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Febrero de 1999

Recién terminada la vendimia y contando que llueva a jarros las semanas previas al veranillo de San Martín, fecha sangrienta en la rúa mayor de esta pétrea ciudad a punto de estallar de su letargo y que a uno le dio el ser y dejó dos muertos el año 1913, un obrero y un rico, carlista y liberal, sobre los adoquines de la plaza de ‘Los Fueros’, que cualquier estación se presta a sembrar, no hay campaña que se resista, basta con llover a placer por San Miguel, que del resto ya se encargará el astro, pero hay que dejarle llover, que es lo que hacemos en la Ribera si descarga y se queda de temporal: dejarle caer.

En ello andamos, la hora justa de la siembra, sin preocuparse del mugante, cada cual en su hortal y a hacer añicos la luna del almario de ‘los otros, los cultos advenedizos’, hora exacta para mirarnos en los espejos interiores de nuestro río, que menos chamullar, menos vociferar contra el adversario, del que nada fructífero va a caer en la alforja, de no ser los santos óleos de la extremaunción en el último estertor de esta Nación sin Estado ni un pañuelo en la cartografía universal. Cuando la tierra está fresca, a tempero, el griterío del lindero hasta desgañitarse huele a impotencia, pobreza de espíritu. Que sus soflamas repugnan, su mezquindad no nos incumbe. Nuestra labor es trabajar de sol a sol al ritmo entusiasta de Lizarra-Garazi y recoger los haces de mies en los rubios trigales del sur de Euskal Herria al volver de los “Sanfermines”.

Hace tres décadas largas de los primeros ‘Aberri Eguna’ que uno vivió en cuadrilla por este páramo hostil con el único afán de trazar renglones independentistas, tantos que el cuerpo pide engrasar en urgencias los cojinetes de las caderas con grasa de carro y no hay paradera capaz de retener el canalillo de la urea.

Si el Euskera nos ata del bozal y nos eleva a las cumbres de la unidad nacional, querríamos saber qué duende maligno nos parte en pedazos y nos hunde en el barrizal de la trinchera. Si el Euskera logra en un instante prender fogatas de geniales hazañas colectivas sin distingos ideológicos y que sigamos adelante en la reconstrucción lingüística, quién o qué maleficio aniquilador nos desparrama y entretiene en golpes de mano de ‘guerrilleros’ incompetentes, solitarios, sin pertrechos de combatiente eficaz. El ‘Aberri Eguna-2000’ rebosará de una muchedumbre arrolladora, que yo no quiero morirme sin mirarnos todos cara a cara, vascas y vascos de sangre o sudor, tal que Urko nos cantara, reunidos codo con codo, sin ceños mentales, en una clamorosa multitud por las calles de Iruñea.

Y si, en aras de la ansiada pacificación y convivencia creadora, se ideara estancar toda actividad revolucionaria de hostigamiento político, a fin de no regalar bazas de triunfo al contrincante, es de desear que nadie se desmande ni un palmo ni nadie consienta a la Justicia extranjera y su entorno atropellar los impulsos libertadores de la inteligencia. Que ningún ciudadano ni ciudadana se arrugue ni se esconda en su zulo intangible, que el tajo es comunal, no sólo de los líderes, y no tenemos derecho a enmudecer, que al menos en el MLNV estamos acostumbrados, yo, el primero, a confiar los recados en el alguacil y que la Organización nos haga hasta la cama, y ya somos mayorcitos para aparcar su tutelaje y entrar en el carril del compromiso personal y el trabajo diario en todos los sectores sociales: Quien disponga de la palabra, que hable y quien maneje la pluma, que escriba y denuncie en público y sin duelo tanta tropelía. De lo contrario, bajemos de rodillas la persiana, todas y todos, hacheros y plañideras del cortejo fúnebre, y que cada palo aguante su vela.

Deia, 28 de febrero de 1999

Jamás dos dígitos, así, el 2 y el 9, han escanciado, el tajo a punto de terminar, tanto bálsamo a la tarea de tantos años de entusiasmo a favor del Euskera, de la ‘Korrika’, de que los vástagos del árbol frustrado lograran el bilingüismo en la cuna, ansia terca, perenne, un discurrir el agua por los regajillos de la sangre hasta el final del tablar.

