Archivos para el mes de: septiembre, 1999

30 de septiembre de 1999

             Pueblo en fiestas, gozarlas durante tres días, del alba al anochecer, no es demasiado pedir, se merecen la atención del vecindario, echar el resto por los chiquillos, disfrutar de sus ojos redondos, sin mesura, asustados, colmados de sorpresas, descubren que se organizan para ellos, y lo captan, saben que su barrio, la Navarrería, la Aldapa, Barquilleros, la Curia y la Mañueta, hasta la plazuela de ‘Los Burgos’, es el escenario adornado con gracia especial por la mocina, alegre, sana, sin taras modernas, ¡da gusto verlos cantar y danzar!, y que nada falte, en cabeza su ‘alkate txiki’, Aritz de nombre, que también los mocetes tenemos derecho a que alguien nos represente y nos mande con decencia, y en las ruas de los burgos, laboriosos, canteros de soberanías, la Iruñea-Estado, cada piedra lleva tallado a cincel su altivo existir, la historia de los mayores, reliquias, joyas de anticuario, que no lo apreciamos, de enorme valor, hay que leer entre las grietas, las piedras mohosas, braseros de ceniza, que las heridas, purulentas, mortales, del tenaz guerrillero, sin origen ni lugar de nacencia, están grabadas a fuego en estos pergaminos de lejanos orgullos de libertad.

Somos el barrio inicial y aquí nos quedamos, en su día y punto renunciamos a las hechuras soberbias de los ‘ensanches’, seguimos erguidos sobre los adoquines, anclados en el tiempo, la guarda de la ciudad contra la extranjería, que llegaban legión, asedian la fortaleza, fallidos intentos de aniquilar con ingenios de pillaje en sus fieros asaltos por los fosos de las murallas y nadie rompe el cerco ni salta el puente levadizo de Zumalakarregi, ¡dónde está, torpes, la puerta vieja!, ni combatiente ninguno comete la osadía de rendirse, a no ser por hambre, sed y el virus maligno del soborno y la ponzoña a la tenue luz de un candil.

Fue un disfrutar a sus anchas, se retrata en el semblante de la multitud, se palpa el calor de la paz, que los ‘txikis’ no entienden y algún día deberemos explicarles esa amarga lección de historia, candente, de ayer, tan reciente que, a punto de terminar los festejos, los pasquines anuncian, a la caída de la noche, que ya nos dejó otra víctima cruenta de una guerra sin fecha de caducidad.

Nota no publicada del autor: No acentúo ‘rua’, porque así figura en el callejero, tanto de Biana, Lizarra o Iruñea, aunque la Academia lo hace.

Diario de Noticias, 21 de septiembre de 1999

(Publicado bajo el sobretítulo de ‘Desde la muga’)

Me niego, en 22 líneas de texto y 60 tipos por línea, ¡al menos 23, señor director!, a ser un trasto viejo dormido para la posteridad en un rincón del desván, que no, quiero seguir estando, cuidar mi jardín a mi antojo, tal que Candide, de Voltaire, sin pienso ni pesebre ni órdenes cuarteleras, yo no marco el paso bajo el rugir de ningún capitán, allá, en el Carrascal, Loitegi de nombre, buena persona y mejor corredor del encierro, ¡dónde están mis compañeros de tienda de campaña!.

No quiero morirme sin rubricar deseos postreros, que éstas son las ansias de la Muerte, componer música, melodías al pensamiento, que los fonemas sean las notas de mi partitura semanal. Quiero cuidar mi trocito de jardín en la Taconera y la Media Luna, que tengo mi parte, señora Barcina, soy dueño de mi almute y debo cuidarlo con esmero y la ayuda de mis nietos, ciudadanos de nación de esta Iruñea de burgos, capital de la vieja Nación.

Déjeme usted, Yolanda Barcina, cultivar mi vergel, modelar los rosales a mi gusto y placer, criaturas vivientes, sentir las caricias del césped a mis pies, mi césped, verde, lozano, fresco, de los jardines y jugar al esconderite en torno de las gigantescas secuoias, lanceros del azul celeste, y que sus municipales, sin sangre de guardias ni capitanes ni policías, hagan la vista gorda, por favor, y me permitan mimar las flores, limpiar las fuentes y retozar entre las plantas con mis retoños en paz.

