Madrid de los años 60 y el Mayo-68, tratos bajo cuerda con los guerrilleros de la imaginación, escabulléndose de los soplones del Consulado español en Montpellier, Abrisketa de cónsul eminente, que hacía la vista gorda. Que no se arrepiente, es su historia, llenó la historia de su existir subversivo, agitador contra la muerte, la tortura y la corrupción, mientras sus ‘quintos’ intentaban hacer chauchas, comprar fincas y plantar viña, a sus ojos era un bicho raro por irse a recorrer mundo y no estarse quieto, y sigue en ello.

Ahora, menos, ancianito tocado de ala, remos aquerados y a punto de reventar, y quiere seguir de agitador en el Más Allá, fumigar la caverna del Pensamiento, si le permiten entrar. Alguien busca, alimañero, que reventemos todos, que ETA rompa y rasgue, harta de tanta bulla, ¡que aquí no hay piedad!, y nadie va a sucumbir, mentes pulidas lo dejaron muy claro en el Parlamento de Gazteiz, ¡enfados acerantes!. Que no se engueren, que revienten ellos de añoranza franquista, agitadores, sin escrúpulos ni ansias de liberación, de masas desvaídas, que el otro día, sin ir más lejos, se abstuvieron de condenar al dictador, nostálgicos de aquel ‘¡Muera la Inteligencia!’ del ínclito legionario Millán Astrain a bocajarro al agitador excelso de la conciencia universal, Miguel de Unamuno, en “El sepulcro de don Quijote”.

Nota del autor: ‘Muermo’ es de uso normal aquí, la academia no lo recoge con el sentido que le damos nosotros, ‘ignorante’, ‘zopenco’, ‘zurrupio’.

Deia, 15 de noviembre de 1999

            La fiesta se acabó al anochecer y el gentío se desvanece, ya nadie grita ni canta ni nada les incita a danzar, cada cual se quedó solo, la ciudad se desmorona de agotamiento, la mudez cierra el paraguas del silencio y él se introdujo en la choza de su soledad, cae rendido, le dominó la modorra y a su compañera de jarana le susurra al oído: ‘No te veré hasta el año que viene’, y se tumba, se duerme sobre los adoquines y sueña que la fiesta empieza de nuevo, otra fiesta, las figuras eran distintas, todo era distinto, los colores se difuminan y vuelven a su ser de un fogonazo y, de pronto, los rostros se diluyen bajo la brisa del sueño.

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