El 29 me acompañará hasta el cabo de la acequia, cuando ya se acabó el predicar al viento y se haya borrado del tapiz de la memoria ese entrañable, enroscado bosque de los morfemas, lexemas, sintagmas y tagmemas que han ido repujando surcos y estrías de fracasos en la piel. Ya queda poco, años contados, cada amanecer con un único aletear, libar en la biblioteca el néctar de las magnolias, un día más y con más afán que en tiempos de las veinte primaveras por las tortuosas, alocadas callejuelas del Madrid de los Austrias, covachuela del señorío golfo, pensiones baratas y cuencos de sueños cocidos entre las llantas de los ídolos, que ya querría uno poder sentir como ellos, sentir y retratar el pálpito de la vida y la política como quienes arrastraron el hambre y las uñas amarillentas de nicotina por aquellos mismos cuartuchos de mala muerte, chinches y arañas negras, de tormenta, trepando por las ruedecillas de la cama de hierro, 22 pesetas diarias, y vámonos a la pensión del número 7 en la calle Barco, junto a la Ballesta, que cobra a 21 y es una señora muy limpia, vieja y carne de caballo dos veces por semana, pero limpia como los chorros del oro.

Y el destino me ofreció, nueve lustros después, la dulce golosina de esta historia sin reposo ni rellanos, que al primer nieto, Ander de nombre sonoro, le toca en la rifa de la ikastola ‘San Francisco’, de Iruñea, cuya apertura tantos sudores y empeño costó, tal que ahora a los padres de ‘Ermitagaña’, llevar el testigo de la ‘Korrika’ 11 en el kilómetro 29 con el número 29, cuesta de la ‘Meca’ a la venta ‘Andrés’ y, con sus siete años recién estrenados, hace el relevo a una niña de su edad, que se me olvidó darle el beso que había que darle, aitatxi, y lo entrega ‘a una señora grande’, expresiones de crío que valora sin pensarlo, o pensándolo, le choca que las señoras mayores también participen, como él, y que, gracias a la unidad forjada, la ‘Korrika’ avanza paso a paso, al trote de la ilusión prendida en los fogones del clamor popular, sus padres le acompañan orgullosos, los párpados se humedecen y no pueden seguirle, que nadie logra hacerle frenar la velocidad que imprime a la carrera, símbolo de la ascensión, inexorable, hacia la normalización lingüística.

Y, al contarme su primera y luminosa batalla, abre los ojos de par en par y se emociona y pregunta por qué en Logroño no hay ‘Korrika’, que no tenías que haber ido a trabajar a tu ‘ikastola’, el Instituto, y cae rendido de cansancio, susurra Euskal Herria Euskaraz, inútil escarbar en la imaginación, cuéntame cuentos que te pasaron a tí, y empiezo a contarle que hace 21 años tampoco en Biana había ‘Korrika’ y fundamos la ikastola Erentzun para que tus amiguillos también aprendieran a hablar como tú, que tú has tenido más suerte, hablar con la amatxo siempre en Euskera, desde que naciste, pero ya no me siente los tiernos murmullos del alma, se duerme trenzando el sueño de que mañana por la mañana llevará de nuevo el testigo por las rúas y plazuelas de sus raíces amuralladas, si bien ya nunca más con el dorsal 29, nunca más, a no ser que insista, tozudo, el azar.

Deia, 28 de febrero de 1999 (o marzo)

Llevamos dos meses de auténtica degradación y locura mediática. Tertulias y tertulianos, alguno de ellos zarceándole la lengua en plena faena, son agotadores, delincuentes de la palabra, no saben hablar de otra cosa, pero rajan el mismo disco sin dejar títere con cabeza, teas llameantes contra el Acuerdo de Lizarra-Garazi y lo que se tercie. Y se recurre al inefable Borrel para echar una mano a los socialistas de Navarra, talismán que intentara restañar el descalabro desde el atraco y extorsiones con guante blanco de Urralburu y Roldán, y lo que se descubre ahora en el Gobierno Civil de Iruñea. Se han olvidado de algo que los navarros llevamos muy adentro por tradición familiar: memoria histórica. Los abuelos nos contaron lo que ocurrió cuando su padre era joven y lo que le contaba su padre que le había ocurrido a su abuelo, y ya no sé en qué generación vamos, creo que en la primera guerra carlista. Y vuelta del revés, mi abuelo a mis padres y mis padres a mí, que don Jaime, o sea, don Jaime padre de Jaime Ignacio hijo, se venía por estos lares de Biana a empapuzarse de chorizo y jamón a costa de mi abuela materna, hasta que se hartó del gorrón y prohibe a su hijo, es decir, otro de mis tíos, dejarle pisar la casa, la casa solariega de Navarro Villoslada, para más señas.

