Archivos para el mes de: agosto, 1999

30 de agosto de 1999

Jamás una ‘ekintza’ pacífica levantó tanta polvareda internacional. La Historia contará que hubo una vez unos señores capaces de poner el mundo boca abajo, un devoro mediático, y flagelaron la mala conciencia de los gobernantes en política penitenciaria. Hubo una vez unos vascos ingeniosos que, en los Campeonatos mundiales de Atletismo Sevilla’99, reclamaron delante del universo un trocito de cárcel cerca de sus familias para cientos de compatriotas, prisioneros políticos, que siguen presos en tierra extraña. Sólo falló un detalle: Escribísteis ‘Bask’ en lugar de ‘Basque’, y es que ‘to bask’, en inglés, significa ‘asolinarse / disfrutar / encantarle a uno algo’, y, al ir en imperativo, dice ‘asolina prisioneros’, ‘broncea prisioneros’ o ‘disfrutad, prisioneros’. Pero no os importe, que estuvísteis geniales. Esa escena pasará a la Historia del Periodismo. Más aún: Si el presentador, Carlos Herrera, y su comparsa hubieran sabido esto, no habrían permitido detener a las dos giraldillas ‘subversivas’, pero son incapaces de hilar tan fino en inglés, se limitan a enzikiñar el castellano de anglicismos y a acusarles de colaboradores de los terroristas.

La mascota era un muñeco a quien llamaron ‘giraldilla’. Y también aquí aciertan, que el duende funciona. Da qué pensar por qué se le dio el nombre de ‘giraldilla’ y nadie, que sepamos, lo ha comentado, que una giraldilla es término taurino, un farol de remate con la muleta, muy vistoso, espectacular, que redondea y cierra con alegría la serie de muletazos. Quizá se pensara en llamarle así por asociarla a la Giralda, diminutivo de la torre sevillana, aunque más bien creo que fuera eso, el farol taurino, capricho de Antonio Bienvenida.

Uno falla y se equivoca, que somos humanos, eso dicen, mas errores hay desbordan el vaso de la paciencia: El uno, Miguel Sanz, mi lehendakari, asegura que sabe bailar el ‘Agur, Jaunak’ y el otro, Raúl del Pozo, nos habla de ‘Mikel’, que así titula en ‘El Mundo’ el 28 de agosto, o sea, ‘Mikel Antza’, portavoz de ETA en este momento, ¡cuánto sabe el señor Raúl!, y nos cuenta que “ETA no aspira a cambiar prisioneros por un tanatorio florido donde jóvenes sonrosados bailen el ‘irrintzi’, pero habló de independencia en la primera reunión con el Gobierno el día 19 de mayo”. No sabemos qué querrá decir eso de “cambiar prisioneros por un tanatorio florido”, pero es cita literal de su texto, no de ETA. ¡Más imaginación que Julio Verne!.

Estos ‘coleguis’ poseen tales fuentes de información que el MOSSAD es un enano, te dejan pasmado, saben latín. Sus conocimientos en asuntos de Euskal Herria es sorprendente, hasta saben que un ‘irrintzi’ es un baile. O sea, dantzaris del interior y la diáspora, inventad los pasos de tal dantza y prometedme ofrecérmelo, al llevarme a enterrar, sobre la tumba de César Borgia, Generalísimo de los Ejércitos navarros, que me mira día y noche con su ojo de mármol blanco al pasar a diario junto a él y los transeúntes cumplen el anatema arzobispal: ‘Entiérrese en la vía pública para ser pisado en castigo a su depravada vida’. Aquel día, que lo barrunto, quiero sentir a un dantzari, sólo uno, y de Lizarra, trenzar los pies, al son del txistu y el tamboril, en el aire de esta tierra roída por unos y otros, al estrenar el baile vasco creado por un sabiondo ‘colegui’ español.

Y ahora, un encargo: Me lanzáis un irrintzi desde la almena ciega de las murallas, sí, sí, potente, inacabable, rizáis una ‘giraldilla’ en torno de mi ataúd, que se oiga a una legua, allá, donde se encuentra la muga, y yo os responderé desde la soledad de mi sudario con el silencio clamoroso de los gudaris muertos.

