Archivos para el mes de: octubre, 1999

Diario de Noticias, octubre de 1999

Este campo sigue yermo, demasiados enemigos, ya no adversarios, contra el Euskera y el Nafarroa Oinez. No pudimos consumir, a lo sumo un bocadillo de txistorra, riquísimo, y un buen vaso de vino tinto, los mocetes disfrutar con la salandreja y el cangrejo, ¡geniales!, y nada más, que el resto de los ‘euros’ se los regalamos a una cuadrilla de mozos, por el acento eran de Bizkaia, en el patinadero de Antoniutti, junto a la Taconera, en medio de un aguacero, ¡qué viejillo tan majo!, me bromea una de las mozas ante las cinco o seis tiras, que nos chupamos el trago de mediodía, con el nieto de año y medio en la silleta y bajo un llover torrencial, ¡un cuadro!, las ‘villavesas’ hasta los topes y ni un taxi.

Era un chorrear a destajo, un desastre, que el agua es riqueza, la savia de la tierra, pero esta vez ha supuesto muchos millones de dejar de ganar, y de quien más te acuerdas es de los responsables y la ikastola ‘Jaso’.

Otro detalle extraño: En los Oinez no se ven frailes ni monjas y nos gustaría verlos, con sus hábitos talares o de seglar, pero verlos, pues da la impresión de que el padre prior y la madre abadesa se lo tienen prohibido. Vengan ustedes, que es una bendición de fiesta y el Euskera es de todas y todos. Y, si los superiores no os dan permiso, habrá que rebelarse. Imagínense ustedes una “rebelión de los conventos” a favor del Euskera, ésa sí sería la gran revolución cultural que necesitamos para ir creando la futura escuela popular.

Otra persona a quien se le echó en falta fue a la alcaldesa, Sra. Barcina. Siempre andamos igual, dejamos de hacer cosas que nos gustaría por el qué dirá el vecino del partido.Y mi lehendakari, Miguel Sanz, críticas aparte, también habría sido bien recibido, ¡por qué no!. Nunca alcanzaremos a entender qué es el Nafarroa Oinez. ¡Por qué no se acercaron ustedes, que lo cortés no quita lo valiente!.

Mas todo se arreglará, con la respuesta adecuada que esperan los organizadores. Se abrieron cuentas para quienes no llegaron a tiempo y puedan ingresar su aportación y paliar el desaguisado que produjo tal yasa, las calles de Iruñea eran ríos salidos de madre.

Y en el primer nublado, en el momento de la inauguración, el bueno de Jimeno Jurío siente el hervor del viejo creyente profesional y le pide a J. Mª. Satrustegi que ya vale, que saque la estola y el hisopo, lance un exorcismo y estallen los negros nubarrones, que descargue cuanto antes para que se limpie el cielo, piensa, digo yo, que ambos pensamos en ribero, y purifique el ambiente, pero Satrustegi sonríe, metido en su sabiduría, y mira al cielo a ver si escampa, que siempre que llueve escampa, dije por teléfono a los de Biana al pedirme información, ¡maldita sea, que el proverbio falló!.

Satrustegi escucha la voz socarrona del humor, el chascarrillo produce su efecto, don José María echa una ojeada a las nubes, lanza el exorcismo desde la mente, las libera del demonio, que las tiene atadas, suelta las bridas del mal, los asperges divinos se abren de par en par y arrojan jarros y jarros de agua por los cuatro costados de la capital de Euskal Herria, ¡qué más quiso el Lucifer ése, que obligarle a soltar amarras y obedecer por una vez al exorcista!. ¡Por qué, José Mary, le pediste al sabio sacerdote que cumpliera con su oficio!. Si te hubieras callado, mejor, te lo juro. Un abrazo.

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Diario de Noticias, octubre de 1999

Educación espartana, que agradezco, doce añitos no más, que mañana es octubre, hijos, y tenéis que cantar la aurora, y ciertas madrugadas nos guarecíamos pegados al umbral de las puertas, caía más agua que en el Nafarroa Oinez’99, y ya es decir, alguien pidió voluntarios para subir arriba, buscar al culpable y preguntarle si chocheas, carajo, que no hay derecho a tales tragos adrede, sí, adrede, que los abertzales somos malos y Dios nos castiga por querer hablar Euskera, la lengua de los perros, tal que así lo soltó un transeúnte de mi quinta, más o menos, en la calle Mayor, y no me revolví por no bajar a su torcido nivel, que me conozco y los gritos se habrían oído desde la ‘suite’ acorazada de la ‘Yoli’.