15 de septiembre de 1999

La parva se amontona en la era, los tíos y los peones se ponen nerviosos y miran al norte, que el cierzo está dormido y se respira tamo, sol y silencio, un sol abrasador se acuesta implacable sobre la mies recién trillada, diario girar del trillo sobre los haces acarreados al atardecer de la víspera, la galera descargó y otro viaje más para mediodía. No mueve un pelo de aire, que esta noche dormiremos al raso en las chozas construidas para la chicurrería con un par de hacinas y empezar a aventar al amanecer, cuando el cierzo despierte y las palas comiencen a airear la mies, mientras nosotros jugamos en los orillos con las mariposas sin preocuparnos de las avispas y reímos y gritamos, hasta que el sol rompe y rasga la raya, roja, zafiro y salmón, del horizonte. Maravillosos tiempos de la infancia, que ya se murieron, la familia entera en torno del tronco, costales de querencias que un hada maligna degolló para siempre.

Y ya son demasiados los años de acumular vivencias, ilusiones y desgarros sin fin, a la merced del viento cierzo que nos ayude a separar el grano de la paja, coger el celemín e ir llenando los sacos y subirlos al hombro hasta el granero. Un trabajar sin reposo, mientras crecíamos y llega la hora de ingresar en el instituto, hacer el bachillerato y partir hacia la universidad extranjera, que nadie va a regalarnos nada, ni siquiera los buenos días, el ansia por trabajar, sello heráldico de la casa paterna, epitafio de mi fosa sin señas de identidad ni mármoles de Carrara, que así será cuando me lleven a enterrar. Que me duerman en mi tierra, la mía, que no me la robe nadie, quiero la mía, la que pisé desde niño en el entorno familiar, la tierra que me dejaron mis padres en herencia, cuatro tormones en los montes comunes, pero mía, y lo siento por Demócrito, “El alma buena tiene por patria el mundo entero”, que no, que la mía es pequeñita, a lo sumo alcanza del Ebro al Adur, pocas robadas, pero nuestra, la casa de mi padre, que no me la arrebate nadie ni extranjero ninguno holle la tierra de mis antepasados, que tanto sufrieron, lucharon y murieron por ella.

18 de septiembre, un año entero laboreando, sudando la gota gorda hasta oír palpitar el corazón de los sueños, siglos de espera por recoger la fruta en sazón, que ya germinó la simiente que sementaron nuestros héroes nacionales, gudaris lejanos y cercanos, y más y con tanto ímpetu nuestros pensadores, una regletera de antorchas que iluminan el camino de la independencia de Euskal Herria.

La Asamblea de Municipios Vascos tiene la palabra, que debiera nombrarse “Asamblea Constituyente” o “Cortes Generales”. Es la hora de plantar los cimientos del Estado que queremos recrear y debemos construirlo a modo, sentirnos orgullosos de la obra bien hecha, botar la nave ideal en la que poder navegar en paz, libertad y soberanía plena. Colmarán el sendero de insultos, aberraciones, infundios, no nos dejarán ni respirar, que la campaña mediática de estos días es vergonzosa, repetición monocorde del léxico hiriente, morboso, “tutela de ETA”, “control de ETA”, “PNV preso de ETA”, “Herri Batasuna”, “HB, HB, HB”, insiste la prensa española y el seráfico bartolo Iturgaitz, un chascarrillo de ángel, que no se entera, ve menos que tres curas en un montón de cal, no aprenden que HB se dice EH, lanzan basura contra los firmantes del Acuerdo de Lizarra-Garazi, pero que nadie, incluida la Organización, pierda los estribos, ¡ansían que ETA vuelva a la carga!, y la respuesta debe ser calma, trabajo y eficacia para recoger la parva en su día y punto.

Al ver prosperar este Organismo, “Cortes Generales”, enraizando con la más pura tradición del Viejo Reyno de Nafarroa en los albores de nuestra Nación, allá por los siglos XI y XII, nos lanzarán la jauría de lebreles, tal que en Kosovo, el Sahara o Timor, pero es igual, sigamos cabalgando sin olvidar ni enterrar el problema político secular, no sólo paz por presos. Las “Cortes Generales” deben constituirse en Órgano superior, por encima de Juntas y Diputaciones, máximo Órgano en rango y carácter consultivo y representativo, interlocutor del que ahora adolecemos y donde tengan escaño todos los sectores sociales, incluso los “infanzones de abarca y de bragueta”, al cual puedan dirigirse las Cancillerías y Gobiernos del mundo.