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Deia, 28 de agosto de 1999

Uno se empapa de las crónicas taurinas, antaño y hogaño, torrentes de léxico, imágenes, metáforas, que cualquier tierra es generosa para cosechar y poder manejar el idioma a tus anchas. El lenguaje taurino es una fuente de expresiones que no dudamos en emplear por su belleza o su plasticidad descriptiva. Los idiomas europeos están enfermos, les falta savia y tal pobreza se agudiza a pasos agigantados. Hemos perdido la riqueza lexical de otros tiempos, carecemos de vocabulario, no pasamos de palabros y la subsiguiente blasfemia monda y lironda.

Estábamos hablando de toros. Toros, sí, toros, no. Y surgen tímidos movimientos para luchar contra la matanza taurina, la degeneración de la sensibilidad, la orgía de la bestia contra el espíritu. Grandes autores, poetas, pintores y ensayistas crearon obras maestras con el toro como eje central, pero debemos ir tomando conciencia de que algo no funciona para, poco a poco, explicarle al aficionado que ya está bien de sangre, cuernos y espadachines, lo cual no será difícil, que lo peor reside en el aficionado de puro habano, rito y pito. Gentes que apenas entienden, que no distinguen entre una media cambiada, una revolera, un bajar la mano, un ‘asomarse al balcón’ con los garapullos, una chicuelina ceñida, y no las chicuelinas de un ‘maestro’ que se vieron en el coso de ‘Vista Alegre’ de Bilbao el día 19 de agosto, ¡bailarín sin duende ni templanza!, o un natural, de derecha o de zurda, porque el auténtico natural es el realizado con la derecha y no con la izquierda, como se piensan los aficionados de postín, los de dejarse ver y exhibir su haber en contrabarrera.

Si no corre la sangre, o amagos de sangre, y si, para colmo, no hay faena, salimos desencantados. Grecia ideó sus pacíficos juegos olímpicos, Roma creo el circo salvaje, Euskal Herria imaginó la danza popular y el cantar colectivo, España fomentó las corridas de toros, que lo de Creta es harina de otro costal y lo de Navarra, origen del toro de lidia, una fantasía. Una corrida de toros es la expresión cruenta de secretos inconfesables escondidos en el subconsciente, que la cultura del toro se empeña en extender para que otras culturas se identifiquen y tener una justificación a tal fechoría. En la guerra del 36, una de las formas de ejecución fue estoquear a los prisioneros hasta el descabello y muerte, ¡histórico!.

Y es que ‘lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible’, que dijera Rafael ‘el Gallo’, cuenta la leyenda, ante un toro imposible de matar, digamos degollar. Soñar en que la ‘fiesta taurina’ desaparecerá es eso, un sueño, que son enormes los capazos de millones en juego, pero algo habrá que hacer para reconducirla por otros derroteros menos sangrientos, sin perder su estética. Conseguirlo sería un milagro de Lourdes, que asistir a los toros es el reflejo transparente de la vanidad y el enfrentamiento del fuerte contra el débil, el indefenso. El ‘maestro’ es una casta y representa a esa casta de iguales y poderosos, la cual se identifica con él y su obra: el acoso y derribo del débil, quien necesita la lucha de la vida y la muerte en el albero para acallar sus desventuras durante dos horas. La corrida de toros es la inteligencia redonda puesta del revés y el matador, tieso y solo en el platillo, es el único que sabe qué quiere y a dónde va.