El señor Perico tañía tres veces la campanilla, y a cantar los avatares mundanos y venturas milagreras de Santo Domingo, San Crispín y San Crispiniano, rezar un Avemaría por las benditas ánimas del purgatorio y seguir hasta el pretil de otra muralla.

Asier, txantreano, es desde ayer un buen amigo, mozo, noblote y auroro, que estás en la flor y yo estoy a las puertas del jardín celeste, y nadie me negará el paso, que no hablo Euskera, o sea, no soy un perro, y alguien me abrirá los portones, Asier, de par en par, que yo también fui auroro, te conté, por las esquinas de mi pueblo, y la música salía de nuestras gargantas pueblerinas sin ensayar, prendidas de fe en San Crispín y el señor Perico, que ya entró por la puerta del príncipe al albero azul de la eternidad, y le queríamos mucho y se murió por uebos, se largó sin un corrusco en la alforja, con la campanilla al cinto y despertando al vecindario de las celosías y luminarias celestiales.

Era hermoso cantar a esas horas del alba, helara o lloviera, y los cánticos a los santos tiritaban por las plazuelas de esta ciudad adormecida, cada cual una caja fantástica de resonancia, y la música coral penetra, suave, tierna, se incrusta en las estrías de la piedra, que es muy dulce escuchar la aurora por las ruas de Iruñea, aunque suframos de hambre y sed y nos corten la entrada al manantial de la esencia por increyentes y no hablar Euskara.

Diario de Noticias, 18 de octubre de 1999

         Diez mil, once mil, ¡qué más da!, la riada de la esperanza cien veces flagelada, las sanguijuelas del erario foral cascan la yugular, Itoitz vive, carajo!, que es imposible engañar la verdad, y vivimos, reptamos, por el siglo de los dígitos, que no de los números, matemática fuente, y el gentío se desliza por la brea de Iruñea, que no pude estar, los achaques me entorcan los remos y los vendimiadores me dejan atrás, a no ser que saque fuerzas de flaqueza y me desplome una ‘pájara’ como aquélla, vacío absoluto, sin redaños, se acabó el echar una mano al vecino, coger el corquete y cortar unos racimos más o menos, hasta que trinque el chollo y se acabó, difícil seguir a esos dinerales, reventará por la parte más ñaca, labradores y cosecheros de media reja, vinateros de lejano, limpio abolengo.

El zurriburri avanza lento, lo vigilan pupilas de hielo, y clama en el desierto contra los torvos engranajes, la sensatez da la razón a esta noria tenaz, hilandera de certezas, la plebe de la inteligencia sólo exige cumplir la Ley y se ejecuten los veredictos de la Justicia, si existe, que la presa puede enterrar de un zarpazo pueblos enteros, ¡y qué más da!, la soberbia hace oídos sordos, siempre así en la España tozuda y cañí que nos tocó en el bingo de la historia, los guiris del Palacio Foral ni se enteran, alguien ideó los tapones de cera para no escuchar los ronquidos de la conciencia, ¡que no!, tal situación ahoga, asfixia tal desvarío legal, que estáis birlando mis chauchas, yo también me siento parte, de algo servirá mi cuota anual, digo yo, y apoyar a los lúcidos ‘Solidarios’ y galeotes del agua, la tierra y el viento.

¡Itoitz vive!, vivirá sin hormigón ni yasas nocturnas que arrasen al vecindario al rayar el alba, ése es mi despertar, sin fallos ni contrafallos ni dejar soñar al profeta, y los mocetes no entienden por qué tanta gente mendiga cordura por los carriles del aguante, si hoy es sábado, y me preguntan si puedo volver a dormirme y “para qué madrugas tanto, aitatxi, si es de noche y no hay luz”.

Diario de Noticias, 18 de octubre de 1999

            Kortes Izal se me quejaba en el Sadar, bajo el hervor del “Bai, Euskarari”: “De los 25 mil que estamos aquí, habrá que saber cuántos y cuántas hablan Euskera y, sobre todo, cuántos lo usan en la vida diaria. Y hay que decirlo, Xabier, aunque duela.”