¡Un novelón, cuyo personaje está ya novelado!. Incendiarios, conspiradores con pedigrí, que se arrimaban por estos términos a cocer el ‘alzamiento’, enseñar la instrucción a los requetés y el manejo de pistolas y fusiles, armamento que distribuian a las huestes de bota y jota en las bodegas, que este pueblo, léase muy Noble, muy Ilustre y muy Leal Ciudad, está minado de bodegas en donde requetés y ‘margaritas’ eran adiestrados para la ‘Santa Cruzada fascista’. Y al cabo me sale un retoño de tales troncos con que los militantes de H.B. tenemos las manos manchadas de sangre. ¡Qué desvergüenza, qué desatino es ése!.

Jaime Ignacio del Burgo conoce la Historia. Iñaki Aldekoa también la conoce, razón por la cual le pregunta en plena sesión de Parlamento foral, allá por el año 80, yo en mi escaño: ‘¡Qué se siente siendo hijo de pistolero!’. Navarra entera sabe quién fue Jaime del Burgo, antes y después del sólido trabajo de Muez Ororbia, ponderado y viejo líder, publicado en GARA. Todos sabemos qué puede esperar Navarra de un tal Jaime Ignacio del Burgo, Presidente de la Diputación Foral en 1978, que disponemos de archivos excelentes. ¡A qué le suena esa fecha de 1978 al señor!. Otro día le alumbraré la sima negra de la memoria con antorchas de incunables.

Pero dejémonos de moribundos ambulantes y layemos nuestro tablar, cuidemos nuestro jardín, nos recomienda  Voltaire en ‘Candide’, y no afanarse en replicar a sofistas de esa ralea, ¡capazos!, que ese Miguel Angel Aguilar lama el albero, señor Lapitz. No despilfarrar tiempo, dinero ni energías, golosinas para el nene del labio partido de un puñetazo en un club de alterne de Oion, Aznar en Internet, que al enemigo ni agua.

Ibarretxe se halla ante una labor ingente a resolver. No le pongamos al buen hombre grilletes en los tobillos, que son argumentos para el enemigo y se frotan las manos de placer. Eso, sí, hablemos con desgarro de la independencia arrebatada y la violencia secular de España y Francia, tal que nos insta ansioso J. Permach. Por escuchar al adversario cotorrear día y noche sobre el rollo de la kale borroka, arrinconamos el problema candente, sangrante, de los prisioneros, la Mesa Nacional encarcelada y esos asuntos tan graves e ilegales, cuya resolución debemos exigir con uñas y dientes en cualquier foro, arrancársela de cuajo. Urge una piña de pino verde, listas conjuntas, según Garaikoetxea, unidad popular y abertzale en todos los pueblos y circunscripciones, también IU, si se estira y así es su parecer, que la Ley  d’Hont es cruel, campana que tañe a funeral. Y ya es hora de enterrar en el mausoleo de la dispersión las lamentaciones y chapucerías antañonas que me grabaron a fuego don Manuel de Irujo y Telesforo de Monzón. ¡Por todos los gudaris muertos!.

Febrero de 1999

El PP y el PSOE se tiran los trastos a la cabeza, ambos a la descubierta de corrupciones, dádivas y presuntos delitos que arrastren al contrario al abismo de la hecatombe electoral. Sueñan con el Olimpo de la ‘mayoría absoluta’. No les quita el sueño los problemas sociales de su España querida. Se comen los hígados, al igual que el águila a Prometeo: ‘Yo no creceré, pero tú lamerás la arena’. Y así no se puede gobernar, es una actitud abominable. Denunciar la corrupción es lo más santo que una sociedad se puede plantear, que nada debe quedar enterrado en la fosa común de la inmoralidad generalizada, sin abandonar jamás la gobernabilidad del Estado.