Y a eso vamos: Produce muy mal efecto intentar combatir sin el debido decoro los festejos taurinos, plantarse en los aledaños de la plaza de Iruñea este pasado ‘San Fermín’ y responder a los insultos de los asistentes al espectáculo. Si estos señores, los del “puro, rito y pito”, llegan al tendido de sombra de punta en blanco, los ‘antitaurinos’ deben ir impecables en su vestimenta, repartir octavillas y pegar pasquines de protesta con educación, sin algaradas, igual que ellos, tal que ellos, y entender de toros mucho más. Y así se ganarán la comprensión de los aficionados empedernidos, quienes de toros entienden un rato, porque quien alardee de entender a fondo se delata a sí mismo en dos palabras, es dificilísimo, nunca se consigue, que incluso el comportamiento del bicho es distinto en cada suerte y te equivocas a la primera de cambio. Sólo el aficionado de verdad nos merece un gran respeto, entiende y mucho, pero son escasos y nunca alardean de su saber. Muy pocos espectadores diferencian, por ejemplo, un quite ‘por navarras’, del compatriota Jaime Noain, una ‘gaonera’, del mejicano Gaona, y un ‘delantal’, o algo tan simple como la ‘suerte contraria’ y la ‘suerte natural’. ¡Quién lee, al día siguiente, la crónica taurina!. Pues, eso.

Deia, 20 de agosto de 1999   

Una ‘pintada’ no es nada original, que los griegos las emplearon, proliferaron con los romanos y siempre fueron el mejor medio de comunicación popular, cuando ésa era la única manera de llegar al gran público, ni televisión, ni radio ni voceros ni diarios de ninguna especie, que esto de dirigir un mensaje al Poder a través de la letra impresa es muy reciente, cuatro días no más, año de 1620 en el país de la cultura y las revoluciones frustradas, que Francia resultó el país menos revolucionario del planeta, hondamente burgués, a pesar de Voltaire, maestro en la ‘octavilla’, y sus afanes mitoclastas, sin olvidar a Quevedo.

Francia sentó las bases de cualquier revolución, empezando por Rabelais y su sátira social, Descartes, que logró destripar el juego de la razón anquilosada en el mundo medieval y coloca al individuo como centro del universo, idea ya expuesta por Suárez, siguiendo con Montesquieu, solitario en su agonía religiosa interior, engendra la separación de los ‘tres poderes’, que los gobernantes actuales continúan manoseando y usándola a su antojo, y cierra la hilada Rousseau con su ‘Contrato’ y los teóricos del Romanticismo, entroncado en la lucha por la libertad individual, que no abordaron a fondo la libertad social, la libertad para el cuerpo social. No acogieron la lucha colectiva del siglo de oro español, aunque Victor Hugo intentara remediarlo exaltando la lucha popular de toda una ciudad, o de una clase postergada, contra la dictadura de Napoléon III, a quien tanto combatió desde el destierro, pero ya era tarde, la Revolución del 1789, carroñera de Euskal Herria, dibujó el ‘trapito’ y la ‘Marsellesa’ y se quedó en los hilvanes, que muchos de sus postulados siguen intactos, incluso la manida ‘Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano’ del 1794. ¡Y qué decir del “Mayo-68”!.

La ‘pintada’, la ‘octavilla’, el ‘panfleto’, son intrumentos permanentes de comunicación del pueblo con sus gobernantes. El ‘populacho’ necesita hablar, dirigirse a los estamentos del poder y advertirle que no, que debe corregir tal o cual iniciativa. Y el gobernante, ciego y terco, no halla otra solución que borrar las pintadas, rechazar sus mensajes y machacar a sus autores. Y así, no. Si la Ley no es vehículo de paz, se hace trizas, ‘se obedece pero no se cumple’.

Nos pasamos la vida soñando en la definitiva revolución popular, no burguesa, que reduzca las diferencias ideológicas y sociales que tantas guerras han provocado. Y, si la juventud intenta darnos lecciones para que el carro avance y no se entorque en el fango de la indecencia política, los apaleamos, detenemos y convertimos en piltrafas de la sociedad, de esa sociedad de alardes imaginarios, y nos llenamos la boca, pendejos de la política, con aquello de la solidaridad, igualdad, libertad y fraternidad.