Dios me libre de echar un jarro de agua fría a nadie y mucho menos en estas fechas ni quienes carecemos de autoridad ante tal asunto. Se observa día tras día, oyes a los amigos, las amigas vascoparlantes, te hablan con la ilusión del neófito, los miras y escuchas con ojos y oídos profesionales, toda una vida entre idiomas, a enseñar y hacer hilvanar las frases más elementales entre el alumnado, 45 años de profesión, ¡maldita sea!, y el Euskera, quieto, faltó decisión para dejarlo todo por él, falta coraje, que sólo queda el pueril consuelo de haber aportado a Euskal Herria unos mendrugos de pan y los hijos euskaldumberris.

“Mis hijos aprenderán inglés o francés, pero Euskera, ¡ni hablar!”. Así nos rechazaban, por los tiempos de fundar la ikastola “Erentzun”, en 1978, y sus hijitos del alma no aprendieron ni uno ni otro ni otro, o sea, nada de nada. Dicen que fundar una ikastola por estos andurriales fue una hazaña, pero, no, dejémoslo en una ekintza más del frente cultural que abrimos entonces y ahora más que nunca, cuando las armas quieren oxidarse y el adversario suspira por que sigan echando humo.

¡Y no!. Construyamos con entusiasmo las trincheras de esta contienda nueva, tomemos conciencia del propio ser y existir idiomático, que ahí está el ejemplo de Ibarretxe y tantos otros. El quejido viene de muy lejos, al dudar en la elección de la ‘rama’ a seguir, francés e inglés en Madrid o Euskera en Salamanca, de la mano de Koldo Mitxelena. ¡Maldita la hora!.

El “Nafarroa Oinez ’99” debe producir el despegue de la guerra lingüística que nos urge, vivir en Euskera y que los hijos sean trilingües. Hay que arrancarse de raíz esa idea, falsa, corrrosiva, de que es más ‘elegante’ hablar castellano, francés o inglés, “porque son lenguas de la gente bien y de la alta sociedad”, “que la informática, la electrónica y la cibernética mandan”, “que con el inglés te recorres el mundo entero”. Cierto, pero hay que saber cibernética y hay que recorrer el mundo. Como decía Etxenike: “Con el Euskera no puedes explicar Física… si no sabes Física”. Y otra peor: “Como el fulanito de la cuadrilla no habla Euskera, hablemos en castellano o francés, para que no se vea marginado”. ¡Que no!, así no vamos a ningun sitio. Cuando pisé Francia y luego Inglaterra, ningún alma caritativa me habló en castellano ‘para no verme marginado’, ni lo intentaron. Y no tuve otro remedio que aprenderlos a marchas forzadas. Se nos acusará de racistas, nazis y todas esas mandangas, ¡y qué!, ¡qué  didáctica emplearon mis familiares, maestras y maestros en pueblos de Euskal Herria, para obligar a los chiquillos de sus escuelas, en Ianzi, Garaioa, Mutriku, etc., a hablar castellano!. Alguien dirá que no vamos a ser como los ‘españolitos’, forzarles a hablar Euskera a martillazos, como así lo hicieron ellos con los escolares euskaldunzarras. Pues, no, el hierro se forja sobre el yunque de la fagua, moldeándolo con las artes del pedagogo que tiene conciencia de su profesión. Y los padres tienen mucho que hacer, que otro día hablaremos de las ‘palabras-clave’, “les mots-clé” para ‘defenderse’ en un segundo idioma.

A la ciudadanía vascoparlante quizá le dé reparo hablar en Euskera ante quienes hablan castellano o francés. Pues, no: Tengan a gala hablar Euskera, que nadie se imagina el tesoro lingüístico que poseen. Que los mocetes salgan de clase y sigan hablando en Euskera entre ellos. Cúrsenlo, aunque reventemos de vergüenza y rabia quienes no lo conocemos. Dirígete en Euskera en las ‘ventanillas’ de la Administración, comercios, juzgados, bares, etc., que tienes pleno derecho a que se te responda en el mismo idioma. Y no os miréis el ombligo quienes lo sabéis y echar una mano a quienes lo desconocemos. Los “Nafarroa Oinez” deben servir para eso y no sólo para construir modernas instalaciones. ¡Qué hacer con el horno, si no hay harina!.