Deia, 18 de febrero de 1999

Las gentes de la Ribera tenemos un mirar distante, no aguantamos montañas en la raya del horizonte. El deambular por el llano sin verrugas nos moldea las pupilas, tercas en hurgar la lejanía, unidos en vereda, auzolan, para soldar los jirones de sueños. Y, al hacerse realidad viva, palpitante, jamón curado y a trinchar en lonchas, transparentes, apetitosas, los sueños dejan de soñarse en el chabisque de la leña, la utopía se cansa de ser utopía, ya no cuenta jugarse el pellejo, no hay que mantenerla en pie ni defenderla contra viento y marea, se esfuman los horizontes. Bakunin lo dijo, dicen: ‘La utopía deja de serlo desde que se lucha por ella’.

Al fin y a la postre, ya no hay Bardenas donde predicar en balde, eso dicen. Cierta gente se siente a gusto bajo la carpa de ‘los otros’, deja de creer en sí, en su porvenir, ramalazos de intuiciones del ‘pan seguro’, que ya estaba escrito en las tablillas de la Historia, nadie inventa nada, alguien maldijo al Pueblo vasco y jamás logrará la Soberanía, que aquí hay más jefes que indios. Los quejumbrosos lamentos a favor de la libertad de Euskal Herria entera, Nafarroa Osoa, así de claro quedó el 20 de febrero en el Labrit, toman cuerpo de ser, de existir y derramarse un vendaval de ilusión por los rincones más inhóspitos y solitarios, que Nafarroa Osoa renace en un hervor de libertad que se expanda desde Aralar y el Gorbea hacia los pueblos y aldeas más lejanos de esta tierra aletargada por la ensoñación de los dirigentes-topos de retaguardia, siempre al abrigo del árbol que más sombra dé, el olmo que plantó el extranjero, amarillento de un gusano rojizo que ningún arbolista logra atajar. Ya se secaron los olmos, dicen, y soñamos, santos inocentes, que la Independencia está al caer.

Fecha rumbosa, el 13 de marzo. PNV y EA se apretaron los machos, ¡por fin!, con listas conjuntas en las capitales y poblaciones de arraigo. Y se siente un revolotear de alboradas dormidas, que la unidad desdeñada durante lustros, arrojada por la borda de la incomprensión, ha cuajado al punto del alba. Quedan bolillos y flecos por hilvanar, el primero y principal: Que no debiera haberse guisado el sartén sólo entre tales comensales. Dos opinantes, naturales de la Navarra mutilada, coinciden y no es casual: ‘Aún quedan flecos’, puñados de flecos y mechones por zurcir, prisioneros, paro, Mesa Nacional, asedio a Ibarretxe, un furor baldío.

Listas conjuntas, era pedido y no negado, estos y aquellos de similares andanzas e idénticos deseos y arranques. Una ingente y ardua labor espera en el umbral de la puerta entornada, muy por encima de cualquier personalismo. En esta Navarra roída por el bucanero tuerto y el afán de mando, debemos olvidarnos de listas dispersas, donde cada quisque se pierda en el sendero de la soledad. La Ley d’Hont, garfio de corsario holandés, desgarra sin duelo a las minorías empecinadas. Años ha, mozas y mozos de mil querencias soñaron un proyecto libertador y continúan reclamando un solio de lucha y esperanza, que no les entierren la inocencia.

Al fogón los fallos de antaño: Por no liberarnos a su hora y punto del enemigo, nos congraciamos con él en un repliegue de subsistencia, le entregamos las hijas y luego nos humilló con el derecho de pernada. Al día de hoy, no conformes con romper el trato, reprimir, torturar, avasallar, sueltan sin pudor que ETA dirige la política en Euskal Herria y estamos sometidos a su Fuero. Siguen sin saber la regla del 9. Por tanto, cosamos nosotros solos, inquilinos de chozas lindantes, los flecos del mapa con las hebras del diálogo y la palabra, sin insultar ni tolerar el insulto ni el menor amago de aguantar tundidos y entorcados en la sumisión a “los otros, que son más cultos que nosotros”. No devolver la moneda, ¡quijotes de tamo y mar!, que les arde el alma, si tienen, y reparemos el Cuerpo Foral en ruinas, que el fleco de la Nafarroa truncada clama al cielo en Amaiur.