Una pintada fresca lo deja muy claro: “Azkuna, no pongas el trapo”. De acuerdo en que una bandera, si no entraña en los pliegues de su tela el sentimiento liberador de un Pueblo, es un trapo y sólo un trapo. Hace 17 años me llamó un juez de Iruñea, me toma declaración y me dice que ‘alguien’ se ha querellado contra mí por decir eso mismo en el difunto ‘EGIN’ con el título ‘Simbología de los trapos’. Fundé mi argumentación en que el ‘drapeau’ francés, ‘trapito’, viene del germánico ‘drap’, o sea, ‘trapo’. Si ese ‘trapo’ no me dice nada, como ciudadano de Euskal Herria, porque mi verdadero ‘trapo’ es la ikurriña y el ‘arrano beltza’, estandarte de los ejércitos navarros y así se conserva en el Palacio Foral, en el monasterio de la Oliva y en la iglesia-fortaleza de Uxué, esculpidos en piedra sobre sendas claves de las bóvedas góticas, y las ‘cadenas’, que figuran en la catedral de Chartres (Francia) y en la iglesia de San Miguel de Lizarra y fechados ya a mediados del siglo XII, o sea, muy anteriores al cuento chino de las ‘Navas de Tolosa’. Si ese trapo, digo, no evoca nada a la gran mayoría de la población ni se identifica con él, no es su trapo y, si el poder dominante lo iza en el mástil oficial, un adorno provocador contra la estética política, quedan dos caminos: o mirarlo con indiferencia y desprecio o eliminarlo, tal que así se hizo en su día en la Plaza de ‘Los Fueros’ de esta ciudad.

A tal querella, alguien, con gran sentido común, le dio carpetazo. Y ahora volvemos a las andadas con ‘la guerra de las banderas’. Y el alcalde de Bilbao se descuelga con esto: ‘No vamos a hacer una III Guerra mundial’. Pues, eso, que no se puede andar bandeando y en la procesión. El Pueblo vasco nunca necesitó símbolos ni leyes extraños para ser, los creó. Así se ve, con la debida cortesía, desde estas tierras mugantes.

Deia, 11 de agosto de 1999

            Fecha solemne, que mi madre me trajo al mundo un bochornoso día de calor pegajoso entre las cinco y las siete de la tarde y tanto fue el esfuerzo que el sudor traspasó el colchón de lana hasta los muelles del jergón, calor atosigante, mes de agosto por estas sernas, viñedos y olivares, mas los almendros, a miles de miles, se abandonan por negarse a ser rentables, y el sol cae a plomo, los pájaros se tumban de sed, les falta el aire, y refresca al atardecer, los veraneantes, guipuzcoanos y vizcainos, lo agradecen, chupan con ansia el cierzo, les contaron que es muy seco, bálsamo para el asma, el reúma y la bronquitis, cierto, y se pasean por los pinares, donde la sequedad te enfrasca, los árboles no crecen con ganas, es un medrar falso, que el tiempo se durmió en esta ciudad-fortaleza, el bochorno se acuesta en las copas de los árboles, los pinos están mantudos, pero no se mueren, igual de ñacos que en la niñez, tenemos el ser rebozado de resina, olorosa, atufante, destila por la piel costrosa de los troncos, enclenques, lacios, el olor traspasa los pulmones y purifica los bronquios, se enternecen, se desperezan, tal que fueran flores y abren los pétalos de madrugada para volver a nacer. Los veraneantes buscan el olor empalagoso a resina y tierra plomiza, que aquí no huele a mar, “los navarros todavía no tenemos mar”, tal se le escapó el “todavía” del subconsciente al sin par lehendakari Miguel Sanz en una réplica reciente desde la tribuna foral, ni huele a ozono, lluvia recién caída, huele a polvo, tamo y resina por los pinares desde donde el forastero puede leer, al amanecer mejor que al atardecer, páginas brillantes escritas sobre los tejados, ocres, pardos, por cuyos desvanes Zumalakarregi se jugó la piel arrojando una y otra vez a los invasores liberales hasta la orilla derecha del Ebro, a tiro de piedra del cincho amurallado.