“Andalisto”

(Los “Sanfermines” vistos por un extraño)

           Siempre había oído contar a mi abuelo, en la orilla opuesta de la mar de alfombras fosforescentes, canoas de luna llena, que existía una ciudad sorprendente, donde millares de mozas y mozos, a las 12 en punto del mediodía del 6 de julio, se arremolinan en una plaza pequeñita y coqueta, de viejo nombre Judería, al abrigo del Consistorio y a la espera impaciente de que suenen las campanadas en “Andalisto” y rompan la monotonía del rutinario existir, y el señor intendente, que aquí llaman alcalde, se dirija a la multitud con un vibrante ‘Pamplonesas, pamploneses’, ‘¡Viva San Fermín!, ¡Gora San Fermín!, que estruja el corazón, una sensación sublime, y luego prende un cohete, que le llaman ‘txupinazo’, los campanarios crujen con el ronco cantar de los badajos contra el bronce, enfervorizado bandear, y el gentío, gentes venidas de los cuatro puntos cardinales, se anuda al unísono y al cuello un pañuelo rojo, se estira, tal que una serpiente blanca y roja, hasta la Plaza del Castillo por ‘Chapitela’, y se desgrana cantando y danzando al son de las charangas, que la música surge de repente, un fulgor, explosión de alegría, por todas las esquinas de las calles adyacentes, para durante ocho días con sus noches, sin lugar para el reposar, y la vida se transforma en un danzar y danzar irresistible, contagioso, la ciudad romántica, hospitalaria, soñadora de libertades, es una danza permanente y abre de par en par puertas, ventanas y balcones a la amistad sin remilgos ni condongueos, la amistad se desborda, y la juventud pide agua refrescante a los vecinos, baldes de agua, y gritan jocosos “no seas rata, que el agua está barata”, tal que así me lo contó el abuelo en los tibios atardeceres caribeños, y también me habló del ‘Riau, Riau’, que suprimieron y esperan disfrutarlo el año próximo, Dios mediante, no más, que lo extrañan, y mucho.

Peregrinación universal a la meca del desafío leal, noble, litúrgico, con la Bestia encelada de portón a portón, por ‘Santo Domingo’, rasgón de la temeridad, ‘Mercaderes’, donde la Muerte emerge dueña y señora, y la mítica ‘Estafeta’ sin fin hasta el ‘callejón’, junto al busto, bronce embadurnado de negro, del amigo tierno, Ernesto, de Gregrorio Fuentes, el viejo pescador, mi paisano, y el talismán del pañuelico se desperdiga en torno del símbolo, el poderío, la nobleza y el pánico, la muerte enhiesta en las yemas de los pitones, agujas pareadas, puñales de acero, perchas imaginarias a la espera siniestra de un derrote seco, certero, letal, que muge el olifante y los pastores conducen la manada, al anochecer de la víspera, de los corrales del ‘Gas’ a la capilla de la furia desatada, instante mágico, silencio ritual, sólo roto por el rozar de las pezuñas y el roncar de los cencerros, mientras la luna se acuesta entre sábanas verdes y trenza amores furtivos sobre las aguas mansas del Arga.

Y a las ocho menos diez de la mañana siguiente, mozos de todas las edades y algunas mozas se apostan en la cuesta encajonada cuyo nombre olvidó, cantan tres veces una coplilla al santo milagrero rogándole protección, los remos de la mocina vitorean al cielo. Nervios, sudor frío, que las manos se bañan en sudor, las piernas tiemblan, flaquean, una convulsión interior atenaza los cordeles del corazón en un puño, que aún no palpita jadeante, eso será luego, al final del cántico tercero, que “Andalisto” no se retrase, y enrollan el periódico por instinto de supervivencia, un asirse a la rama invisible, al manto fresco del aire hecho santidad protectora.

El temor a lo desconocido, incertidumbre, marrajo gazapón emboscado en la mata del adoquín, azuza y empuja las aspas del molino, el molino del miedo hace girar vertiginosos los cangilones y bombea, un atropello existencial, la rueda de la noria, el hervor de la sangre se refugia en el rincón oscurito del chofle y arranca, en el último minuto, treinta segundos, el latir imparable, sístole y diástole sin freno ni zoquetes, de los corredores, el pálido se diseca en el tapiz de la piel y sólo centellean miradas relucientes, luminarias del sueño, que se cruzan, se orientan al acecho del hueco propicio donde enfrentarse a gusto al rascar el aire un chorro humeante de chispas fugaces y plantar cara a la Muerte, la vida gira en el bombo del azar por el torbellino de regateos, marregas, ráfagas de placer indecible, un sentir placentero sobre las olas del viento guiado por la caudal de un diario cualquiera, sin lugar para el bufido, contenida la respiración.