Nota no publicada del autor: Los ‘orillos’ no es lo mismo que las ‘orillas’. Decimos ‘regletera’, aunque la Academia no lo trae.

Deia, 11 de septiembre de 1999

            Transmite un sabor especial, un cosquilleo recorre los entresijos de la piel y ronronea que sí, que mereció la pena, que merece la pena cualquier sacrificio con tal de sentir la cultura de tu pueblo reverdecer por las losas de la plaza de ‘Los Fueros’, coqueta, linajudo salón de esta ciudad perdida en el laberinto del transeúnte con la que tropieza por azar, camino de Santiago, y exclama qué pasa aquí, qué es esto, piedra, silencio y sueño, cuenco de la soledad, el susurro de lejanas batallas sin ningún reparo a las fuerzas de ocupación, que sólo Pérez Galdós la retrata, ‘la ciudad de las moscas’, y sorprende a los correcaminos literarios, ‘un pueblecito del que nunca oí hablar’, que escribe Luis Racionero.

Y un 4 de septiembre, merced a nuestro Ayuntamiento, se te presentan los dantzaris de Tudela, que actuarán a las 7 y media de la tarde de un caluroso atardecer, siempre el calor, calores, yasas y pedriscos, desolación, sangre de sus ciudadanos y ciudadanas sin ley, dicen, ‘la ciudad sin ley’ llegó a llamársele en tiempos no muy lejanos, entre las sombras del atropello sin piedad bajo el manto de la “legalidad vigente”, Sr. Azkuna, y la ‘tutela’ de España y Francia, el vecindario rasga las leyes, cierto, “se obedece pero no se cumple”, que ante Franco todo era unidad cerrada contra el dictador, sus decretos, esbirros y colaboracionistas, aquí nadie sabía nada, nadie ve nada, nadie suelta prenda, como debe ser, ‘Fuente Obejuna’, tal que nos la pinta con pelos y señales, la rebelión popular de la que ya hablé, el querido amigo Alfonso Sastre.

Y danzan al son de los gaiteros de Lizarra, sus ágiles pies desafían a la ley de la gravedad, un sentido profundo del ritmo, la cadencia en los pasos del baile de ‘La Era’, del ‘Fandango’ de Tutera, ¡dejadme escribirlo así!, y tantos otros de su repertorio, danzas de la montaña de Nafarroa, la Navarra euskaldun, un derroche de armonía, palpitan los tonos humanos, innecesarios, la danza se hace comunicación, lenguaje universal, el cantar y el danzar es el “Foro”  más eficaz en el proceso de la reconciliación nacional de Euskal Herria.

Y una rencilla grande se enzarza entre los aplausos de los espectadores, nadie se mueve hasta el último compás, incluso se comentó por qué no hay algún ‘bis’ de pitanza, que el público lo habría agradecido. Y uno se pregunta por qué vosotros sí, que lográsteis crear y mantener el grupo municipal de danzas, y nosotros, vino y merendolas. Lo hicimos mal, sí, desastroso, que hace muchos años creamos el nuestro, días de laboreo a destajo por resucitar la propia cultura en la Ribera, la cultura de Nafarroa, no sólo de las ‘Vascongadas’, pero nos lo dejamos caer por la idiotez de ser “danzas vascas y aquí no queremos nada con los vascos”, verano del 1977, guerra a la ikurriña, los cuneteros y retoños se despiertan de un brinco, que la ignorancia es la madre de la valentía, los navarreros de antaño y hogaño hurgan en la mugre de las cocinas, se pitorrean de la dignidad, véase el reciente Acuerdo unánime de Andosilla para izarla, enzikiñaron el ambiente de concordia que reinó frente al General de fusileros y zirikearon por todas las esquinas. Por fin, los concejales de EH en ese pueblo navarro la ataron en los barrotes del balcón, por caridad y sin mástil, pero allí está, nuestra enhorabuena al vecindario entero y Corporación, y no se entiende cómo los dirigentes de UPN cayeron en tal desvarío, no el negar el pan y la sal a la ikurriña, no, sino inducir a sus ediles a cambiar el voto. A este paso, fechado el esotérico 9.9.1999, cavarán el hortal con layas, que las aceitunas se aliñan en la tinaja con sal, limón y laurel.