Y yo no quiero morirme el día de mi cumpleaños, quiero vivir, seguir oliendo la tierra polvorienta de mis ancestros  y la resina de los vastos pinares de esta ciudad de mi nacencia, 300 años y más de hondas raíces sin nombradía en el registro de los hombres y mujeres del arrabal, y el abuelo paterno se planta en la Manila colonial, se labra un chorro de onzas de oro, regresa triunfante, las presta sin recibo, “me fío de tu palabra”, y jamás se las devolvieron, “que a mí no me prestaste ni un céntimo, Manuel”, un escarnio, labriegos capaces de negar la fe de Jesucristo, que también se llamaba Manuel, y al poco se muere de jornalero e increencia, hasta que el hijo mayor sale del hoyo, capazos de privaciones, estudio y silencios, y compra casa en el Casco Viejo, sima de misterios cruentos y riadas de peregrinos dolientes. Yo no quiero morirme, quiero que mi ataúd siga oliendo nubes de polvo y tamo por los caminos, expiraré cuando a mí me dé la real gana, que para eso mi madre dispuso que fuera ‘Leo’ por el resto de mi existir.

11 de agosto y se acabó, lloverá fuego con el nombre de estación MIR sobre París, ciudad de sueños y sacrificios donde enterré la esencia de mi juventud, año 59 y siguientes, mi segunda ciudad del alma, que será destruida. Dicen que un diluvio universal inundará la faz del planeta, incluido eclipse de sol, el fin del mundo, y sueltan sartas de vaticinios, que ni en el ‘Nostradamus’ de Fontbrune consigo encontrar tales profecías, por mucho que rebusco. Varias sextillas y cuartetas hablan de hechos que ocurrirán u ocurrieron en agosto, pero ninguna habla con certeza, a mi modesto entender, de que París sea arrasada el día 11.

Y nadie profetizó, ni ‘Nostradamus’ ni el lucero del alba, que el cuartel de Intxaurrondo acabaría en nido de piratas para distribuir droga dura, comprar confidentes y desbaratar el MLNV. Nadie predijo que el ‘general’ Galindo sería un presidiario. Nadie vaticinó que San Cristóbal sería un ‘jefe de cuadrilla’. Nadie predijo que Vera y Barrionuevo llegarían a parecer ‘hermanos carnales’ en la lucha organizada bajo el GAL. Nadie imaginó que Urralburu y Roldán también serían ‘hermanos’ en las mañas de robar a saco. Nadie profetizó que nacería ETA ni que la Mesa Nacional de HB sería encarcelada, liberada e indemnizada con mil millones, lo cual no es ningún mérito profetizar. Nadie predijo que el 4 de agosto ingresaría en prisión un Teniente-Coronel de la Guardia Civil por presunto ‘narco’. Nadie vaticinó el 23-F, pero altísimos y mayestáticos gerifaltes lo sabían y se callaron. Nadie predijo que España sería monarquía de papel de estraza. Nadie vaticinó que Euskal Herria será libre y soberana. El 5 de agosto, un amigo, Coronel del Ejército español, se me confesaba así: “Este país es una cloaca de mierda”, y aprieta los puños con rabia. ‘Nostradamus’ y Julio Verne se quedaron en los hilvanes.

Nota del autor: Escribo ‘increencia’, en lugar de ‘incredulidad’, aunque ‘increencia’ no aparezca todavía en el diccionario de la Academia. ‘Increencia’ es dejar de creer en nada, vaciarse de fe en el prójimo, aunque no en Dios, e ‘incredulidad’ es no creer ocasionalmente en algunas cosas.

 

Deia, 9 de agosto de 1999

            Txabarri era natural de estas murallas, llagas purulentas de la Nafarroa independiente, desde hacía 300 años, progenitor de seis hijos, mano de obra barata y, además, jornalero eventual, su pan era el barro y los mendrugos de los pudientes. De mañana vende la dignidad en el ‘patíbulo’, circular, vacío, el cromlech vital de Oteiza, al precio que fijan los labriegos de media reja y terratenientes con rancios sabores de hidalguía turbada por el ansia de orear su nulidad entre las callejuelas de la Corte, el Madrid de los Austrias y Luis Candelas.

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