Y se enfrentan, en una carrera de vértigo y duelo vital que le llaman ‘encierro’, a la torada salvaje de morlacos, que llevan el miedo y la ira en los ojos, derrotan sin reparos a un río de nombres bruñidos en las ondas del aire que requiebra por sus aledaños, ríos de vivencias sin restañar, y les pasan la mano por el lomo, un acariciar ligero, temblores de caricias, prohibido bajo multa de un derrote mortífero, que esto no es un juego de niños, un capotillo revolotea excitado, alas nerviosas de mariposa, el ambiente se impregna de un olor pegajoso a avalancha humana, y el héroe anónimo, viviente o exangüe, regresa al hogar y, al rato, la ciudad huele a ozono, limpia como la patena.

Dan las once de la mañana en “Andalisto” y la ciudad se inunda de un bandear a porfía de campanas en torres y espadañas, que las Autoridades, ataviadas con sus mejores galas y lindos atuendos de otros siglos, maceros, timbaleros y alguaciles tocados con gorros de guardianes pretorianos, pasean al Santo por las ruas más antiguas de eso que ellos llaman con el nombre primero de los ‘burgos’, desde la catedral hasta una iglesia consagrada a San Lorenzo, entre la plaza de ‘Los ajos’ y el ‘Rincón de la Aduana’, frente a los lindos jardines de la ‘Taconera’, remanso de paz, de uno al otro extremo del Casco Viejo, siempre arropados por la música, ahora a cuestas de la banda municipal, ‘La Pamplonesa’ se llama, que sus componentes miran de reojo al ‘Maya’, su primera escuela, y hacen sonar los instrumentos al imperio de una armoniosa batuta, que tiene duende y los acordes trepan y juegan al escondite por las fachadas de los caserones heráldicos, misterioso cuerpo de resonancia, algunas con sendas hornacinas para una virgen coloreada y la estatuilla de un santo, iluminadas a expensas del devoto vecindario, vetustas mansiones de hidalgos de abarca y bragueta, y las cuerdas del arpa de piedra de sillería vibran sobre el arco, interminable y rezador, de los espectadores de ambas aceras.

Y a las seis y media en punto de la tarde el esplendor de la fiesta se encrespa desde el albero naranja y rojo por los tendidos envuelto en música rosiente, encendida, un festival de guerreros sin flechas ni arcabuces, carros de música, chirría el carro palpitante de la música, un desahogarse garboso de las ‘Peñas’, las cuadrillas, de las mil amarguras y sinsabores engarzados durante una añada de angustias, infortunios, paro y marginación, adormecidos con la yerba de la resignación y la impotencia, charangas, gargantas reivindicativas, canciones satíricas, humor irónico espontáneo, sin intenciones perversas, a la sumisión ciega, a la libertad maniatada con los grilletes de la norma, se rompe la ley si no sirve a la fiesta, ocho jornadas rebosantes de un existir sin normas ni leyes ni reglamentos si perjudican, si se enfrentan a las ansias enfervorizadas por vivir en plena libertad, ansias trabadas por la obediencia a las leyes establecidas, carriles del miedo a la libertad destronada, sol y sombra encarados, unos frente a otros, juventud y tanganillo, el tanganillo de la corbata sin corbata, y al carajo las preocupaciones y problemas de la empresa y el negocio, que basta y sobra el pañuelo de identificación festiva, banderín de enganche, el talismán de esta fiesta, temblor del letargo y la rutina, intensamente religiosa, perfectamente organizados cada cual de sus pasos, andares firmes, programados, ni un resquicio a la improvisación, todo puntual y perfecto, siempre en punto, a punto y en su punto, atracciones y espectáculos diurnos y nocturnos para todos los gustos, edades y pareceres, incluido el torrente atronador del ‘Estruendo’ en la plaza del ‘Zacatín’, ‘dianas’ de luz, destellos de madrugada, fogatas de euforia al amanecer, y las pupilas brillan y danzan, que el reloj suizo no cuenta, “Andalisto” nos mira impasible con su ojo blanco desde la cresta de la fachada consistorial, hermosura de renacimiento, y nos hace guiños de jolgorios, cánticos y bullicio con sus pestañas de hierro viejo, sin firma ni sello, mientras las comparsas de gigantes danzan sin reposo durante toda la mañana y los kilikis y zaldikos, nuestros cabezudos, inundan de sustos a la chicurrería, ‘Caravinagre’ al frente.