 

Y aún es tan digno de resaltar el carácter pedagógico que imprime la locutora en cada una de las actuaciones, da detalles históricos, sin olvidar la jota de ‘Viva la Pepa’ y su origen, si bien, en este punto, su autor pensaría no sólo en Josefa, la mujer de su amigo, sino también, digo yo, en el grito de ‘¡Viva la Pepa!’, o sea, la Constitución de Cádiz, la 1ª, promulgada el 19 de marzo, día de San José, del 1812, razón por la cual la gente le llamó ‘La Pepa’ en un rasgo ironizante, tal que cantamos y bailamos ‘Carrero voló’ cuando éramos una piña abertzale y no como ahora, ¡hechos trizas para el desgüace por torvas minucias!.

9 de septiembre de 1999

(probablemente en Deia)

            Lo prometido es deuda, que se acumulan las noticias, el tiempo no cunde, son demasiadas las cosas a comentar, mas ya es hora de difundir sin reparos el símbolo que representó a los ciudadanos, por entonces súbditos sin vasallaje, hombres y mujeres sin pechas a ningún poder, ni siquiera el real, que a nadie le importa un comino si la infanta “Urdangariña” da a luz un niño o una niña, gemelos o mellizos, gentes del buen hacer, sin doblegarse ante el yugo de ningún invasor, ideólogos de lemas como “Pro libertate patria gens libera state”, de los infanzones de Obanos, o el nunca bastantes veces citado Pase Foral, “se obedece, pero no se cumple”, al cuerno con la “legalidad vigente” si la ley ataca a la dignidad, la hombría del vecindario, la libertad y la soberanía de la Nación sometida por la ineptitud regia.

 

Prometimos insistir en el símbolo primero, el sello real de nuestros monarcas, que fueron antes que ningún otro de ninguna Nación de medio pelo que existiera en las postrimerías de la baja Edad Media, mientras nuestros antepasados andaban por los albores del milenio como Estado soberano. Y ese fue el sello que figura en escudos, fortalezas y cuños reales, así como en otros “Fueros y Cartas de Población”. Ya en el “Fuero del Águila”, concedido a la ciudad de Biana por el Rey don Sancho VII, en 1212, figura el “Arrano Beltza” como único símbolo de la realeza, el quebrantahuesos, sobre el cual deberemos seguir investigando. Y así se conserva en el archivo municipal. No aparecen para nada las cadenas ni Dios que lo fundó. El emblema regio figura en todos los documentos, el “Arrano” acoge bajo sus alas el sentir de unidad del Viejo Reyno entero, que nuestros reyes le llaman “signo” y lo estampan junto a la firma, y no ese engaño que trajeron después, y así lo hacen saber historiadores de talla, seriedad y trabajos rigurosos.

 

Uno se pregunta por qué se le dió bombo y platillo a las “cadenas” y camuflaron el “Arrano”. Sí, de acuerdo, que aparecen sobre el escudo de un guerrero, en la catedral de Chartres y algún otro lugar, pero, muy lejos de ahí, el “Arrano” figura en mi pueblo, en el pergamino original del Fuero, que es lo que cuenta, no porque sea el mío. Se encuentra también en otros edificios y de donde habrá que partir: El castillo-iglesia de Uxue, a la entrada de la Ribera de Nafarroa, y en Tutera, por citar algunos. Y no es casualidad que se plasmara en tantas fortalezas de Euskal Herria, entonces independiente, que nada fue casual en el azaroso existir de la Nación.

 

Sí, cuentan, nos lo contaron así en la escuela y el hogar, que el rey de España (sic) nos las concedió en premio a los servicios prestados en las Navas de Tolosa contra los moros. ¡Pero quién tuvo tan alucinante imaginación!. O sea, el Rey Sancho VII el Fuerte se va a buscar caracoles a terreno de secano, a Túnez y a las “Navas”, abandona el gobierno de su Reyno y “España”, que no existía, le otorga de trofeo unas cadenas roñosas, caramelos para el nene, mientras los extranjeros le comen territorios por los cuatro costados. Nadie pensó que el origen de esas cadenas debiera buscarse, quizá, en la leyenda de Teodosio de Goñi, el penitente de Aralar, muy anterior a ese desliz real de ayudar a los castellanos contra el infiel sarraceno. El cogollo de Euskal Herria está ahí, en ambas vertientes de Aralar, que por algo el PNV, con fino olfato histórico, celebró el primer “Alderdi Eguna” en la mítica montaña de la Nafarroa Osoa.

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