Y el fuego, cascadas de estrellas, gusanitos, culebritas zigzagueantes, palmeras, chorros de azul turquí, blanco, verde, morado y rojo, rompe en los fosos de la ‘Ciudadela’ los portones de la noche, que la noche despierta, cada rua un hormiguero, se alarga hasta el alba sin prisas, más música, siempre la música, acordeones en la plaza de ‘Los Burgos’ y la placita del ‘Redín’, con su trampón y el pasadizo colgado, harapos de fortaleza-vigía, y una rugosa acacia centenaria encarada al monte ‘San Cristóbal’, fanfarres en la elegante plaza de ‘La Cruz’ y su fuente en forja de Benlliure, una trikitixa en el solitario rincón de ‘Virgen de la O’, enlazada a la plaza de ‘Los Ajos’ por la rua de Urainodia, flautas en la plazoleta, triangular y sombría, de ‘San José’, al costado de la Catedral, grupos musicales de la migración del hambre y sin partituras en ‘Navarrería’, gaiteros en la plazuela del ‘Consejo’, dantzaris en ‘San Francisco’, jotas bravías al Santo en el pocico de San Cernin, y se quejan, que la jota se les muere ahogada por la música gringa, bandas de txistularis desparramados por la plazoleta de ‘Santa Ana’ y su misteriosa casa de la hiedra, el ‘Rincón de la Pellejería’, cerrado a cal y canto, un pozo antiguo de agua en el centro, vestigio ruinoso de la floreciente mansión del 4º y último Condestable de Lerín, un saxofón solitario que se adormece de jazz en la plaza de ‘San Nicolás’, junto al rinconcito, también triangular, de ‘Indatxikia’, un violín que silba al cielo bajo el monumento a ‘Los Fueros’, en el paseo de ‘Sarasate’, bailables para los mayores, alejados del borbotón de la fiesta, en la ‘Media Luna’ y los mil rincones dormidos de esta ciudad de sueños, fortín de la libertad, encinchada de murallas, pasadizos secretos, fosos, puente levadizo en el ‘portal de Francia’ y jardines, árbol y césped plantados en la conciencia ciudadana, cada natural hortelano, jardinero de su jardín y su árbol, sus plantas, con ternura, un afán ejemplar, un árbol en cada palmo de tierra.

Por fin, a la medianoche en punto del día postrero, el ‘Pobre de mí’ en la Plaza Consistorial, un desgarro de adiós y hasta el año que viene, nos despide la intendente, que este año es señora, la primera mujer de la historia, Yolanda Barcina de nombre, menudita de carnes, y recalca desde el balcón presidencial: ‘¡Ya falta menos!’, y las charangas entonan una musiquilla penetrante, tristona, un desmayo de música, que te atraviesa, se te cuela por los poros de la piel, los párpados se arrasan de lagrimitas de pesadumbre bajo un lago de chispitas centelleantes de fuego en la última noche sanferminera, la más triste, que se mastica la tristeza en los recovecos angostos de la muchedumbre, se eriza el vello, y la señora intendente rompe a cantar y la gente se arranca los pañuelicos del cuello, iza sobre las cabezas miles de miles de candelas encendidas y cantan, orfeón de leyenda, y las tracas, todas a la par, llenan de estampidos la ciudad, que el forastero quiere quedarse de fijo si alguien le tiende la mano fraterna y le ofrece una choza para sestear unas horas no más, que la fiesta te agarra, contagia, Pamplona te prende y te hace suyo por el resto de tu existir.

Nota: Xabier de Antoñana participó con este trabajo en el Concurso periodístico internacional ‘San Fermín’-1999, en la modalidad expresada en la base tercera y quinta, ‘Trabajos periodísticos de prensa’, ilustrado con cinco fotografías sobre diversos aspectos de la fiesta, bajo el seudónimo ‘Aquiles GOÑI ARALAR’.

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